Mi nombre es Diana, y reconozco que soy un poco frívola, pero no lo considero una cosa mala, sino divertida, y no me siento culpable, el único culpable es mi marido, que creo que es el hombre más morboso del mundo, y poco a poco ha sabido convencerme de que esta vida es muy corta y hay que aprovecharla en todos los sentidos. Actualmente tengo treinta y cinco años, mi esposo Carlos, treinta y siete, y aunque él es muy aparente, yo le gano en eso, pues tengo un buen cuerpo que, sin tener medidas platónicas, tiene muy buenas formas, perfectas piernas, culito con forma de corazón, grande y respingón, un pecho justo y aún duro, cinturita de avispa y unos grandes ojos azules.
Les voy a relatar una vivencia que tuvo lugar en el verano, en una Feria, a la que mi marido quería asistir por intereses de su empresa. Siempre hemos mantenido una vida sexual plena , muy activa y desde hace un tiempo fantaseábamos con la idea de introducir a alguien en una experiencia nueva, pero no nos habíamos planteado hacerlo realidad, solo eran fantasías que salían a relucir cuando hacíamos el amor, aunque yo sabía que CARLOS lo decía con todas las de la ley pues lo conozco a la perfección; si le gusta que me arregle sexy para salir por la noche, es porque le gusta que me miren y notarme excitada, por lo que no me extrañaba esa fijación que tenía de entregarme a otro.
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