Relato érotico de infidelidad con el joven cadete casado

La vida no había sido muy benévola conmigo, mis padres trabajaban en la estación de servicios del pueblo, él despachaba combustible, ella en el bar, lo que hoy llamamos comúnmente drugstore
Hacían muchos sacrificios, la paga no era buena y juntaban sus pesos para criarme a mí, y a mis dos hermanos mayores.

Tratábamos de ser felices con poco, sin lujos, incluso muchas veces me vestían como a un varoncito, con las prendas que iban dejando en el camino mis hermanos a medida que iban creciendo
Las cosas se irían complicando cuando llegaba a mis ocho años, era chica para entender en ese momento, pero mi madre nos abandonaría para siempre, ella ‘se calentó’ con un camionero que pasaba cada tanto por la ciudad, por la estación de servicios, por el drugstore, y tal vez, un poco hastiada por la vida que llevaba, solo se subió al camión, cerró la puerta y buscó su nuevo destino.

Esa situación cambiaría para siempre mi niñez, todo el peso quedó sobre los hombros de papá, él no podía con todo, y nos vimos obligados a redoblar esfuerzos, mis hermanos, empezaron a hacer changas de cualquier cosa para juntar unas monedas y a mí me tocó convertirme en una joven ama de casa para atender cada día a tres hombres, aunque mis hermanos eran pobres adolescentes empujados por las circunstancias.

Papá se volvió poco a poco un hombre triste, parco, amargado, solitario, porque, además, su historia de cuernos era muy popular en el pequeño pueblo, y jamás pudo ni entender, ni asumir lo que su esposa le había hecho, siempre tendría esa espina clavada, y siempre le dolería en lo profundo.

Dejaría los estudios terminada la primaria, para empezar a trabajar desde pequeña en distintas casas, haciendo tareas de limpieza y a los catorce tendría mi primer amor, un muchacho mayor en cual confiaría y sería mi amor platónico, ese hombre que te promete la luna y te invita al paraíso.

A los quince me enteraría del embarazo, y descubriría en esa situación límite, que mi príncipe era un bastardo, se desentendió de todo, me rompió el corazón.

Recuerdo que mis hermanos lo tomaron a golpes de puños, pero eso no era lo que quería, el daño ya estaba hecho.

La peor parte vendría del lado de mi padre, por culpa de su historia él odiaba a todas las mujeres, y vio en mí solo una putita más, discutimos, me dijo todas las cosas hirientes que podía decirme, incluso que era igual a mamá, que no me importaba nada, y que por castigo llevaba a satanás en mi vientre.

Poco después, cuando todos los hombres trabajaban, preparé mis pocas pertenencias y haciendo dedo me fui al pueblo siguiente, y al siguiente, hasta estar demasiado lejos.

Fue realmente duro, menor de edad, una mano atrás, una delante y una criatura en camino.

Tuve la suerte que una familia se apiadara de mí y me tomara para tareas de limpieza, cama adentro, entiendan que hablo de un pueblo a la antigua, donde es normal que una chica o chico pueda trabajar, donde a nadie le llama la atención y es hasta normal.

Se enteraron de mi embarazo poco después, cuando mi pancita empezó a marcarse, y un doce de agosto llegaría Milagros, el mejor nombre que encontraría para mi niña.

La vida me llevaría por distintos caminos, y me dedicaría de lleno a la crianza de mi hija, en mi vida no habría lugar para otros hombres, para otros amores, solo necesitaba asegurarme que ella no sufriera lo que yo había sufrido, y solo la tenía a ella, y ella solo me tenía a mi.

Luché cada día desde que salía el sol hasta que salía la luna, incluso más también, con todas mis fuerzas y cuando llegaba la noche solo quería una cama donde caer muerta por el cansancio.
Pasaron los años, uno tras otro, llegaba a los treinta y cinco y me pequeña con veinte ya era toda una mujer que no necesitaba de mamá, tenía estudios, tenía novio y recién ahí empecé a tomar tiempo para mí, a redescubrirme, a reinventarme, y cuando ella formó su familia, estuve más sola que nunca.

Milagros insistió para que me mudara con ella, pero no tenía caso, era una joven pareja que necesita su privacidad y yo no sería un escollo en el camino.

Me miré al espejo, y la imagen que me devolvía me hacía saber que esa, era ahora la persona que necesitaba mi atención, en la que tenía que pensar, a la que tenía que hacer feliz. Lo medité un tiempo, hasta que me decidí, pagué mis deudas, anulé mi contrato de alquiler, armé las maletas y tomé le micro que me llevaría a mi pueblo natal.

Llegué de sorpresa, al anochecer, sin saber con lo que me iba a encontrar, fui a mi antigua casa, dejé las maletas en el piso y solo toqué la puerta, pensando que hacía veinte años que solo había desaparecido sin dejar rastros

Sería mi hermano mayor quien abriría la puerta, nos miramos extrañados, estaba avejentado, pelado, pero su mirada era la misma de siempre, nos fundimos en un abrazo eterno y lloramos como niños.

Me hizo pasar, me presentó a su esposa y a la que era la menor de sus hijas, mi sobrina y tuvimos demasiadas cosas para narrar.

Supe que tenían tres hijos, que trabajaba en el banco provincial y mi cuñada era docente, mi otro hermano, el del medio, tenía un hijo, era divorciado y trabajaba en el campo, se dedicaba a las siembras de alto rendimiento y papá se había mudado a un departamento pequeño, se había retirado del trabajo y gustaba jugar a las bochas con sus viejos amigos del club.

En dos meses recuperaría mi antigua vida perdida, papá se había suavizado por el paso del tiempo y pudimos tener un día de familia entre todos, como jamás lo habíamos tenido, tuve muchas anécdotas que contar, y tuve que reencontrarme con mi antiguo pueblo.

Gracias a mi hermano, el del medio, quien tenía muchos contactos, conseguí un alquiler de un departamento, en lo de Don Carlos, un tipo que se ganaba la vida justamente rentando propiedades, y sería el mismo Carlos, que me recomendaría con Gregorio, pera tener un nuevo empleo.

Gregorio tenía un almacén de ramos generales, muy de pueblo, me llevaba varios años, era viudo y la empleada que tenía y quien le ayudaba en el negocio, terminaba de renunciar por temas personales.

Lo recordaba a Gregorio en su juventud, cuando aún tenía cabellos y no cargaba con una panza sobre medida, él también me recordaba y tuve que narrarle en detalle de todos los años de mi ausencia en el pueblo.

En poco tiempo descubriría que Gregorio no era un hombre que necesitara una empleada, él en verdad necesitaba alguien con quien hablar, con quien compartir sus días, sus penas, sus alegrías, fuimos compatibles, fuimos la otra cara de la moneda y solo nos enamoramos en un amor no convencional, yo me estaba redescubriendo como mujer y tenía mucho que aprender de mi propia sexualidad.

Después de un tiempo tuve la fiesta de casamiento que nunca había tenido, vestida de blanco, en la Iglesia, de la mano de mi padre, con toda mi familia en la primera fila, incluso mi yerno, y mi hija, que ya lucía una prominente pancita de su primer embarazo.

Yo estaba en mis cuarentaicinco años, Gregorio pisaba los sesenta, y solo nos encontramos en distintas etapas de la vida, él parecía ya cansado de todo, de renegar con el negocio, de la falta de dinero, de los políticos de turno, incluso en el sexo, él ya no tenía apetito por mí, no tenía erecciones, y su manera de disfrutar en pareja, se limitaba en alguna cena íntima, o salir a caminar tomados de la mano en una tarde asoleada.

Por mi parte, sin querer había tomado las riendas del negocio y cuando en la cama más necesitaba un hombre, solo tenía un tierno osito panzón que solía roncar muy fuerte.

Mi esposo pareció jubilarse poco a poco al dejar todo el peso de nuestros ingresos sobre mis hombros, sin buscarlo la moneda se dio vuelta, y de ser su ayudante, había pasado a tomar las decisiones.

Tuve que modernizar el negocio que parecía estancado en los años ochenta, y era obvio que perdíamos clientela día a día en manos de la competencia, así que renovamos el local, hicimos promociones, nos metimos con todo el mundo virtual, venta online y entrega a domicilio.

Para este último punto, necesitamos contratar a algún cadete. Solo pedíamos buena presencia, edad entre veinte y treinta, responsabilidad e interés en superarse, no mucho más, obviamente contar con motocicleta en regla.

De varios candidatos, supe al verlo que Nelson sería el indicado, tal vez, solo una premonición, pero su historia me había recordado mucho a la mía, apenas había pasado los veinte, su rostro, su mirada y sus palabras sonaban tristes, un noviazgo clandestino porque ella aún era menor y sus padres eran muy creyentes, no lo hubieran permitido, un embarazo no buscado complicaría la situación, se ganaría el odio de sus suegros y el destierro familiar de su joven pareja. Ahora era padre de una hermosa niña y se sentía responsable por ella.

Nelson, con su mujer y su hija, vivían ahora en casa paterna, en un cuarto improvisado, pero él ya no podía estudiar, necesitaba con desespero una fuente de ingreso y todos los caminos me llevaron a su contratación.

Así empezó nuestra historia en común, Nelson era de tez blanca y cabellos oscuros, usaba una barba rala que emprolijaba constantemente, de caja toráxica bastante voluminosa y brazos marcados, de altura promedio y muy pulido en su forma de hablar, de alguna manera, era el tipo de hombres que se hacía atractivo a mis ojos y aunque fuera más joven que mi propia hija, tenía algo en el brillo de sus ojos que me hacía ruborizar.

Así empezó nuestra relación, Nelson era muy aplicado en sus obligaciones y cuando no había reparto, gustaba ayudarnos a Gregorio y a mí con los quehaceres del local.

El, por su edad, sabía mucho de informática, al menos eso es lo que a mí me parecía, entonces cada tanto se sentaba tras la pc a manejar un poco el tema de ventas online, y como había trabajado con anterioridad en un estudio contable, también nos daba una mano con la parte impositiva.

Mi esposo estaba muy conforme ‘con la nueva adquisición’, como él le llamaba, y esto hizo que él solo se alejara más y más de su parte, propiciando que nuestro cadete se convirtiera en más que un cadete.

Empezamos a compartir horas de trabajo, y en esas horas, no todo iba por el empleo, le conté mi historia, hablamos mucho al respecto, le di mis consejos, él me hablaba mucho de sus dos amores, de su pareja y de su beba, y solo se dio una relación muy linda entre ambos.

Y sin que fuera mi intención, empecé a mirar con ojos pícaros a ese muchacho, y seguramente él notara que yo era una mujer insatisfecha, incompleta, tal vez por mis palabras, tal vez por mis gestos, no sé, pero me vi envuelta en un inocente juego de mutua seducción, potenciado por la presencia cercana de mi marido, que, si bien estaba en otra historia, no dejaba de ser mi marido

Si bien me consideraba un mujer bastante atractiva por mi edad, no era de esas de andar provocando en mi manera de vestir, sin embargo, alguna vez, con alguna excusa de trabajo, cuando me enseñaba cosas en la pc, sorprendería a mi cadete mirando desde atrás por sobre mi hombro, y no justamente el teclado, o la pantalla, sino el nacimiento de mis pechos por donde la camisa lo dejaba ver, y alguna que otra vez, armando encomiendas, cuando debía buscar mercaderías, sabía que su mirada se perdía en mi trasero, y siendo honesta, me gustaba provocarlo.

Y así pasaban los días, él tenía esposa, yo tenía marido, pero la atracción se hacía cada vez más fuerte, más inevitable, y a pesar de que yo daba vueltas, era cierto que anhelaba demasiado una buena verga, y en esos momentos, solo Nelson podía dármela.

Y de las insinuaciones visuales pasamos a las verbales, a halagos, a piropos, a confesiones de deseos escondidos, a palabras sexuales explícitas, a provocaciones mutuas, a roces y toqueteos prohibidos, con sabor a pecado.

Esa mañana era un tanto atípica, no había mucha clientela, Nelson había salido a un corto reparto rutinario y Gregorio estaba parado en la puerta del local, tomando un poco del sol mañanero y respirando aire fresco, yo seguía con atención un mensaje de WhatsApp por un nuevo pedido que había que preparar.

Le dije a mi esposo, pero me dijo que yo lo preparara y que cuando estuviera listo le avisara, así me ayudaría a trasladarlo del depósito al frente.

Lo hice de mala gana, es que en verdad Gregorio ya no hacía nada, ni lo mínimo indispensable y se la pasaba de holgazán todo el día.

Bajé al sótano que hacía las veces de depósito, donde guardábamos el stock de los productos con menos movimientos, un lugar oscuro, húmedo y cargado de polvo.

Poco después, Nelson me arrancaría un susto al sorprenderme cuando estaba concentrada en el trabajo, había llegado del reparto y fue el mismo Gregorio que lo mandaría a ayudarme.
Seguimos con lo nuestro, y fui por una caja que estaba a un lado, mi espalda quedó a su lado, y solo se daría, Nelson me abordó por atrás, y me rodeó con los brazos por delante, arrastrándome hasta una de las paredes con un tanto de vehemencia.

Pará! que haces? estás loco? – recriminé de esas maneras que no convences a nadie –

Si, loco por vos – respondió mi cadete –

El me besaba el cuello, la nuca, refregaba su pija dura en mis nalgas, sentía su respiración agitada en mis orejas, y yo tornaba el rostro para buscar su boca con mi boca.

Nelson tenía mucha fuerza y me hacía su prisionera, y ya había colado su mano por debajo del escote de la camisa y del sostén, me pellizcaba los pezones en una manera muy rica y solo me levanté la pollera a la cintura para que mi generoso trasero quedara a su disposición.

Entonces solo me la metió con rudeza, hasta el fondo, tan de golpe que me hizo parar en puntas de pies y aspirar el aire por mi nariz con demasiada fuerza, como para acallar un gemido que era imposible de retener.

Su pija sabía rica, demasiado rica, dura como piedra, bramando como un toro, enfurecido, me la metía una y otra vez sin siquiera haberme sacado la ropa interior.

Me sentía toda mojada y ese mocoso me incitaba a pecar, solo que en no más de treinta segundos me había llenado de leche, sentí su semen caliente en mi conchita, sublime, perfecto

Nelson pretendía seguir, pero tuvo que entender que era demasiado, no podíamos pasar algunos límites de tiempos sin que Gregorio sospechara, y me tuve que conformar con eso, puesto que había sido demasiado precoz y yo solo estaba hirviendo en el infierno.

Pero nos acomodamos e intentamos seguir con el pedido, al menos él, porque yo tuve que subir para ir con premura al baño, sentía el semen desbordarse y mi ropa interior no lo retendría mucho tiempo.

Pasé por delante de mi esposo, sin siquiera mirarlo a los ojos, por pudor, y sentía el aroma de mi amante entre mis piernas, me sentí fatal, un remordimiento demasiado grande de disimular

Contrario a mi pensamiento, donde imaginé que después de ese primer encuentro, Nelson iría por todo, él pareció tomar distancia, a mostrarse parco, frío y yo no entendí que diablos había hecho mal. Busqué de provocarlo, con mis curvas, con mis palabras, con mis actitudes, pero más me esmeraba en coquetear, mas distante lo sentía.

Busqué el momento para encararlo y hablar de frente, necesitaba respuestas, tal vez había sido solo un pasatiempo, una distracción, tal vez era solo una vieja caliente para él, una hembra necesitada de pija, pero como fuera, necesitaba escucharlo de sus labios.

La respuesta de Nelson sería clara y elocuente, no era yo, era él, amaba a su mujercita, a su beba, y le retorcía en lo profundo la infidelidad consumada.

Entendí sus palabras, si yo también había dejado todo por mi hija, pero eso era parte de mi pasado y en mi presente, yo era una mujer que terminaba de probar el veneno, y el veneno se me hacía adictivo, y me propuse luchar con todas mis armas.

relato erótico infidelidad con joven cadete
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No pasaría demasiado tiempo para volver a encontrarnos, porque él seguía evadiéndome, pero al tener una oportunidad de quedarnos a solas, con el mínimo de intimidad deseable, fui sobre él, lo acorralé, le dije que quería que me cogiera, que nadie lo sabría, que necesitaba su verga, que no me ignoraba, y todos los ‘no’ que el me respondió, todos sus intentos por retirarme, todas sus evasivas me supieron a nada, sorda, ciega, ardida como una avispa, me arrodillé a sus pies, casi implorando, solo le bajé el pantalón que tenía, casi a la fuerza, y su verga quedó sobre mi rostro, toda depilada, se me hacía más bonita de lo que en verdad recordaba, se la lamí un poco, se la besé, se la comí, y ya no pudo negarse.

Me tomó por un brazo, a la fuerza, me dijo que era una puta, que lo iba a enloquecer, me besó fuerte en la boca, tan fuerte que sentí sabor a sangre producto del choque, me llevó con violencia sobre una silla, a un lado, me reclinó sobre ella y mi culo quedó a su lado, lo deseaba, con una velocidad descomunal me sacó el vestido, apenas me quedé en ropa interior, no me daba tiempo a nada, y sentí desgarrarse mi bombacha entre sus dedos, era un animal y eso me encendía.

Me tomó por las caderas y lo sentí venir, me la metió toda, hermosa, entera, dura, hasta el fondo.

Con mis manos hacía equilibrio entre sostenerme en la silla, acariciarme los pechos que aun estaban bajo el sostén y tocarme el clítoris mientras el entraba y salía.

Sin dudas era un chico precoz, estaba en lo mejor cuando lo sentí venir, sacó su verga de mi interior y lo sentí eyacular, su semen llegó a mis nalgas, a mi espalda y hasta mis cabellos, era un semental en la forma que regaba todo con su leche caliente, y eso me encendió más aun.

Pero solo volvió a metérmela y a seguir como si nada hubiera ocurrido, fue muy rico, muy loco, y llegaría por segunda vez, otra vez todo sobre mi espalda y mis glúteos.

Y volvió a la carga, a cogerme, Dios! era perfecto, seguía dura como piedra y en esta oportunidad ya no tendría tanta potencia, esta vez lo haría sobre mi esfínter y los labios calientes de mi vagina
Se retiró bufando, dando por terminado el encuentro, acomodando sus prendas, me preguntó si era suficiente, miré la hora y en solo diez minutos ese animal me había regalado tres acabadas seguidas, todo un récord.

Las cosas solo se irían complicando poco a poco, porque cuanto más se empecinaba Nelson en alejarme, más me empecinaba yo en que fuera mío, y comprobaría en carne propia que no hay nada peor que una mujer despechada, casi que lo obligaba a que me cogiera, una y otra vez, siempre me las ingeniaba para salirme con la mía, me calentaba mucho con esas eyaculaciones continuas que tenía, amaba chuparle la verga con la boca llena de leche, aun degustando su sabor, y que me sorprendiera con una nueva acabada, hacía que me tocara y solo me acabara imaginando.

Y por tener eso estaba dispuesta a todo, a perder a Gregorio, y hasta lastimarlo, a enfrentar a su joven mujer, a que lo odiara al enterarse, a que perdiera a su hija y Nelson solo sacó lo peor de mi

Pero las cosas terminarían de otra forma, acorralé tanto a ese chico que un día, como lo había hecho en mi juventud, tomó a su hija, a su esposa y emigró hacia otro pueblo, a reinventar su vida, y solo ahí, en ese momento pude abrir los ojos y ver el daño que le había ocasionado.

Hoy estoy tranquila, acompañando a Gregorio, un hombre bueno, quien incluso me confesaría que estaba al tanto de todo y que solo prefería hacer la vista gorda, entendiendo que el cadete me daba alegrías que el jamás podría darme.

Y prefiero enfocarme en mi familia, en mi nieta, aunque nunca olvidaré que ese joven me dio los mejores cuatro años de sexo que una mujer pudiera imaginar

Si te gustó esta historia puedes escribirme con título ‘EL CADETE’ a dulces.placeres@live.com


Imagen únicamente de carácter ilustrativo para este relato erótico…

 

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