Hay quienes creen que el mundo de la moda es glamour, luces, alta costura y cuerpos perfectos. Y no están del todo equivocado, aunque no saben ni la mitad. Detrás de cada pasarela, detrás de cada sonrisa fingida y de cada pose estudiada, hay un mundo sórdido que pocos se atreven a mirar de frente. Yo no solo lo miro. Yo lo domino.
Me llamo Jorge López Azcuénaga. Cuarenta y seis años, canas en las sienes, trajes italianos a medida, y un apellido que todavía pesa en ciertos círculos. Llevo más de dos décadas en esta industria, y he visto de todo. Mentiras, ambición, caídas estrepitosas, ascensos meteóricos y, sobre todo, carne fresca. Esa es la verdadera moneda con la que se comercia aquí. Cuerpos jóvenes, inexpertos, ansiosos por gustar. Por ser elegidos. Por triunfar.
Tengo una agencia propia, “AZ Models”, le puse. Suena fino, elegante, internacional. Atrae a las veinteañeras como la miel a las moscas. Llegan de todas partes. Algunas con book, otras con fotos sacadas por un exnovio. Ilusas. Todas dicen lo mismo: “Estoy dispuesta a todo por una oportunidad”. Pobres… no saben lo literal que puede ser esa frase conmigo.
¿Soy un cerdo? Claro. ¿Un manipulador, un abusivo? Puede ser. Pero nunca les mentí. Yo no obligo a nadie. Ellas vienen solitas, con la desesperación escrita en los ojos. Yo solo les abro la puerta… y la bragueta.
Perdí la cuenta hace años. No sé cuántas fueron. Algunas no duraron más que una noche, otras se quedaron lo suficiente como para tener una tapa de revista o una campaña de lencería. Pero todas pasaron por lo mismo. Por mí. Yo soy el filtro, el precio, la prueba. Y si no lo pasan… hay miles más esperando.
Mi oficina está en el corazón de Palermo Soho. Un piso entero con vistas al parque, alfombra gris perla, sillones de cuero negro, y una mesa baja donde los contratos se firman, o se apoyan las rodillas. Todo está dispuesto para seducir. Para imponer. Para recordarles que este no es su mundo, todavía.
Era un martes como cualquier otro, afuera llovía, y el sonido de las gotas contra los ventanales de la agencia le daba a todo un aire de película europea. Las chicas iban y venían por la recepción, nerviosas, maquilladas, buscando agradar. Yo estaba en mi despacho, hojeando unos books sin demasiado interés, hasta que una de mis asistentes tocó la puerta con su sonrisa falsa de siempre.
—Jorge… llegó una nueva. Dice que viene recomendada de un fotógrafo de Córdoba. ¿La ves?
Levanté la vista por puro aburrimiento. La vi. Y ahí se me fue el tedio. Alta, delgada, rasgos finos, boca carnosa, ojos grandes con ese brillo mezcla de miedo e ilusión que tanto me gusta. Se llamaba Milena. O eso decía.
—Hacela pasar —dije, bajando el tono.
Entró tímida, con un vestido ajustado y el pelo recogido. A esas alturas ya tenía el guion aprendido de memoria
—Sentate, Milena. Así que quieres trabajar conmigo…
Ella asintió. Típico. Charlamos un poco. Le pregunté por sus “aspiraciones”, por su “trayectoria”. Palabrería. Yo ya estaba observando otras cosas. Cómo se cruzaban sus piernas, cómo se mordía el labio cuando hablaba. Gestos que no eran conscientes… o quizás sí.
Me levanté, cerré la puerta con llave, como siempre.
—Vamos a hablar sin rodeos —le dije, como a todas—. Acá las fotos, las pasarelas, todo eso viene después. Primero, necesito ver si tenés lo que hace falta.
Ella me miró con esa mezcla de desconcierto y resignación que ya había visto mil veces. Aun así, lo aceptó. De mala gana, claro, pero aceptó. Se bajó los breteles del vestido y dejó caer la parte superior. Sus pechos eran firmes, bonitos, provocadores. Sonreí.
—Bien. Muy bien. Ahora —le dije, sin vueltas—, sacate la parte de abajo.
Ahí se puso tensa. Dudó. Miró al suelo. Tragó saliva.
—¿Es necesario…? —preguntó con la voz temblorosa.
—Siempre lo es —dije sin vacilar—. Si querés avanzar acá, sabés cómo es el juego. No me vengas con moralismos a esta altura.
Ella se quedó quieta unos segundos. Respiró hondo. Y lo hizo. Lenta, torpemente, bajó el vestido y la tanga blanca que llevaba debajo. Y ahí… el tiempo se detuvo.
Lo vi. No, no lo imaginé. Lo vi. Colgando, depilado, limpio. Un pene. Uno grande, además. Ella —¿ella?— me miró con los ojos llenos de una mezcla inexplicable de vergüenza, desafío y tristeza. Y yo me quedé congelado por primera vez en años.
No supe qué decir. No me pasó nunca. Jamás.
Y ahí estaba. Milena, o quien fuera, desnuda, esperándome. Esperando ver qué haría yo ahora.
—¿Pero qué carajo es esto?
Fue lo único que pude decir. Me levanté del sillón de golpe, como si me hubieran tirado un balde de agua fría. Milena —o como fuera que se llamara en realidad— dio un paso atrás, instintivamente cubriéndose con las manos, aunque ya no había mucho que ocultar. La escena era absurda, surrealista. Yo, con los pantalones medio abiertos, ella completamente desnuda, con ese pene colgando, sin saber qué hacer.
—¡Vestite! —escupí, con una furia que no sabía bien de dónde venía—. ¡Vestite y rajá de acá! ¡¿Vos te pensás que esto es un circo?! ¡Que podés venir a jugar conmigo como si nada?!
No me respondió. Ni una palabra. Apenas agachó la cabeza, recogió su vestido, se lo puso sin mirar, y salió sin hacer ruido. La puerta se cerró tras ella y el silencio que quedó me pareció brutal. Estuve varios minutos ahí, parado, masticando bronca, incomodidad, algo que no quería ni nombrar. No era solo rechazo. Era otra cosa. Una mezcla entre sorpresa y… ¿curiosidad? Me odié un poco por eso.
Los días pasaron. Y como todo en este negocio, la vida siguió. Vinieron más chicas, más castings, más cuerpos ofrecidos con sonrisas vacías. Pero algo en mí estaba distinto. No lo decía, no lo mostraba, pero me encontraba pensando en aquella escena más de lo que debería. Milena. Su cara. Su temblor. Su valentía.
Nunca ninguna me había descolocado así. Ni una.
Intenté olvidarla. Me forcé a hundirme en más cuerpos, más gemidos falsos, más promesas rotas. Pero no funcionaba. Milena se me había metido en algún rincón podrido del cerebro. Así que hice lo que siempre hago cuando necesito algo: moví mis hilos. Le pedí a mi secretaria la agenda con las visitas de esa semana, sin explicaciones, todo se registraba y no me fue difícil obtener la información que estaba buscando
Y yo no me interesaba por nadie. Hasta ahora.
No soy un hombre que se disculpe. No me sale. No me importa. Pero con Milena… algo distinto me quemaba por dentro. No era culpa, era otra cosa. Una espina clavada que no me dejaba dormir tranquilo. Así que, contra todo lo que soy, tomé el teléfono y escribí dándome a conocer
«Milena, fui un imbécil. Me equivoqué. Si podés, volvé a la agencia. Prometo respeto. Solo quiero hablar.»
No contestó. Obvio. La mayoría lo haría… pero ella no. Pasaron horas. Al día siguiente, lo intenté de nuevo.
«Mirá… nunca nadie me dejó así. No sos como las otras. Eso ya lo sabés. Dejame verte, aunque sea para hablar. No hay segundas intenciones.»
Mentí, claro. Mentiras siempre las hay. Pero también era verdad que no me había sentido tan desarmado nunca.
Esa vez respondió.
«No tengo nada que hablar con vos. No me interesa tu mundo ni tus reglas. Lo de la agencia fue humillante.»
Directa. Fría. Tajante. Me calentó más de lo que debería.
«Entonces no hablemos de la agencia. Decime dónde puedo ir a verte. En serio. Solo quiero pedirte disculpas en persona.»
Tardó un rato largo. Quizás estaba pensando, dudando, o simplemente jugando conmigo. No importa. Lo que importa es que al final, un mensaje me llegó:
«Vivo en un monoambiente en San Cristóbal. Humberto Primo al 1736, tercer piso E. Vení mañana a las siete. Una sola vez. Después de eso, te vas.»
Sonreí. No lo podía evitar. Ella me odiaba. Me despreciaba. Pero me iba a dejar entrar.
Y eso… eso era más de lo que cualquier otra había hecho.
No sabía bien por qué iba. No era deseo, no era arrepentimiento. Era algo más viscoso, más oscuro. Una mezcla de curiosidad, incomodidad y ese leve vértigo que uno siente cuando se asoma al borde de algo desconocido. La dirección me quedó retumbando en la cabeza todo el día: Humberto Primo al 1736. San Cristóbal. No era una zona que frecuentara. Me vestí casual, sin el traje de tiburón que usaba en la agencia. Quería parecer menos… yo. Aunque no podía evitarlo del todo.
Subí al tercer piso por escalera. El edificio era viejo, con olor a humedad, pero limpio. Frente a la puerta 3E respiré hondo. Toqué. Un segundo. Dos. Tres. Y se abrió.
La que apareció no era Milena. Era otra.
—¿Vos sos Jorge? —preguntó, con una voz nasal, joven, pero curtida por la calle.
Asentí, confundido. Ella sonrió con sorna y se hizo a un lado para dejarme pasar.
El lugar era pequeño, apenas un monoambiente dividido con una cortina y un sofá desvencijado. Pero lo que más me impactó fue la escena en sí.
Milena estaba ahí, de pie, con una copa de vino en la mano, observándome como si yo fuera una criatura curiosa. Llevaba un conjunto de encaje negro, abierto, transparente, sin sostén, con un liguero que resaltaba la tensión de sus muslos. A pesar de su cuerpo esbelto y de esa feminidad pulida, el bulto entre sus piernas era imposible de ignorar.
Y junto a ella, su compañera.
Se llamaba Lara, me lo dijo sin que yo preguntara. Cabello rojo artificial, corto, despeinado como si acabara de bajarse de una moto. El cuerpo más robusto que el de Milena, más exuberante. Tetas grandes, piercings en los pezones que se marcaban a través del top de red que no tapaba nada. Un short diminuto que le cortaba las caderas como una navaja. Tacones altos, labios pintados de un rojo vulgar. Y esa actitud de desafío en la mirada.
Ambas estaban vestidas como putas de catálogo barato. Y lo sabían.
—¿Te incomodamos, Jorge? —preguntó Milena, levantando una ceja.
Me quedé mudo. Por dentro, una tormenta. No era el dueño del juego esta vez. Y ellas lo sabían.
—No esperaba… esto —dije al fin.
—¿Qué esperabas? ¿Una escena triste? ¿Que yo estuviera llorando por cómo me trataste? —dijo Milena, bebiendo un trago.
—¿Una segunda oportunidad para usarla? —agregó Lara, sentándose con las piernas abiertas, sin pudor.
Me sentí observado. Juzgado. Expulsado de mi propio terreno. Y lo peor: excitado. Como si todo eso, ese descontrol, esa ambigüedad, me removiera algo sucio y real en el fondo.
No dije nada más. Ellas esperaban. Sabían que el próximo paso era mío.
Las miré con esa mueca que siempre me funcionó. La sonrisa de medio lado, el gesto sobrador, como si ya supiera lo que iba a pasar. Caminé unos pasos dentro del departamento, dominando el espacio con el cuerpo, como lo hacía en mi agencia.
—Está bien —dije, con voz baja, impostada, esa que uso cuando quiero hacer sentir a alguien pequeño—. Ya entendí. Me lo merezco. Vine a disculparme, y me encuentro con un show.
Me giré hacia Milena, directo a sus ojos.
—Pero vos y yo sabemos que no necesitás a nadie que te defienda —agregué, buscando quebrar la alianza entre ellas—. Sabés lo que valés. Y también sabés que el mundo de allá afuera no perdona.
Lara soltó una carcajada seca desde el sillón. Milena la imitó con un gesto más sutil, apenas una curva irónica en los labios. No dije nada, pero esa sonrisa me pinchó el orgullo. Empecé a sentirlo.
—No viniste a disculparte —dijo Milena, cruzando los brazos debajo de sus pechos firmes—. Viniste porque no podés sacarme de la cabeza.
Tragué saliva. Me incomodaba la certeza con la que lo decía. Como si me hubiera leído.
—No seas ridícula.
—¿Ridícula? —saltó Lara—. ¿Querés que te muestre los mensajes que le mandaste? Suplicando, prácticamente gimiendo por verla.
La tensión en el ambiente crecía. Yo, que siempre había dictado las reglas, ahora era el que estaba siendo diseccionado. Cada gesto mío parecía anticipado, cada palabra, previsible.
—No están entendiendo —dije, volviendo a caminar, intentando imponerme con el cuerpo, como si eso todavía funcionara—. Yo les abrí una puerta, les ofrecí una oportunidad. Y vos, Milena, la tiraste por la ventana.
—¿Y ahora estás acá… por qué? —me interrumpió ella—. ¿Para darme otra? ¿O para pedir la tuya?
El silencio fue un martillo. Me sentí desnudo, aunque tuviera la ropa puesta.
Y entonces me cayó la ficha: no tenía el poder.
No en ese departamento, no con esas dos miradas fijas en mí. Sentí un temblor en la boca del estómago. No era miedo a que me hicieran algo. Era otro miedo. El de no ser yo. El de estar en los zapatos de tantas chicas que habían pasado por mi estudio, frente a mi escritorio, con la ropa medio sacada y la dignidad colgando.
—¿Querés algo de tomar, Jorge? —preguntó Lara, con una voz tan dulce como sarcástica—. Estás pálido.
Me senté. Por primera vez, sin que nadie me lo indicara.
Y ellas… seguían de pie. Las piernas me temblaban y lo odiaba. Odiaba no estar seguro, no tener el control. Pero había algo intoxicante en eso. Milena se me acercó despacio, como una pantera midiendo a su presa, y se sentó en el brazo del sillón, tan cerca que podía sentir su perfume dulzón y punzante, como una amenaza disfrazada de caricia.
—Te sentaste solito —dijo, y sus dedos se deslizaron por mi cuello—. Nunca vi a un macho alfa rendirse tan fácil.
Lara se levantó. Caminó hasta el centro del cuarto con esa arrogancia casi masculina en sus movimientos. Cuando se paró frente a mí, metió sus pulgares en la cinturilla del short minúsculo que apenas cubría su entrepierna.
—¿Querías ver carne, no? —preguntó con una sonrisa torcida.
Lo hizo despacio. Bajó el short con esa teatralidad que sólo tienen las que saben que dominan la escena. Primero apareció la base, gruesa, depilada, la piel tensa. Después, centímetro a centímetro, ese pene monstruoso emergió como un animal liberado. Pesado, marcado por venas, palpitante. Imposible de ignorar. No había nada femenino en eso. Era poder crudo.
Me faltó el aire. El corazón me latía en las sienes.
Milena no se quedó atrás. Se bajó la tanga de encaje con un solo movimiento, casi con orgullo. El suyo era igual de intimidante. Largo, liso, perfecto, y tan erecto que apuntaba directo hacia mi cara.
—Mirá cómo nos dejaste —murmuró—. ¿Te vas a hacer el desentendido ahora?
No podía ni hablar. Mi cuerpo entero estaba en conflicto. El Jorge de siempre gritaba por dentro, insultándome, queriendo correr. Pero el otro… ese que se había despertado cuando Milena bajó su ropa aquella vez en la oficina… ese, quería saber.
—¿Nunca viste algo así de cerca, no? —Lara me tomó del mentón con una mano firme, obligándome a mirarla—. Vos tenías el poder. Ahora vas a ver lo que se siente ser el juguete.
Me tragué mi orgullo. Mis rodillas temblaron aún más.
Milena se arrodilló frente a mí, con una sonrisa perversa.
—Relajate, Jorge —susurró—. Lo único que te pedimos… es que abras bien la boca.
No tuve tiempo de pensar. Ni de reaccionar. Ni siquiera de protestar.
Lara fue la más rápida. Me separó las piernas como si yo fuera un muñeco de trapo. Ni siquiera me preguntó. Solo se arrodilló entre ellas y, con una agilidad inquietante, abrió el cierre de mi pantalón y me sacó la verga con una soltura que no me dio opción. Estaba medio dura, no por deseo, sino por el caos mental que me desbordaba.
Sentí su boca caliente engulléndome sin ceremonias, profunda, húmeda, hambrienta. Me estremecí. Nunca había sentido una succión así, tan sucia, tan experta. Me aferré al borde del sillón, temblando, confundido. Quería parar, pero algo en mí se rendía sin luchar.
Y entonces Milena se puso de pie, tomó su pene erecto con una mano, me sostuvo la cabeza con la otra… y sin avisar, me lo metió en la boca.
Me ahogué, no de asco, de shock.
Su miembro era grande, duro como una barra, caliente como el infierno. Me llenó la boca al instante, empujando hasta el fondo con una determinación que no dejaba lugar a dudas: yo era el objeto ahora.
No sabía qué hacer con la lengua, ni con la respiración. Solo sentía el peso de ese falo entre mis labios, mis encías tensas, mi garganta resistiéndose inútilmente. Mis ojos se llenaron de lágrimas.
Y Milena se rió.
—¿Qué pasa, Jorge? ¿No era esto lo que hacías sentir a todas tus modelos?
Lara seguía chupándome con una precisión quirúrgica, moviendo la lengua como si quisiera vaciarme por completo. Y yo… yo era un péndulo atrapado entre dos realidades que me partían en mil pedazos.
Una parte de mí quería escapar.
La otra… no podía parar de endurecerse.
Milena empezó a moverse. Iba y venía dentro de mi boca como si llevara años haciéndolo. Me sujetaba del cabello, guiando mi cabeza, usándome. Lara se detuvo un instante solo para mirarme.
—Qué lindo te ves así —susurró—. Todo confundido, con la boca llena de pija. Nunca imaginaste terminar así, ¿no?
Y no. Nunca lo imaginé.
Pero ahí estaba.
Ella se sentó a un lado, Milena se abrió de piernas frente a mí con una elegancia arrogante, casi insultante, dejando ver sin pudor su erección firme, orgullosa, apuntándome como una amenaza deliciosa. Era alta, imponente, su feminidad hecha de curvas, perfumes intensos y una pija dura que palpitaba con autoridad.
—¿A cuántas chicas hiciste abrir así de piernas, Jorge? —murmuró con burla, tomándome del mentón—. Bueno… ahora chupala como hiciste con tantas.
Me quedé paralizado. Aquella imagen me resultaba tan hipnótica como humillante. Su miembro erecto estaba otra vez apenas a centímetros de mi rostro, brillante, caliente, tan real que parecía latir. Intenté decir algo, pero su mirada me clavó al suelo. No tenía opción. O quizás ya no quería tenerla.
Me la acercó con firmeza y la restregó contra mis labios. Sentí el olor de su piel, su lubricación preseminal, el calor de su cuerpo. Mi boca se abrió sola, como traicionándome, y la recibí con torpeza, temblando.
Milena gimió suave, placentera, como si disfrutara no solo del contacto sino también de mi rendición.
—Eso… así se hace un casting de verdad —susurró.
Mientras tanto, Lara se posicionó detrás mío. Escuché el sonido del cierre bajándose, el roce de su ropa. Sentí su respiración cerca de mi nuca, sus manos deslizándose por mi cintura mientras me bajaba los pantalones y la ropa interior hasta los tobillos.
—Está tan entregadito… —dijo con una risita en el oído—. Qué rico va a ser romperlo.
Sentí su erección apretarse contra mi trasero. Jadeé, pero no podía apartarme: Milena tenía su verga empujándose cada vez más dentro de mi boca, marcando el ritmo con las caderas. Mis labios resbalaban sobre su dureza, mis babas goteaban por mi mentón. Y entonces Lara comenzó a entrar.
Fue directo. Invadiéndome con decisión. Me agarró de las caderas y empezó a embestir sin piedad. El dolor inicial se mezcló con una corriente de calor brutal, humillante, mientras mi cuerpo se sacudía atrapado entre ambas.
—¿Te gusta? —susurró Lara con una voz ronca, poseída por el ritmo de su dominio—. Te vamos a dejar hecho mierda.
Milena gemía con placer mientras me sujetaba la cabeza con ambas manos, clavándome su verga hasta la garganta. Lara me empalaba con fuerza, con un ritmo implacable, cada estocada acompañada por risas suaves, carcajadas que decían todo sin decir nada.
Yo, Jorge López Azcuénaga, el depredador de pasarelas, el manipulador de sueños, era ahora un objeto entre dos mujeres trans que sabían exactamente cómo destruirme.
Y en el fondo, algo en mí no quería que se detuvieran.
Habían jugado con mi cuerpo como si fuera un juguete nuevo. Me usaron, me voltearon, me penetraron desde todos los ángulos. Cuando finalmente me recostaron en el sofá, ya no era el mismo. Sudado, descompuesto, derrotado. Pero Milena aún no había terminado.
Me miró con esa sonrisa suya, de reina absoluta, y me levantó las piernas como si fuera una puta barata. Su erección seguía firme, dura, insaciable. Y cuando la sentí entrar de nuevo, ya no me resistí. Me la dio con rudeza, con ritmo, con hambre. Cada estocada me empujaba contra el sillón, haciéndome gemir como nunca antes.
—Eso… así se hace —murmuraba, con el rostro serio, enfocado solo en someterme por completo.
Mientras tanto, Lara se arrodilló sobre mi pecho. Su verga erecta volvió a buscar mi boca. Yo ya no pensaba. Solo abrí los labios y la dejé entrar. La succionaba con desesperación, como si necesitara su aprobación, su asco, su desprecio.
Me masturbaba con fuerza mientras ambas me poseían, sus cuerpos envolviéndome, sus jadeos mezclándose en un concierto sucio y delicioso.
Lara fue la primera en acab
Gritó mi nombre como si fuera una burla y descargó todo en mi boca, sin aviso, sin compasión. El semen caliente me llenó la lengua, y mi reflejo fue de asco inmediato. Tosí, gemí, pero no me detuve. Ellas se reían, divertidas, mientras lo tragaba a la fuerza, sintiendo cómo bajaba por mi garganta.
Fue ahí, con el sabor aún fresco y el cuerpo desgarrado por la embestida de Milena, que terminé. Eyaculé con violencia, con desesperación, sin tocarme más. Solo con la vergüenza, el dolor y la excitación que me atravesaban.
Milena gimió profundo, se tensó sobre mí y se corrió adentro, llenándome con su leche espesa. La sentí caliente, húmeda, chorreando dentro mío.
—Quedate así —ordenó al salir de mí con lentitud.
Yo jadeaba, con las piernas abiertas, el cuerpo temblando, y la cara pegajosa de saliva y semen. No sabía qué parte de mí se había roto en ese momento. Pero sabía que ya no había vuelta atrás.
Pasaron meses. Desde afuera, todo sigue igual.
Sigo siendo Jorge López Azcuénaga, el tipo que domina castings, que decide qué cuerpos desfilan y cuáles no. La oficina sigue oliendo a perfumes caros y mentiras elegantes. Las modelos aún bajan la mirada cuando me acerco, todavía hay quienes harían cualquier cosa por un lugar en una pasarela importante. Y yo mantengo esa sonrisa, esa voz grave y segura, ese aire de hombre intocable que construí durante años.
Pero por dentro… nada volvió a estar en su sitio.
Desde aquella noche con Milena y Lara, algo me persigue. Algo que me excita y me asusta a la vez. Un recuerdo sucio que no se borra, que me despierta en la madrugada con el cuerpo duro y el alma hecha un nudo.
A veces me miento. Me digo que fue una experiencia aislada, que ellas me sometieron, que fue un castigo. Pero hay noches —cada vez más frecuentes— en las que no me basta con recordar. Necesito repetirlo.
Y entonces salgo.
Tomo el auto, cruzo la ciudad en silencio, y me meto en los callejones que antes me habrían causado asco. Los que huelen a orina, a humo barato y desesperación. Los lugares donde no se usan nombres, donde todo lo que importa es cuánto estás dispuesto a dejar que te hagan y cuánto dinero estás dispuesto a poner.
Y ahí están. Chicas como Milena. Chicas con polleras cortas y miradas duras, con labios pintados y algo más entre las piernas. Chicas que no preguntan. Que dominan. Que castigan. Que me leen como si supieran exactamente por qué estoy ahí.
Me arrodillo en la sombra, tras una pared grafiteada, mientras una de ellas me toma del pelo y me dice que abra la boca. Y lo hago. Como un perro entrenado. Como un hombre que ya no es el mismo.
Después, vuelvo a casa. Me lavo la cara. Me pongo colonia. Me miro al espejo y ensayo esa sonrisa arrogante que los demás aún creen auténtica.
Pero ya no soy Jorge López Azcuénaga.
Soy un secreto sucio envuelto en trajes caros.
Y por las noches, sigo buscando otras Milenas.
Si te gusto esta historia puedes escribirme con titulo MILENA a [Correo visible para usuarios registrados]





Deja un comentario