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Historia erótica de como me convertí en un cornudo pendejo

«Cornudo» y «Pendejo», dos palabras que ningún hombre quiere adjudicarse; sin embargo, poco antes de los treinta años caí en la cuenta de que soy ambas cosas y que, además, seguiré siendo lo uno y lo otro hasta el final de mis días. Sí, soy un cornudo y un pendejo, negarlo sería como tapar el sol con un dedo o engañarme a mí mismo.

Para ti que me lees, sé que te queda claro que soy ambas cosas y conforme vayas avanzando en este relato posiblemente pensarás que autonombrarme Cornudo y Pendejo es poco para lo que realmente soy.

Desde muy pequeño me di cuenta de que mi pene no era normal; su pequeñísimo tamaño contrastaba con el de niños de mi edad; además, cuando entré a la pubertad noté que, a pesar de que me excitaba, no lograba tener una erección. En pocas palabras, desde siempre he sido de pene minúsculo (mide tres centímetros) y además impotente, por lo cual en mis cuarenta y tantos años de vida nunca he podido penetrar a una mujer.

Muchos, apiadados de mi carencia de hombría y de mi patética situación, me sugieren especializarme en procurar placer con las manos y la boca; no obstante y para acabarla de amolar, también soy sumamente torpe y, cuando he intentado masturbar o lamer a una dama, acabo lastimándola o, en el mejor de los casos, aburriéndola con mis inocuas caricias. Por esa razón, tuve muy pocas novias y quienes se animaron a andar conmigo pronto se dieron cuenta de que como hombre no servía para nada, terminando por dejarme a los pocos días.

La falta de experiencia, pues ninguna quería nada conmigo, aunada a que mis genitales sólo sirven para orinar, reforzaron mi condición de poco hombre y quizá el peor amante que haya existido jamás. Yo mismo me cansé de buscar a mi media naranja, hastiado de tantos rechazos e, incluso, burlas por parte de las chicas a quienes pretendía.

Los chismes corren más rápido que la luz y mi fama de impotente y pito chico pasó a ser del dominio público; podía escuchar las risas a mis espaldas y las miradas socarronas de hombres y mujeres, mismas que aprendí a ignorar o, simplemente, a hacerme de la vista gorda. Finalmente, si me tachaban de tener un micro pene de ridículo tamaño o de pito inservible no hacían más que decir la verdad.

Me recibí como periodista y, al salir de la universidad, tuve varios trabajos como ayudante de redacción o corrector de estilo, hasta que logré contratarme en una publicación semanal como reportero. Ahí fue donde la vi por primera vez. El amor de mi vida…

La miré de espaldas, sentada en una de esas sillas de oficina que sólo tienen un tubo que une el respaldo con el asiento, por lo que la cintura y parte de las nalgas de quien se sienta quedan a la vista de cualquiera que se pose detrás. Era imposible despegar los ojos de su redondo culo, un par de enormes y generosas nalgas que descansaban en ese cojín que apenas lograba acapararlas.

Ese imponente nalgadar contrastaba casi de manera imposible con la breve cintura de la hermosa mujer de pelo corto que tecleaba rápidamente en la computadora que tenía delante. Siempre pensé que quien decidió que la poseedora de esa preciosa cola se sentara en ese preciso lugar, de espaldas (por no decir: «de nalgas») a cualquiera que arribara a la redacción de la revista, debió haber sido un altruista depravado que sabía lo que provocaba ese paisaje a todos los admiradores de los buenos culos.

No pude evitar frenarme, como queriendo que por mis retinas entrara toda esa lujuria que exudaban esas pompas gloriosas, deseando desde luego aprisionarlas con mis manos y lamer cada centímetro de su redondez. Incluso, un disparate vino a mi cerebro al detenerme por unos momentos a observar aquellas generosas carnes enfundadas en una ceñida y agradecidamente corta mini falda.

Pensé que no habría muerte más dulce que morir asfixiado por los glúteos de esa dama; me imaginé acostado en mi cama, sin oponer resistencia ante la falta de aire por tener ese par de nalgotas sobre mi cara, ella sentada tecleando en una computadora imaginaria, con su blusa y su saquito de vestir, pero con el culo al aire sin el más mínimo atisbo de tela que interrumpiera el contacto entre sus redondeces y mi jeta de pendejo lamiendo lo que podía y sintiendo… sobre todo sintiendo el delicioso peso de esa maravilla con raya en medio, sin hacer el menor intento de apartarla, aunque la respiración se hiciera imposible, falleciendo feliz entre tanta carne… Incluso, me imaginé muerto en el ataúd, con una sonrisa estúpida en los labios.

Mi libidinosa somnolencia fue interrumpida por un individuo con una prisa tan intensa que apenas se percató de que el golpe que me propinó a su paso tiró el portafolio que llevaba.

El editor se llamaba Federico y la nalgona de mis sueños Paty, flamante asistente del hombre que se peleaba con unos papeles, rayándolos de rojo con furia, como si de esa manera fueran a cambiar las letras que subrayaba, tachaba o redondeaba.

Me presenté con Paty, descubriendo que, además de ese portentoso par de nalgas, también tenía una cara hermosa, de ojos grandes y de forma similar a los dibujos animados japoneses que disfrutaba en la tele cuando era niño; su nariz es de un respingado casi perfecto, tanto que cuesta creer que no haya sido obra de algún codiciado cirujano plástico.

La boca pequeña y la piel muy blanca estaban enmarcadas por una mata de cabello negro cortado al nivel de la nuca, como si dejarlo en un estilo levemente masculino fuera a desafiar el conjunto avasalladoramente femenino de la asistente del editor.
– Eugenio… ¿verdad? El editor te está esperando, adelante.

Yo quería el trabajo, pero más deseaba seguir contemplando aquella hermosa mujer, que calculé estaría a mediados de sus veintes y avanzada en coquetería, como si no fuera suficiente semejante belleza para no apartar los ojos de ella. Me resigné a pasar a la oficina y Federico apenas levantó los ojos para verme.

Fue un momento incómodo, pues no sabía si sentarme o seguir de pie, esperando que el energúmeno me ofreciera descansar en una de las amplias sillas de vinil que estaban frente a su amplio escritorio.

– Siéntate, siéntate… ahorita te atiendo-, dijo como haciendo el favor, como si mi presencia estuviera echando a perder el trabajo con el que el editor ganaría el Pulitzer. Obedecí, mirando alrededor, agradeciendo que las paredes de esa pequeña oficina fueran todas de cristal, pues eso me permitía seguir admirando a Paty, a excepción del muro detrás del editor, en el que se veían diversos reconocimientos y títulos periodísticos, obviamente pertenecientes a quien tardó cerca de veinte en dedicarme cinco minutos de su tiempo.

Miró mi currículo, preguntando dos o tres obviedades, cuestionó mi disponibilidad y no se esforzó en ocultar la necesidad apremiante que tenía la revista de un nuevo reportero, pues me dio el trabajo enseguida, pidiéndole a su voluptuosa asistente que me enseñara mi lugar y me pusiera al tanto de los pormenores.

Con una sonrisa, la que muchos meses después me enteraría de que era una puta consumada se levantó de su asiento y caminó delante de mí, consciente de lo que provocaban en todo hombre el bamboleo de esos preciosos glúteos, sabiendo que mis ojos volvían a posarse en ellos, pero ahora con una visión completa de esa curvatura casi grosera.

La minifalda que, si hubiera sido un centímetro más corta, habría dejado a la vista el nacimiento de ese precioso nalgadar, se apretaba furiosamente a ese majestuoso culo, de modo que se veía claramente el espacio que se hacía entre los dos balones, sugiriendo la profunda cuenca que separaba esas pompotas y que acentuaba lo que yo siempre he calificado como una de las características del culo perfecto: el amortiguador independiente. Me explico: hay colas que al caminar suben y bajan al parejo, como si estuvieran unidas de tal manera que no se les permitiese mover una primero y la otra después.

Lo que yo llamo culo de amortiguador independiente y que es indispensable para toda aquella dama que se precie de tener nalgas de campeonato, es aquel que posibilita que cada pompa suba y baje por sí sola, desplazándose de tal manera en que una nalga ascienda en tanto su contraparte baja, dejando que el afortunado observador presencie la maravilla de un nalgadar construido con tal fineza que cada una de sus partes poseen autonomía en sus movimientos.

Mis ojos increíblemente alegres contemplaban cómo esas imponentes nalgas se balanceaban libres y autónomas, a pesar del maldito yugo de la falda (y quizá la tanga, pues era evidente que bragas o calzones no traía), por encima de unas piernas desnudas sorprendentemente largas y bien torneadas, que terminaban cerca del piso en unas botas coquetonas de algo que parecía gamuza. Los amantes de las medias se hubieran sentido decepcionados, pues dichas piernas no tenían más cubierta que su morbosa y desafiante piel, invitante a tocarla, masajearla, lamerla…

relato cornudo pendejo y esposa putaTanta lujuria me impedía comprender las aburridas indicaciones que Paty despotricaba, relacionadas obviamente con mi nuevo trabajo y acompañadas generosamente, de vez en vez, por una sonrisa retante, casi socarrona. Una de esas sonrisas que te gritan: «Sí, soy una golfa, pero no creo que merezcas mi coño; soy una puta, pero no TU Puta». Esas sonrisas que te inhiben, que te hacen tartamudear y que evidencian que efectivamente eres un pobre pendejo que no está a la altura ni de las botas de imitación gamuza.

Mi cortejo con mi compañera comenzó el mismo día que entré a trabajar; decidí que una flor en su escritorio o una invitación a tomar un helado serían la llave para acceder a esa jungla de lujuria.

Poco tiempo pasó para darme cuenta de que no sólo era esa potente atracción sexual, sino un amor genuino que germinaba en mi corazón, un deseo no sólo por ese cuerpo de tentación, sino también por esa alma cándida que podía adivinarse en las conversaciones que teníamos en la redacción o en el pequeño local de comida corrida frente a la editorial, al que la invitaba constantemente para siquiera sentir su cercanía entre órdenes de arroz y costilla en mole verde.

Lejos de proponerle un acostón en algún motel cercano o, incluso, tomar una copa en algún bar de trasnochadores, mis invitaciones eran blancas, desprovistas de ocultas intenciones. Quería conocer su alma; aposté a que ninguno de aquellos buitres que la rondaban persistentemente buscaban el acercamiento con detalles rosas.

Mi cortejo de amante a la antigua no sólo pretendía llegar a ella por una ruta inusual, sino también estaba consciente de que un acercamiento que desembocara en las sábanas de una cama estaba condenado al fracaso rotundo, dada mi falta absoluta de hombría y mi estupidez amatoria. ¿Cómo un portento como ése iba a aceptar a un guiñapo con pene minúsculo y, encima, fláccido? ¿Cómo esa dechada de sexualidad iba a ser consecuente con unos dedos inexpertos y una boca eróticamente inoperante?

Mi problema no se remediaba con la pastilla azul, pues mi impotencia era casi legendaria y de nacimiento; tampoco con los consejos de un amigo campechano ni con el estudio de una película porno. Simplemente, no soy un hombre como tal, y había que aceptar eso antes de encaminar otra avanzada hacia la mujer que ya amaba con locura. No quería perderla y ni siquiera la tenía.

Paty me trataba con cierta condescendencia, como quien le dice a un niño de tres años que sí para que deje de molestar. No manifestaba el menor interés en mí; lejos de eso, me platicaba de sus amores y anteriores novios. Yo no quería caer en la famosa
, pero era eso exactamente lo que estaba logrando: ser un amigo y confidente.

Al confesarle mis intenciones de tener un noviazgo serio con ella, siempre respondía con evasivas, como quien gusta del juego en el que está inmersa, pero no quiere dar el siguiente paso.

Me sentía como que se pitorreaba de mí, como que le divertía mi acecho, pero no estaba dispuesta a formalizar nada. De hecho, en una ocasión y luego de un par de copas en algún evento periodístico al que acudimos juntos, se me ofreció descaradamente, pero yo no quería llevar la relación al plano sexual, por las razones ya conocidas.

Me desconcertó su «apertura sexual», por no decirle putería, al estar dispuesta a darle las nalgas al que consideraba sólo su amigo, pero estaba tan eclipsado por su presencia, que le restaba importancia a las señales que, más con otros que conmigo, hasta un ciego hubiera detectado… signos de que era toda una golfa que no necesitaba ni el nombre del dueño de la verga que quería que le metiera.

Me negaba a ver la realidad. Y es que el amor es el mejor cegador que existe; le restaba importancia a las múltiples llamadas que recibía de misteriosos «amigos», a los besos casi en la boca (y muchas veces en la boca misma) que no tenía empacho en prodigar a todo macho que llegara de visita a la redacción.

Me obligaba a ignorar los diferentes automóviles que pasaban por ella a la editorial, siempre con hombres distintos al volante que la saludaban como si fuera no una novia, sino una callejera que acepta un cliente en su esquina.

Me negaba a ver los descarados besos en los labios y las manos que sin pudor manoseaban su trasero al subir a esos coches; incluso, me llamó particularmente la atención uno de esos «amigos» que, caballerosamente, le abría la puerta del coche, nalgueándola con desfachatez sin que ella pusiera el menor reparo.

Lo aceptara o no, finalmente no era de mi incumbencia, pues la putona de mis sueños no era más que una amiga a quien yo cortejaba sin el menor recoveco de entrada a su intimidad. Yo estaba para escucharla, no para recriminarla. Por eso y por mi negación de los hechos evidentes, continué pensando que todo era producto de mis celos y decidí no comentarlo con nadie.

No obstante, al darse cuenta de mi interés serio y romántico por ella, algunos compañeros de trabajo me insistían en que dejara de lado ese acoso amoroso, que no era para mí y que no me convenía; muchos (y sobre todo muchas) le llamaban «Puty» a sus espaldas, apodo que después corroboraría que le iba como anillo al dedo. Yo me negaba a aceptarlo y adjudicaba todo a las habladurías comunes en espacios laborales, mismas que se forman por la envidia o el resentimiento.

Justo cuando estaba a punto de perder las esperanzas, mi vida dio un vuelco enorme luego de una noche de viernes en la que me pidió que la acompañara a su departamento. Salíamos de trabajar y nos preparábamos para el letargo del fin de semana, cuando me comunicó que tenía algo importante qué decirme.

Yo no tenía auto, por lo que abordamos un taxi en el que le rogué sin éxito que me adelantara algo, pues nunca en los más de nueve meses que llevábamos trabajando juntos me había pedido que la acompañara a su casa. El trayecto de incertidumbre duró poco más de media hora, hasta que entramos a su apartamento en la zona de Lindavista, al norte de la CDMX.

Paty vivía sola desde los diecinueve años, edad en la que logró independizarse de su familia para encarar la vida en la universidad, aparejándola con trabajos temporales y esporádicos con los que lograba salir adelante. Obviamente, para la fecha en la que me llevó a su reducto, el sueldo de la editorial pagaba cómodamente su independencia.

El departamento era muy pequeño, de una sola recámara, un baño y una estancia en la que se antojaba imposible ubicar un comedor y una sala sin que se encimaran uno en la otra. La mujer que amo resolvió esto con una sala en escuadra y una mesa pequeña con dos asientos, suficiente para sus necesidades y las de algún ocasional visitante.

Me pidió que me acomodara en la sala y que me sirviera lo que quisiera de lo que había en la diminuta cocina, mientras se dirigía a su habitación para «ponerse ropa más cómoda». Yo no podía imaginar qué sería más cómodo que aquellos leggins grises que enfundaban sus piernas y su redondo trasero; de tan ceñidos, más que tela parecía que le habían pintado de gris las piernas y las nalgas, dando un perfecto panorama de lo que serían esas nalgotas al natural, pues era evidente que no llevaba ropa interior.

Poco después me enteré de que Paty jamás usa brassiere ni calzones o bragas; cuando mucho y en contadas ocasiones, hilos dentales que, al ver su diminuto tamaño, uno se pregunta si no es lo mismo ponérselos o no.

Me serví una cerveza helada del refrigerador, gritándole que si quería una: «No me gusta la cerveza, gracias, pero te agradecería una coca de dieta». Destapé ambas latas y las serví en vasos, preguntándome por qué una persona a quien no le gusta la cerveza tendría más de dos docenas de latas en su frigorífico.

Me acomodé en el sillón de lo que pretendía ser la sala y me aflojé la corbata, dejando el saco en el respaldo de una de las sillas del «comedor». Pasaron unos minutos para que me quedara de una pieza al ver aquello salir de la habitación: Mi descarada anfitriona salió con algo que aspiraba a ser un vestido y que luego me enteré de que es una de esas prendas transparentes que las mujeres usan en la playa para cubrirse luego de salir del mar y que, dada su costura completamente abierta, dejan ver absolutamente todo lo que está debajo, con la salvedad de que Paty no traía un bikini debajo, ni tampoco ropa interior común; de hecho, aparte de aquella diminuta prenda no vestía absolutamente nada.

Por primera vez, pude ver con toda claridad el voluptuoso cuerpo de aquella mujer que me traía loco; evidentemente, primero admiré la parte frontal de su anatomía, deteniéndome en unas tetas pequeñas de espectacular redondez y pezones rosados de tamaño estándar, para luego bajar la vista a su monte de Venus: se observaba claramente la línea superior de su panocha cubierta por una delgada línea de vello, muy corta pero suficiente para constatar que fue modelada por alguien experto en depilación, una obra de arte mezcla de fineza y descaro.

Su breve cintura terminaba en serpenteantes curvas que componían sus caderas y yo ya suplicaba que llegara el momento en que tuviera que ir al baño, para ver, por fin, ese culo tan adorado por mí por tantos meses, un culo que había sido el protagonista principal de todas mis chaquetas en la oscuridad de mi cuarto. Seguramente, te preguntarás cómo un impotente como yo puede masturbarse; pues sí, lejos de lo que la mayoría piensa, es factible obtener una eyaculación (y en consecuencia placer) de un pene minúsculo y fláccido.

Desde adolescente, aprendí una técnica que fui depurando con los años para otorgarme placer a mí mismo: Se trata de frotarme el pene en círculos, como si fuera un grano, hasta obtener la venida. Dado el irrisorio tamaño de mi miembro y mis testículos, la cantidad de esperma que sale de aquel grano es convenientemente escasa como para limpiarla con un sólo kleenex; dicha técnica la empleaba casi a diario antes de dormir, dejando la imagen de esos glúteos como la última antes de dormir.

Paty no se paró al baño hasta después de un rato. Antes se sentó junto a mí, lo suficientemente cerca para rozarnos ante cualquier movimiento; una de sus piernas descansaba en las mías y sus manos constantemente me tocaban, como para darle fuerza a su relato. Sus tetas estaban tan cerca de mí que podía ver como se balanceaban ante su diatriba, controlándome para no lamer esos pezones que se erguían más de lo que mi micro pene jamás ha podido. Si hubiera tenido el temple para razonar ante semejante avalancha de lujuria, me hubiera preguntado si la muy exhibicionista no se percataba de que estaba prácticamente desnuda ante su «amigo» o era una descarada perfectamente consciente de lo que provocaba.

Al inicio de su perorata, hice un esfuerzo sobrehumano para tratar de entender lo que me planteaba; sin embargo, conforme fue entrando en el tema, llegué a olvidarme incluso de lo que me provocaba su piel en contacto con la mía y aquellas visiones dignas de mis chaquetas trasnochadas. La mujer que me había eclipsado desde el primer momento que la vi me estaba proponiendo que tuviéramos un noviazgo; aceptaba mis incesantes embates de amor y, en pocas palabras y después de meditarlo, estaba convencida de que yo era el hombre con el que quería compartir el romanticismo de su existencia.

Lejos de estallar en júbilo, la declaración de aquella culona me sumergió en una somnolencia provocada por la imposibilidad del hecho y el reto enorme que se me avecinaba para satisfacer tamaño huracán de lascivia. Fue tal mi estupor que le pedí unos minutos para asimilarlo; salí del departamento y me senté en las escaleras del edificio con un cigarro encendido como único testigo de mi incredulidad. ¿Cómo iba a llenar esas nalgotas con mi patético grano?

Después de calmarme un poco y terminar el Marlboro que se consumió en mis manos luego de apenas dos fumadas, me encaminé a la puerta. La descarada no tuvo ninguna precaución para abrir de par en par, dejando su cuerpo desnudo a la vista de cualquiera que pasara por el piso; la tela que la cubría, como ya expliqué, era más un adorno que un protector del clima y mucho menos de las miradas.

Pasé, no sin antes voltear la cabeza para ver si alguien estaba presenciando la escena, con un pudor ajeno que ella desconocía por completo. Fue entonces que vi por primera vez esas estupendas nalgas en su estado natural.

La tela sólo hacía más lujuriosa la visión perfecta de sus redondeces, de su «amortiguador independiente» y de la cuenca que oscurecía ese culo perfecto, separando en una simetría perfecta aquellos globos de carne mismos que, por su generoso tamaño y por desgracia, ocultaban por completo aquel ojete hambriento de verga, algo que en ese entonces ignoraba, pero que después comprobé con mis propios ojos cómo aquel agujero del placer devoraba (y devora) pitos de todos tamaños, como si cualquier cosa, dilatándose con una maestría que sólo da la práctica… y vaya que ese ano ha practicado mucho cómo ensancharse para recibir carne de macho.

– ¿Aceptas o no? -, me cuestionó con un dejo de molestia, a lo que respondí con un apasionado beso tomándola de la cintura, procurando que mi explosión de felicidad no debrayara en un acto sexual. Hice un titánico esfuerzo para no resbalar las manos por esa deliciosa cola que se me ofrecía libre y con todo derecho a palparla, el derecho que da el noviazgo, como si fuera un pasaporte virtual a conocerse dactilarmente.

Otra razón para no hacerlo fue precipitar un acto que no iba a poder consumar; por eso, mi efusividad se limitó a hurgar con mi lengua los espacios húmedos de su boca… Un beso que no quería terminar, un poco por probar las mieles de la mujer amada y otro poco para callar sus posibles reclamos sexuales, invitaciones muy plausibles luego de nuestro reciente compromiso y desbordadas por la escasa indumentaria de mi flamante novia.

Una parte de mí recriminaba mi estúpido proceder y la otra respiraba aliviada por haberme escabullido de aquel departamento y de aquellos brazos. El aire frío acariciaba mi rostro, ubicándome de nuevo en mi mediocre, pero tranquila realidad.

Cuando su mano buscó en mi pantalón mi virilidad, deambulando sin éxito por un espacio demasiado vacío y difícil de horadar por mis movimientos de reticencia ante el ridículo y posible terminación abrupta de lo que ni siquiera había comenzado. «¿Qué te pasa?», preguntó, a lo que sólo balbucee algunas respuestas llenas de miedo, incongruencia y una penosa tartamudez.

Le espeté algo así como que tenía que digerir el paraíso al que me había conducido, que me diera sólo ese fin de semana para asimilarlo y, entonces sí, entregarme de lleno al placer de hacerla mía, haciendo mutis antes de que emitiera una sentencia que me fuera imposible confrontar.

Sábado y domingo no sirvieron de nada. Por más que intentaba idear una estrategia, una diatriba, un discurso que justificara mi absoluta carencia de hombría, llegaba siempre a la misma conclusión: esa fogosa hembra no aceptaría como novio a un pendejete con un grano por pene y que ni siquiera se le para.

No había discurso efectivo ni oratoria pertinaz que absolvieran mi incapacidad viril. Llegué a la conclusión de que lo más que podría conseguir sería una expresión de sincera lástima por su parte, cocinándola con una pizca de comprensión y dos cucharadas de: «hasta aquí llegamos y espero que me entiendas».

esposa de marido cornudoDesde luego que lo comprendería; sólo un necio no asume que una mujer que busca un hombre no puede conformarse con un pelmazo que no sirve como tal, que tiene aquello de ornato y para sus funciones mingitorias. ¿Qué íbamos a hacer como novios? ¿Tomarnos de la mano en un cine? ¿Jugar damas chinas con un par de tés de manzanilla?

Yo hubiera sido feliz con esa perspectiva, pero era imposible que cualquier mujer aceptara enterrar su sexualidad por alguien que ni siquiera conoce bien. El fin de semana transcurrió entre tales intentos de confesar una realidad honesta, juegos de futbol y aburridos realities dominicales; conforme fue acercándose el lunes, mi miedo crecía como si el patíbulo me esperara.

Intenté, incluso, hacer erectar mi vergüenza con un par de viagras originales y, por tanto, bastante costosos, combinándolos con un remedio casero medio esotérico que había leído por ahí y la manipulación extrema que hice de mi pene, tratando de revivir algo que nació muerto y que nunca resucitaría. Lo único que logré fue la venida de tres chaquetas y una tonelada de frustración y desasosiego.?

Entre masturbaciones decidí que lo mejor sería hablar con ella honestamente; manifestarle mi condición y mi convicción por procurar ser un amante diestro con recursos distintos a la ordinariez de los genitales.

Estaba dispuesto a consultar el Kamasutra, los tratados orientales y hasta la brujería de los chamanes, con tal de darle a aquella voluptuosa chica el placer que no había sido capaz de prodigar a nadie. En un exabrupto, dejé de ver en la tele una aburrida plática del reality entre dos concursantes, para salir y tomar el metro hasta la estación Juárez, caminé unas cuadras dispuesto a aprender las técnicas amatorias que se mostrarían en la gran pantalla del Palacio Chino, que presentaba como premier:

«El imperio de los Sentidos», de la cual leí una reseña en la que se aseguraba el éxito del largometraje, por su honda y erótica proyección de las técnicas milenarias del coito entre los japoneses. Sin embargo, lejos de aprender o excitarme, las escenas violentas del film me provocaron náusea y me salí de la sala.

Unos tacos de suadero con longaniza me quitaron el asco mejor que un dramamine y la sudorosa coca cola helada refrescó mi posición de confesar mis limitaciones a la mujer amada. Ciertamente, había muy pocas alternativas a eso; una de ellas era terminar yo mismo la insipiente relación, algo que no estaba dispuesto a hacer, pues prefería cinco minutos al lado de ella, aunque tuviera que soportar toda la burla que mi ausencia de hombría provocaba.

Finalmente, el rechazo y la mofa habían sido compañeros de mi vida siempre y qué más daba una sorna más u otro rechazo que se acumularía en la inmensa lista de mi pantomímica vida romántica.

Apenas alcancé el último tren de regreso a mi casa y el ajetreo de aquel suburbano me ayudó a menear las ideas que rebotaban en mi cabeza. Me di un baño al llegar, lo cual no fue la mejor de las ocurrencias, pues contemplar crudamente la pequeñez que se asomaba sobre mi pelvis sólo me regresó las ganas de vomitar.

En una de las escenas de la sangrienta película que no terminé de ver, un nipón extremadamente activo en materia sexual pierde el pene mutilándoselo como ofrenda máxima del clímax al que llega en el orgasmo.

No sé qué pasó después, porque esa fue la gota que derramó el vaso y me hizo escabullirme por los pasillos de la muy ornamental sala cinematográfica; no obstante, me hizo meditar una idea loca que me visita de vez en vez desde entonces: ¿Y sí me hiciera la Jarocha?

No tener pene no es lo mismo que tener uno minúsculo; ante la carencia total de virilidad podría causar conmiseración, asombro y hasta asco, pero todo eso sería mejor que la burla hiriente que siempre he despertado hasta en desconocidos.

Dejé de visitar baños de vapor y saunas, por las contenciones de risa y hasta las abiertas carcajadas que despierta mi mini «amigo». Pero no… nunca he tenido el valor de cortármelo, la palabra «eunuco» me produce depresión.

A las diez de la mañana el sol que entra por los ventanales de la redacción dificulta la visualización de la pantalla de la computadora; por eso, nunca llego sino hasta después del mediodía, gracias a no tener horario y apegarme a esa libertad que tenemos la mayoría de los reporteros.

A pesar de ello, el reloj de pared marcaba las 9:57 de una soleada mañana y yo descansaba en la silla de mi lugar de trabajo; mi único compañero era un vaso de unicel lleno de un café demasiado caliente para beberlo, y eso que lo había comprado hace ya más de veinte minutos con la señora de la esquina que también vendía pan dulce y tamales.

Mientras cavilaba por qué sirven el café tan caliente en algunas partes, los tacones inconfundibles de mi nalgona comenzaron a sonar en la duela de la recepción; el eco que habitaba en aquel viejo edificio de la colonia Del Valle desempeñaba la función de avisar la aproximación de alguien que llegaba y esos tacones los había escuchado las veces suficientes como para adivinarlos de entre cualquier cantidad de zapatos.

Me saludó con un tierno beso en los labios, pero sin ir más allá, posiblemente desconcertada aún por mi incomprensible escape de su departamento el viernes. No hice mayor aspaviento y me limité a teclear un par de notas en la IBM; dos horas después le pregunté con fingida calma si quería que comiéramos juntos, a lo que accedió de inmediato con una sonrisa.

Decidí evitar la fonda y caminar un par de cuadras más al restaurante bar en el que se hacían las celebraciones de la compañía. Habría más calma para platicar y el piano que sonaba al ritmo de Clayderman seguramente encubriría mi vergonzosa confesión. Incluso, si ella se burlaba o me rechazaba abruptamente, mi amigo el piano minimizaría la divulgación de aquel fracaso.

Pedí un martini, que nunca suelo tomar, y ella un vodka con jugo de naranja, que tampoco le había visto beber nunca. Se avecinaba una tarde de cosas nuevas, y vaya que sería novedad para ella.

Esa noche, mi novia iría a un coctel de trabajo en un exclusivo hotel en Reforma, por lo que su atuendo era espectacular: pantalones de gasa entallados en la parte superior y acampanados en la inferior, que hacían juego perfecto con una blusa de amarre frontal y que dejaba al descubierto la cintura de aquella hermosa hembra ataviada toda de blanco, hasta los zapatos y la mascada que llevaba al cuello.

Al entrar al lugar, sus turgentes nalgas hicieron voltear la cabeza a más de dos comensales; sus agresivas curvas, acompañadas del movimiento y la opresión bajo esa delgada gasa, daban como resultado la vista de un culo perfecto y, una vez más, el desparpajo de saber que cualquiera que mirara notaría que ni siquiera un hilo dental usaba bajo esa tela.

Cínica, bamboleaba el bote a sabiendas de que la tela transparentaba un poco la evidente y provocativa desnudez de todo su cuerpo, pues tampoco llevaba sujetador y sólo había que acercarse por el ángulo adecuado para ver sus tetas en toda su redondez a través del escandaloso escote, ángulo que el mesero supo identificar muy bien y que ella, a pesar de que se percató de sus lascivas miradas, no hizo el menor intento por evitarlas y mucho menos por cubrir sus tetas, como si le satisficiera que aquel hombre se diera un banquete con sus senos y ella fuera la mesera que se lo sirve generosamente.

Dos trajeados a dos mesas de la nuestra la miraban de reojo y la sabroseaban con sus comentarios que, por más que trataran de ocultar, todos podíamos adivinar, delatados por la carcajada con la que coronaban sus morbosidades.

Aunque me incomodaba que varios buitres rondaran a mi novia y que ésta no se inmutara y hasta se podría asegurar que era quien los provocaba, mi concentración estaba absolutamente enfocada en mi patética confesión.

Tres martinis que me supieron demasiado amargos me dieron valor; la charola que pedimos con quesos y carnes frías, que pretendía ser nuestra comida, estaba casi intacta cuando el mesero mirón se la llevó, pues tanto ella como yo sabíamos que el alimento era sólo un pretexto, no así la bebida que engrasaba la maquinaría de nuestras palabras.

Cuando estaba frente a un expreso doble cortado y el cuarto martini, me decidí a hablar, pero ella se excusó yendo precisamente al excusado. Cruzó todo el restaurante para llegar al toilet de damas, meneando el trasero con coquetería y sabiendo que casi la totalidad de ojos masculinos que habían en el salón se posaban en ese par de nalgas, incluso los míos que las deseaban con una mezcla de lujuria y melancolía.

Podría jurar que la muy puta le sonrió provocativamente a uno de los trajeados impertinentes, pero la perspectiva que tenía de esa escena era demasiado mala como para aseverarlo; el giro de ciento ochenta grados de la cabeza de aquel hombre sólo podía significar una de dos cosas: o había reemplazado la discreción por el cinismo al verle directamente las pompas a mi novia o la sonrisa que creí ver le envalentonó para mirárselas.
Una vez más no hice aspavientos cuando estuvo de regreso, aunque el trajeado le dijo algo ininteligible cuando pasó junto a él, el mesero le sonrío con un exceso de amabilidad y hasta el capitán se apresuró a separarle la silla y, de paso, tener una maravillosa vista de ese culo inclinándose para sentarse. La coqueta sólo agradeció con sonrisas y miradas, invitando evidentemente a seguir cortejándola, admirándola y sabroseándola e ignorando olímpicamente al pendejo que venía con ella…

Sus ojos de Candy Candy y su boca de pecado se abrieron de tal modo que me alarmó tanta sorpresa en ella. Sé que no todos los días alguien confiesa que tiene enanismo de genitales adornado con una impotencia natal, pero su asombro me tensó; en pocas palabras, le confesé que de hombre sólo tenía la pinta que se me adivinaba vestido, pues desnudo muchos lo dudarían. Sin embargo, su reacción aunque sorpresiva no fue de molestia o enfado; más bien se acercaba a la curiosidad y al morbo.

– ¿Cuánto mide?
– Tres centímetros.
– No friegues… ¿en serio?

No hay nada más humillante que tener que repetir lo que nos avergüenza y yo lo reiteré cinco o seis veces ante la estupefacción de Paty; no obstante, yo seguía esperando que terminara la relación, ya sea agarrándose de que no se lo dije el viernes para justificar su molestia o acompañando aquella culminación del recién nacido noviazgo con un dejo de compasión y de amistad, reivindicando al decir que habíamos equivocado al tratar de profundizar en nuestra relación y que ser amigos era lo mejor para nosotros.

Había escuchado eso muchas veces en los últimos años, pero no fue lo que ella manifestó esa tarde; por el contrario, parecía divertirle mi carencia de virilidad, como si le hablara de algo muy extraño pero chistoso, que hacía incontrolable su risa.

Afortunadamente, el piano evitó que los trajeados y el resto de los clientes escucharan nuestra plática, no así el mesero que nos visitaba excesivamente para limpiar un cenicero vacío o un mantel impoluto, que ya había aseado varias veces. Seguro, el mesero se enteró de mi patética conversación, pero pareció interesarle más el par de tetas que mi novia le mostraba con generosidad.

El colmo vino cuando me dijo que se lo enseñara. Obviamente, me negué y, además, no había dónde mostrarlo, a sólo que quisiera completar el espectáculo que ella misma había iniciado con sus turgentes formas y su vaporoso atuendo.

Con una súplica coqueta me rogó que fuéramos al sanitario para que fuera testigo de lo que aseguraba, insistiendo en que todo era una broma de mi parte para amenizar la comida. Seguí negándome hasta que sin mi consentimiento la muy indiscreta le preguntó al capitán si nos permitiría entrar juntos a uno de sus baños, alegando una situación médica; el hombre asintió de inmediato y nos condujo a un sanitario privado.

No me quedó más que bajarme el pantalón y los calzones, mirando fijamente la reacción de quien creía sería mi ex una vez que saliéramos de ese sitio.

La carcajada no pudo ser más estrepitosa; mi micro pene apenas sobresalía de la pelvis y mis pequeñas bolitas se distinguían más por su color oscuro que por su escasa protuberancia.

No pudo evitarlo y lo tocó, hincándose ante semejante vergüenza y hablándole como si fuera un bebé, mientras lo acariciaba como se mima a un Golden Retriever recién nacido; antes de levantarse, le dio un beso asquerosa e innecesariamente tierno, con lo que me hizo sentir la persona menos masculina del mundo.

Sin embargo, al levantarse me besó los labios apasionadamente, casi con lujuria, mientras yo permanecía con los pantalones abajo y aquella miseria expuesta; no pude más y por primera vez en mi vida agarré sus nalgas, apretándolas con fuerza, sintiendo todo ese exceso de carne que mis manos no podían abarcar, permitiéndome el arrebato de bajar el pantalón de gasa blanca y descubrir lo que ya varios sabíamos perfectamente: no traía absolutamente nada abajo.

Me excitó su descaro y le dije «eres una puta», sin pensar en las consecuencias; una sonrisa y una lengüeteada en los labios fueron su respuesta, como si aquel insulto fuera más bien una descripción aduladora de su condición de mujer.

No hizo el menor intento de cubrir su desnudez inferior cuando tocaron a la puerta preguntando si todo estaba bien; sólo así me di cuenta de que llevábamos más de veinte minutos en ese pequeño receptáculo acondicionado como baño. La exhibicionista abrió, teniendo siquiera la precaución de asomar sólo la parte superior de su cuerpo: «En seguida salimos, señor», fue su respuesta, nos acomodamos la ropa y nos dirigimos a la mesa entre risas; había demasiado por qué reírse después de esa encerrona.

Se hacía tarde para el evento al que mi todavía novia debía ir por la noche, por lo que nos despedimos rápidamente, no sin antes ofrecerme a acompañarla, aceptando su negativa para no dar pie a habladurías, pues en la oficina no se permitían las relaciones personales.

Me conformé con ver alejarse esas preciosas nalgas en su acostumbrado bamboleo, regalándome una última panorámica al empinarse un poco para subir al taxi.

Nuestro noviazgo siguió de la misma forma durante tres o cuatro semanas, como si mi patética condición no existiera o nunca se la hubiera confesado. Salimos al cine, a cenar, a bailar… incluso, una noche me quedé en su apartamento, pero estábamos tan ebrios después de varias charandas en un bar de especialidades mexicanas que ninguno de los dos recuerda cómo terminamos la noche.

Despertamos juntos en su cama; yo todavía con mi ropa y ella totalmente encuerada, boca abajo para mi suerte y con el incipiente sol calentándole el hermoso culo al alcance de mi mano. Lo acaricié sintiendo que la excitación emergía en mí de inmediato, toqué su ojete masajeándolo en círculos, sorprendido porque la mitad de mi mano desaparecía entre esas hermosas carnosidades.

Aún dormida, pero sintiendo el asedio de mis dedos, abrió las piernas mostrando su pepa roja y palpitante, abierta, invitante para recibir una verga de macho digna de aquel hueco húmedo y caliente.

La toqué levemente, adivinando que la pequeña protuberancia que asomaba era su clítoris; deprimido no pude evitar compararlo con mi micro pene, dado el parecido en el tamaño y forma, sólo levemente más pequeño que mi grano. ¿Qué clase de marica tiene una miseria de miembro que puede compararse con un clítoris..? Bueno, pues ese marica soy yo. Y ahí estaba: un poco hombre impotente con un culo de campeonato en sus manos y sin poder hacer nada con él.

Una tarde de domingo en la que no teníamos proyectado nada especial, pasé por ella para llevarla a desayunar a un nuevo restaurante especializado en hot cakes; aunque Paty está permanentemente a dieta desde que la conozco, su kriptonita son los postres y, en general, la comida dulce, por lo que no pudo resistirse al manjar lleno de miel que le esperaba.

Al terminar, nos fuimos a un café frente al parque México, en la Condesa, y el tema vino a colación de manera espontánea. Me preguntó que si podíamos hablar, ya que tenía muchas dudas. Le dejé en claro que, dada mi impotencia y ridículo tamaño, me es imposible penetrar una pucha o un culo. La sorpresa volvió a su semblante cuando cayó en la cuenta de que seguía siendo virgen y que lo sería el resto de mi vida… al menos del pene.

Esperando lo peor, quise adelantarme a una penosa retirada por su parte, diciéndole que entendía que no quisiera seguir conmigo, que al ser una mujer joven y hermosa era injusto atarse a un poco hombre sin virilidad.

Poniendo toda la carne en el asador, le plasmé también mi torpeza con dedos y boca, narrándole las nefastas experiencias con las escasas novias que tuve. Le conté cómo me cortaban a los pocos días por mi falta de hombría y mi carencia de pericia para provocarles placer de cualquier manera y con cualquier parte de mi cuerpo.

La cara de Paty parecía congelada, sólo se movía para asentir a mi relato mezclado con una explicación que nadie me había pedido. Cuando incursioné en el tema de la amistad y que estaríamos mejor como amigos, me detuvo de golpe asegurando que no tenía ningún inconveniente en seguir siendo mi novia, a pesar de mi inoperancia como varón; incluso, estuvo dispuesta a sentir mis torpes caricias e intentar guiarlas para provocarle placer.

Mi felicidad no podía ser mayor, tanto que un helado de vainilla acabó en la sudadera que mi novia portaba esa mañana soleada de domingo. Cabe destacar que a mi felicidad se unió la calentura cuando, por mi estupidez, la curvilínea novia que me había aceptado con mis carencias se quitó la prenda manchada; traía debajo una de esas playeras de basquetbol con delgadas tiras sobre los hombros, visiblemente más grande que su talla, por lo que la mitad de sus tetas libres de sostén se asomaban pícaras por los costados de la remera.

No hice comentario alguno y seguimos platicando, hasta que un brusco movimiento provocó que una de esas chiches se saliera por completo, dando un espectáculo gratuito al resto de las personas que departían en la cafetería. Le indiqué el incidente y, sin apenarse, simplemente la guardó nuevamente, como cuando a alguien se le caen las llaves y las recoge sin el menor reparo.

Me seguía preguntando si mi novia era descuidada, exhibicionista, inocente, naturalista o simplemente una puta hecha y derecha.

La relación siguió y nuestros acercamientos, al principio esmerados por parte de ambos para enseñarme a tocarla, se volvieron cada vez más esporádicos. Ninguno de los dos manifestaba un interés real en acercarse muy frecuentemente, aunque las razones eran evidentemente distintas.

Yo me avergonzaba de mi ausencia de virilidad y pericia para tratarla, por lo que la excitación que me provocaba su cuerpo salvaje se inhibía de inmediato cuando se calentaba y no encontraba lo que buscaba. Ella obviamente evitaba las aproximaciones eróticas por la frustración que le provocaba estar con un impotente de pene diminuto, que aparte era torpe para procurarle placer de otras maneras.

Al año de relación ya era casi inexistente nuestro idilio sexual, aunque mi amor por ella seguía creciendo desde el primer día. Quise rejuvenecer una pasión que nunca existió trayendo a la cama dildos, consoladores y vibradores.

En un principio era yo quien se los metía por pepa y culo, pero la lastimé varias veces y de manera más grave que con los dedos, dada la morfología de aquellos artilugios.

Fue especialmente humillante cuando me percaté de que, por las noches, cuando me quedaba con ella, esperaba a que supuestamente me durmiera para darse placer con aquellas vergas de plástico que tenían más hombría que yo. A los pocos meses, la cínica ni siquiera se molestaba en ocultarlo, penetrándose con aquellos artefactos, incluso, mientras veíamos televisión.

Cuando me ofrecía a participar, respondía algo así como: «Mejor sigue viendo la tele». Y las humillaciones no harían más que crecer con el tiempo… y de qué manera.

Empezó a referirse a mi pene como «grano», vocablo que hasta la fecha utiliza. Que yo recuerde, la puta de mi esposa jamás ha utilizado la palabra «verga» o alguna similar para referirse a mi diminuto miembro y yo mismo estoy de acuerdo con eso; decirle «verga» a lo que tengo entre las piernas sería tanto como nombrar automóvil a un cochecito de juguete.

Poco a poco dejó de ser cariñosa y comprensiva; se masturbaba delante de mí con aquellos juguetes y me conminaba: «Si quieres, tócate tu grano, pero no te me acerques». Obedecía y me sentaba a ver sus redondeces y espasmos al llegar al orgasmo, algo que nunca he podido lograr con ella ni con nadie. Frotaba mi «grano» hasta lograr la eyaculación y sentía que mi novia empezaba a verme con asco.

Pronto comenzaron también los extravíos, las ausencias prolongadas en las que nada sabía de ella; se perdía por toda la tarde e, incluso, por noches enteras, aduciendo al día siguiente alguna enfermedad de familiares que nunca había escuchado o amigas desconsoladas que urgían su presencia para platicar «cosas de viejas», como me decía cada vez que le slicitaba tibiamente explicaciones de su ausencia.

culona esposa de cornudo pendejoEn el fondo, temía enormemente que me estuviera poniendo los cuernos; los amigos que pasaban por ella a la oficina dejaron de hacerlo cuando comenzamos la relación, pero ella hablaba bajito por teléfono con ellos. Lo negaba, pero yo identificaba los últimos teléfonos marcados o llamadas recibidas con los de aquellos machos, pues ya tenía tiempo que había copiado su agenda para descubrir si me estaba viendo la cara de pendejo.

Lo increíble es que, aunque comprobaba día a día que seguía hablando con todos ellos, la justificaba pensando que eran sus amigos y que nada tenía de malo una llamada.

Hubo muchas señales de que la muy puta me ponía los cuernos, pero yo siempre las pasaba por alto o más bien me hacía pendejo. No quería perderla y el lavado de cerebro era tan efectivo que me engañaba a mí mismo y en ese tiempo podía jurarle a cuaqluiera que mi novia era fiel; al justificarla, lograba que mi cerebro la absolviera siempre y encontraba un pretexto para mí mismo que avalaba las extrañas ausencias, sus salidas intempestivas y los cuchicheos telefónicos.

Hubo una tan evidente que confirma aquel dicho que reza: «No hay peor ciego que el que no quiere ver»…

Se dio como al año de noviazgo, pocas semanas después de que celebráramos por todo lo alto el aniversario de nuestra relación. Paty me invitó a una reunión familiar que se realizaría en una hacienda por el rumbo de San Juan del Río, en Querétaro, misma que era propiedad de un tío que ella mentaba mucho: Alfonso.

Se trataba de un hombre cercano a los sesenta años y que siempre había sido muy cercano a ella y sus hermanos; como mi consorte era huérfana desde muy temprana edad, el tío Alfonso vio mucho por ellos y por las necesidades lógicas que aquellos infantes tenían al perder a uno de sus padres. La graduación de uno de sus primos, hijo del tío Alfonso, era el motivo de la invitación; se trataba de una de esas reuniones multitudinarias a las que asiste casi una centena de personas, entre familiares y amigos.

La verdad es que nunca me han gustado esas fiestas en las que nadie conoce a nadie y uno tiene que ser amable con los demás por obligación, mostrarse interesado por temas que te valen madre y, a la vez, platicar cosas que a los demás también les importa un comino. No obstante, no la desairé y me comprometí a acompañarla. Nos iríamos el sábado y regresaríamos el domingo, pues la hacienda era enorme y muchos de los parientes más cercanos se quedarían a dormir ahí…

Para esas fechas, mis ahorros me habían permitido adquirir un carrito con el que me trasladaba. No era la gran cosa, pero sirvió para llegar. Salimos muy temprano, pues quería aprovechar para disfrutar de la barbacoa Santiago: un restaurancito en la carretera antes de llegar a San Juan del Río en el que la carne se deshace en la boca y las tortillas son hechas a mano, parada obligada de quienes acostumbran a rodar por esa autopista y aseguran que se come la mejor barbacoa del mundo.

Poco después de las nueve de la mañana ya estábamos en el lugar. Mi entonces futura esposa siempre ha sido muy rara para la comida; le digo que no parece mexicana, porque no come ni una pizca de chile y no es muy aficionada a las deliciosas garnachas, mismas que para mí representan la verdadera alta cocina de nuestro país.

Prefiere las baguetes o chapatas con jamón de pavo y esas cosas, los postres desde luego y cualquier cosa que lleve queso, pero nada condimentado ni mucho menos picante. Por tal motivo, se negó a probar el legendario consomé de chivo de Santiago y sólo aceptó saborear dos tacos y una quesadilla de ese queso de bola tan socorrido en el interior de nuestro país. En contraparte, le entré sin culpa al consomé y hasta siete tacos de maciza, con su limón, sal y mucha salsa roja.

Después del banquete, nos encaminamos a la hacienda, desviándonos por dos o tres caminos secundarios que, por la imposibilidad de ir a alta velocidad, provocaron que tardáramos más en ellos que en todo el trayecto por la autopista desde la ciudad.

De reojo admiraba el monumento de mujer que me acompañaba: con una minifalda volada y negra con encajes y una blusa ambarina con pronunciado escote, evidenciaba la falta de brassiere, aunque decidió usar un minúsculo hilo dental también negro que apenas cubría su triángulo del amor y que dejaba su trasero absolutamente al aire.

Sus piernas desnudas se sentían tersas cuando, al cambiar de velocidad, aprovechaba para acariciarlas. Algo que siempre me ha gustado de Paty es que no conoce el pudor o se le perdió en algún armario; me gusta levantarle la falda para dejar al descubierto esa deliciosa panocha, pues la mayoría de las veces no usa ropa interior, y nunca hace el mínimo esfuerzo por cubrirse.

He hecho el experimento, incluso, de dejarla así, con el coño al aire, para ver cuánto tiempo pasa para que se tape… nunca lo hace. Me agrada intentarlo cuando los limpia-parabrisas se acercan y ella tan campante, brindándoles show de primera fila a aquellos trabajadores de los semáforos quienes, desde luego, se esmeran más tiempo del normal en detallar el vidrio, sin apartar la mirada de la pucha de mi esposa.

Volviendo al viaje, llegamos cerca de la una de la tarde al convivio; un grupo de valet parking nos recibió el coche, informándonos que tenía un costo que no recuerdo. Sólo faltó que Paty pusiera un pie en aquel suelo terroso y empedrado para que me ignorara por completo, dada la asombrosa cantidad de familiares, conocidos y amigos que fue saludando a su paso, con un obligatorio:

«Te presento a Eugenio, mi novio», justificando mi presencia a su lado, pero volviendo a los recuerdos de infancia, o a indagar la salud, escolaridad o desarrollo laboral del primo, el sobrino, el tío…

Casi media hora de saludos multifamiliares retrasaron la presentación con el tío Alfonso. Su atuendo típicamente ranchero, con botas y traje de caporal, contrastaba curiosamente con sus rasgos puramente europeos, de cabello entrecano que alguna vez fue rubio y unos ojos azules acerados. No hay un parecido tácito, pero siempre me ha recordado a un actor de nombre Jorge Russek, con sus modales mandones y poca cordialidad.

Me estrechó la mano analizándome, como si fuera un caballo en venta y estuviera evaluando si convenía o no agregarlo a su cuadra. Con cierto desdén, me dio la bienvenida, aunque su expresión mostraba que no contaba con su aprobación, algo que preferí atribuir a un acendrado paternalismo, sabiendo la dificultad de que un padre acepte al novio o pretendiente, por lo que me esmeré en ser amable con él.

Su hijo llegó momentos después y mi novia lo abrazó con efusividad, felicitándolo por su graduación. La falda era tan corta que, al inclinarse a abrazarlo, varios invitados, el tío y yo pudimos ver el nacimiento de sus nalgas, encima de sus piernas desnudas; los gestos de algunas mujeres mostraban una furiosa desaprobación, en tanto que los hombres buscaban no perderse el espectáculo sin comprometer las miradas ante los demás.

Luego de ese penoso momento, nos ubicamos en el sitio que nos correspondía; el inmenso jardín estaba repleto de mesas con manteles blancos largos y sillas también cubiertas por tela blanca; un cuarteto de cuerdas a quienes nadie ponía atención tocaba música de Vivaldi en una tarima, ensimismados en su ejecución como si brindaran un concierto de cámara en la Ópera de Milán.

La gente seguía llegando y la mitad de los asientos seguían desocupados; otros más seguían parados por doquier con copas en las manos y conversando alegremente, en tanto que mi novia intercambiaba saludos con nuestros compañeros de mesa: un par de primos con sus esposas y una joven gorda y fea, que resultó ser la mejor amiga del festejado y que Paty no conocía.

Las horas pasaron entre más música de cámara, una comida muy extranjera que desentonaba con el carácter puramente mexicano del entorno, un mariachi que alegró de golpe los ánimos y un par de discursos pronunciados por el tío Alfonso y el graduado, que evidentemente se le dificultaba hablar en público.

Cerca del ocaso, la mayoría de los invitados ya estaba a medios chiles con tanto alcohol ingerido, incluidos la nalgona y yo que entre vino, cerveza y los digestivos traíamos un cruce muy dicharachero y mareador. En determinado momento, Paty me pidió que sacara a bailar a la obesa amiga de su primo; me negué, pero su insistencia y la conmiseración de que fuera la única mujer que nadie había sacado a danzar desde que el grupo versátil se apoderó de la tarima me convenció.

Una sonrisa enorme se dibujó en el rostro de Georgina, así se llamaba, y taloneamos al ritmo de Sergio el Bailador; como mandan los cánones, nos echamos tres rolas antes de regresar a la mesa, con la sorpresa de que mi novia ya no estaba ahí. Supuse que alguien la habría sacado a bailar y, entre tanta gente, pues resultaba difícil ubicarla.

Luego del bailazo, a la gorda se le soltó la lengua, contándome algo relacionado con una afección de hombros a lo que sólo asentía como un autómata, pues mi mente se preguntaba dónde estaría Paty después de veinte minutos de ausencia; para haber ido a bailar ya era mucho tiempo, por lo que me disculpé y caminé por entre los danzantes que repletaban una enorme pista improvisada de tartán y que me miraban con molestia ante el «compermiso» obligado para abrirme paso entre tanta gente.

No la divisé por ningún lado y decidí entrar a la casa, para ver si andaba por ahí, pero sólo me topé con las sirvientas y cocineras que se aprestaban a retirar la inmensa cantidad de platos con restos de comida que todavía quedaban en las mesas.

Cuando estaba a punto de regresar, me topé con el graduado, quien me comentó que había visto a mi novia subir al salón de juegos con su papá, indicándome amablemente dónde estaba y asegurándome que podía subir a buscarla.

Así lo hice por la curveada escalera que llevaba al segundo piso, recordando las indicaciones del primo, pues la casa era verdaderamente grande. Cuando me aproximaba al sitio donde debía estar el salón, escuché claramente la voz del amor de mi vida, pero no con palabras, sino con gemidos ahogados, como queriéndolos silenciar sin éxito.

Me apresuré a la habitación desde donde se escuchaban aquellos pujidos y mi sorpresa fue enorme por lo que presencié al abrir la puerta…

De frente, mi novia tenía la falda subida hasta la cintura, dejando a mi vista su depilado monte de venus, pues el hilo dental simplemente había desaparecido; no estaba precisamente empinada, pero sí inclinada hacia adelante, con sus enormes nalgotas desnudas prácticamente en la cara del tío Alfonso, quien sentado en un mullido sillón, sostenía cada una de las cachas del culo de mi mujer y podría jurar, aunque no lo veía porque el propio cuerpo de ella me lo impedía, que lamía con deleite la raja de la cola de su sobrina.

– ¿Qué haces aquí? -, me cuestionó enfadada la que en ese momento daba toda la impresión de ser una infiel incestuosa, al mismo tiempo que se separaba de la cara de Don Alfonso y éste soltaba ese voluminoso trasero de sus manos levantándose del sillón con mirada retadora.

– ¿Qué haces tú aquí? -, le respondí, con el derecho que me daba ser el aparentemente cornudo que encontraba en penosa situación a su amada.

Ella balbuceó el inicio de una explicación que el sesentón interrumpió para justificar pobremente lo que mis ojos claramente observaron: «La estaba inyectando».

«¿Inyectando?», pensé… ¿Por qué habría de inyectarla? Como si la pérfida supiera lo que estaba pensando, respondió a esa pregunta silenciosa arguyendo sus males de columna.

Paty siempre ha sufrido de la médula espinal; ortopedistas y quiroprácticos la han tratado sin éxito para disminuir los males de su espalda, por lo que dicha justificación tenía sentido pues, cuando el dolor se hacía insoportable, yo mismo la había llevado a algún consultorio o farmacia para que la inyectaran con un medicamento muy fuerte y que, por precaución, siempre llevaba en la bolsa.

Por tanto, de momento lo creí…

Su perorata continuó informándome que su tío siempre la había inyectado cuando era adolescente y que, mientras yo bailaba con la poco agraciada amiga de su primo, sintió ese dolor lacerante que le visitaba de vez en vez; buscó al señor que en ese momento encendía un puro con cierto nerviosismo y le pidió que le administrara el medicamento, lógicamente inyectado en uno de esos glúteos que hasta hace unos segundos el improvisado enfermero tenía prácticamente en la cara.

Pedí disculpas por mis celos infundados y ambos me tranquilizaron cambiando de tema, conminándome a reunirnos con el resto de la gente en el jardín.

¿Por qué creí esa intrincada historia? ¿Por qué me sentí aliviado cuando le intenté dar lógica a la explicación? ¿Por qué no ahondé en los hechos cuando era evidente que no había material médico por ninguna parte? Y si la jeringa ya se había usado, ¿por qué el caporal seguía amasando ese par de nalgotas? ¿Qué clase de inyección se da con la cara en medio de las pompas? ¿Y por qué el tío tuvo que fajarse la camisa al levantarse de tan comprometedora posición?

Si Paty traía un hilo dental que dejaba todo su enorme culo al aire, ¿por qué desapareció esa mini prenda si no había necesidad de quitarla para aplicarle la picadura?

Y es que nunca más supe dónde quedó esa tanga; cuando ya entrada la madrugada nos fuimos a la habitación que nos asignaron, le pregunté por ésta, conformándome conque no sabía dónde la había dejado…

¿Soy un pendejo? Definitivamente, pero le creí todo y, para mí, la virtuosa novia de mis sueños seguía siendo blanca y pura como lo había sido durante todo el año que llevábamos de relación. Cómo no…

Mi amor siguió creciendo, convenciéndome de que quería pasar el resto de mi vida con aquella damisela fiel y comprensiva que había puesto el destino en mi camino.

Sólo una gran mujer abnegada estaría dispuesta a sacrificar su vida sexual por el amor a su hombre. La proximidad del segundo año de relación era la prueba fehaciente de que mi novia había hecho a un lado la necesidad de un hombre de verdad, calificativo que no podía aplicarme, por la compañía y el amor inmenso de un poco hombre, casi un eunuco, que la idolatraba aunque no pudiera darle placer.

Me casaría con una virtuosa intachable, pues su hermosura encumbraba aun más su abnegación, al resignarse a no dar a nadie más el cuerpo que tantos deseaban, y conformarse con el placer que le brindaban aquellas vergas de plástico que yo le compraba como sustitutos eróticos de sus ganas cachondas y que estaba dispuesto a adquirir viajando, incluso, a otros países.

Le pediría matrimonio y si teníamos que volvernos expertos en el uso y abuso de aquellas vergas artificiales para que ella fuera feliz, estaría al tanto de las novedades y avances tecnológicos, para que no extrañara la carne de la verga y los huevos de un hombre de verdad, sustituyendo el derrame de la leche de macho por sus propios jugos que le escurrían por las piernas cuando se masturbaba con esos vibradores de todas formas y tamaños.

Reconozco que resultaba un poco humillante salir a comprar pilas en la madrugada, para que mi novia pudiera llegar al clímax con esos pitos artificiales que eran más varoniles que yo. Sí, soy tan poco hombre que hasta una verga de plástico tiene más virilidad que mi grano ridículo.

Compré un nuevo consolador en la sex shop más cara de la Zona Rosa, la misma a la que acudía constantemente para saciar los ímpetus de mi fiel amada y en la que la dependienta juraba, después de tantas vergas artificiales que había comprado, que atendía más a un puto goloso que a un novio dedicado.

Sería mi regalo junto con el anillo de compromiso que nos uniría para siempre; festejar luego de una cara cena en el último piso del hotel Century, donde los violines de Villa Fontana serían el perfecto marco para nuestro compromiso eterno, medio ebrios refugiarnos en la suite que había alquilado, para verla gozar con ese nuevo amante de látex, acompañando la escena con la consabida frotación de mi grano viendo subir y bajar ese enorme culo que sería mío por toda la eternidad, aunque no pudiera usarlo.

Planee todo para la noche de un viernes de verano; la habitación, los violines, el pene rosado de aspecto muy natural y un anillo en oferta de la joyería Crystal, oro de catorce quilates con un pequeñísimo brillante que simbolizaría mi eterno amor por aquella dama y nos uniría para siempre en matrimonio.

Total… ¿qué importa el sexo cuando hay tanto amor entre dos seres? Le pedí que llegara al restaurante a las nueve de la noche; desde luego, arribé antes al hotel, llené de rojos pétalos de rosa la cama de la suite, con aquella verga de imponente cabeza y hasta un par de tanates del mismo color rosado al centro de un corazón dibujado en la cama.

Como perfecto acompañamiento, una botella de champán lista para la ocasión y algunas velas para mejorar el ambiente romántico que nos circundaría.

Alquilé un esmoquin para la ocasión, lo cual le sorprendió al verme llegar a la mesa reservada del restaurante, pues nunca me había visto tan elegante. «¿Y eso?», me preguntó antes de sentarme, a lo que no respondí, haciéndome pendejo mientras me quitaba el saco.

Su risa nerviosa presentía lo que seguía a continuación, estupefacta por lo atípico de los acontecimientos; le solicité que esperara a que termináramos de cenar, sugiriéndole que disfrutara de aquella cena de platillos exóticos, que también resultaban inusuales en nuestra alimentación. Accedió a conversar nimiedades, hasta que con el café llegó el gran momento…

– ¿Quieres ser mi esposa para toda la vida? -, le pregunté, al tiempo que de la bolsa del saco que colgaba de un perchero saqué el anillo de oro que confirmaba la seriedad de mi propuesta. Mi frente comenzó a sudar frío y la mano con el estuche abierto mostrando la sortija temblaba cada vez más fuerte al escuchar el estruendoso ruido del silencio que emanaba de su boca.

¡No me respondía nada! Mi boca se secaba cada vez más, pero temía que tomar la copa y beber la resaca de aquel vino fuera a cerrar la posibilidad de un «sí» que no llegaba. Mi micro pene y mi pendejez amatoria vino a mi mente como un relámpago, asumiendo las posibles razones de que aquella diáfana culona no pudiera aceptar unirse a un semi eunuco como yo.

En lugar de aceptar o rechazar mi oferta, tomó su teléfono y salió casi corriendo al baño del restaurante. Las pocas personas que nos rodeaban en el salón se dieron cuenta de la escena y me miraban con cierta lástima, como ahogando un aplauso que estaban dispuestos a aportar, para coronar el compromiso que deberíamos haber consumado, de no ser por el extraño arranque de quien aún no era mi prometida y que minutos después salió del baño con el teléfono en la oreja, hablando con mirada adusta, seguramente pidiendo consejo acerca de lo que acababa de pasar.

Mientras se acercaba, rogué que ese anónimo interlocutor se convirtiera en mi cómplice a distancia y la animara a responder con una afirmación a la locura de mi propuesta. «¿Estás seguro?», alcancé a escuchar, pero no era momento para cuestionar con quién dialogaba en un instante en que debía estar decidiendo compartir su vida con el hombre que la ama o mandarlo a la chingada de una vez por todas, con todo y su anillo de catorce quilates.

– Está bien, acepto -, dijo con voz muy baja luego de colgar su Motorola, con una mirada que no correspondía con el compromiso que estaba asumiendo.

Su cara se observaba tan seria, tan de velorio, que supuse que estaba aceptando cualquier otra cosa y no casarse con el hombre con quien llevaba un noviazgo de dos años. Cuestioné nuevamente, para cerciorarme, y una sonrisa, por fin, apareció en su hermoso rostro, me tomó de las manos y me aclaró: «Que acepto ser tu esposa, que sí me quiero casar contigo».

El aplauso proveniente de varios comensales se dio como lo había previsto, atentos al melodrama cursi que protagonizábamos, mismo que enmelé más al levantarme para abrazarla y propinarle un beso apasionado, más de agradecimiento que de romanticismo.

Las sorpresas iban en aumento para mi recién prometida: cuando esperaba que el elevador descendiera hasta el lobby del hotel, frunció el ceño al constatar que se detenía sólo dos pisos debajo de aquel panorámico restaurante, planta en la que se ubicaban las suites más exclusivas del edificio, como la que había alquilado para esa noche.

Caminamos por el pasillo mientras me cuestionaba hacia dónde nos dirigíamos, interrogante estéril pues no podía conducir a otro sitio más que a una habitación. Abrí la puerta y sus manos fueron hacia su rostro al ver lo que tenía preparado: Las cortinas abiertas, para que viera las luces de la ciudad desde el piso veintitantos, la botella enfriándose como indiqué al room service junto a dos copas, una fuente de frutas heladas y la cama king size cubierta de pétalos de rosa con esa verga de plástico en medio, simbolizando nuestra errática vida sexual y que la hizo estallar de risa.

Vestida con un embarrado pantalón de mezclilla sin calzones que moldeaba su redondo culo de manera perfecta y una blusa informal medio abierta y sin sujetador, como siempre, contrastaba con mi esmoquin de un negro intenso y la corbata de moño que me iba quitando para ponerme cómodo.

Y era lógico que estuviera ataviada de manera tan informal, pues no esperaba que la ocasión ameritara tal seriedad y etiqueta. Tomó el pito artificial y me miró con ojos de lascivia, mamándolo como si fuera la verga de un amante que aquella santa no había probado desde hace años; con una pericia que cualquiera hubiera confundido con la de una stripper, escort o porno star, chupaba aquel pene inanimado mientras se despojaba de las únicas dos prendas que vestía.

Quise acercarme, pero me lo impidió; intenté cerrar las cortinas, pero también me detuvo preguntándome: «¿Tienes inconveniente en que los de enfrente vean a tu prometida dándose placer?».

Ahora era yo el desconcertado; a pesar de su evidente exhibicionismo, manifiesto durante los dos años de noviazgo, nunca pensé que a mi abnegada compañera le calentara que algún extraño la viera jodiéndose el coño y el ojete con un dildo de tamaño natural.

Y es que, a pesar de estar en un piso tan alto, justo enfrente estaba el hotel Krystal, de la misma altura y, por consiguiente, con ventanas que podrían tener detrás a cualquier voyeur involuntario que mirara, como yo lo había hecho tantas veces, subir y bajar ese culo enorme penetrado por aquel artefacto.

No me dio tiempo de responder, pues me ordenó de manera tajante que prendiera todas y cada una de las luces de aquella habitación, la cual tenía por pared un enorme ventanal que, en ese momento, se convertiría en una especie de pantalla de cine porno para quien quisiera disfrutar de la función desde las habitaciones superiores del Krystal.

Tal vez fue la brillantez exagerada de la iluminación, pues aquella suite tenía más de quince focos entre los luminarios en el techo y las múltiples lámparas por todo ese espacio, o el movimiento acompasado de las caderas de mi futura esposa que, en topless, bailaba frente a ese ventanal con una canción setentera obtenida de un radio que descansaba en uno de los buroes.

O quizá sólo fue casualidad que justo en el mismo piso, pero del edificio de enfrente, una figura masculina difusa se convertía en el único espectador del strip tease de mi mujer.

Una oleada de celos me recorrió el cuerpo como descarga eléctrica pero, a la vez, me calentaba ver a aquel hombre, visiblemente calvo, hacerse visible por la pequeña lucecilla roja que su cigarro avivaba ante cada fumada.

El tipo no se movía mucho, sólo fumaba y miraba a aquella descarada mover el cuerpo enfundada en la entallada mezclilla y mostrando sin pudor un par de tetas que estaban acostumbradas a la libertad.

Era la segunda vez que pensaba en la palabra «puta», como aquella ocasión en su departamento que se mostró casi desnuda en el pasillo. «Siéntate ahí y tócate tu grano, que es lo único que puedes hacer». Esa humillación me encendió más y le obedecí bajándome el pantalón con todo y calzones, sentándome en una silla que ubiqué frente a ella, de modo que el mirón y yo nos mirábamos de frente, separados por la exhibicionista, los ventanales y la calle de Liverpool.

A Paty pareció excitarle que su admirador ocasional no quitara la vista de sus movimientos y curiosamente se quitó el pantalón justo cuando aquél hizo lo propio, con la diferencia de que el pelón dejó ver una trusa oscura y mi amada prometida su coño caliente y su nalgadar hambriento y tan desnudo como una Eva contemporánea.

El tipo ya se tocaba, al igual que yo, y la puta se volteaba ofreciéndole lo que ella sabía que provocaba las más grandes calenturas, meneando aquellos glúteos perfectos como cabaretera de burlesque ante un cabrón que en su vida había visto, pero que ya se masturbaba ostensiblemente en la ventana, algo que pudimos constatar mi prometida y yo al hacerse más clara su silueta, pues el depravado había encendido las luces de la misma manera que nosotros para que lo viéramos chaquetearse ante el espectáculo.

– Mira, amor. Ese tipo se la está jalando viendo a tu mujer. Por lo menos, él sí tiene verga, no como tu grano -. Nunca me había humillado de esa manera, pero mi excitación era tan grande que luchaba entre seguir sobando aquella miseria con que me había dotado la vida y controlar una eyaculación que no quería que llegara.

«Pinche puta», le grité con voz cortada por mi faena, en una leve e innecesaria defensa, pues parecía disfrutar que la describieran de esa manera.

Por primera vez, la vi tal cual era: como una puta consumada, una ranfla descarada que muestra, ofrece y entrega el culo a quien se lo pida, aunque no sepa ni su nombre, una devoradora de vergas capaz de beber litros de leche de macho por el puro placer de alimentarse de la excreción que más le gusta, una callejera que menea las carnes sin importarle que a su paso la manoseen y nalgueen machos desconocidos de todas las clases, permitiendo aquella torteada de hombres que ni siquiera volteaba a ver, como si a semejante huila cualquiera tuviera derecho de meterle mano, convirtiéndose en una especie de beneficio público que todos tienen derecho a usar sin preguntar ni pedir permiso.

Desde luego todo eso, aunque con el tiempo se convertiría en una aplastante realidad, en ese momento eran sólo ardientes fantasías que me despertaba observarla así, ofreciéndose ante un extraño, mostrándole el culo, empinándose y separándose las nalgas en la ventana para que aquel espectador pudiera observar ese hoyo rosado que tantos soñaban con horadar.

Fue en ese momento, cuando el voyeur se la jalaba con fruición y mi futura esposa hacía lo posible para que le viera el ojete, cuando me invadió una desolación aplastante, como un hombre en la Luna que sabe que no hay nadie más que él en esa oscuridad.

Y es que me percaté de que el libidinoso show de aquella perra que no se parecía en nada a la abnegada esposa con quien soñaba lo ofrecía solamente para un espectador… y ése no era precisamente yo. Todos sus movimientos y las partes de su cuerpo que se esmeraba en exhibir eran dedicadas a aquel mirón que ni siquiera conocía y no para el hombre que acababa de proponerle matrimonio.

Fue tanto mi desconcierto que dejé de manosear mi patético clítoris, cavilando en que una mujer normal después de comprometerse estaría bajo las sábanas entregándose a su futuro marido con más convicción que nunca por saberse suya por el resto de la vida, en tanto que mi prometida se meneaba encuerada como fichera de cuarta para un único macho que, sobre todo, ni siquiera era su futuro marido.

Sentí que mi propuesta de matrimonio había desencadenado a un demonio sexual que ni siquiera se percataba de mi melancolía por estar demasiado ocupada atendiendo a aquel fisgón quien, además de chaqueteársela, vomitaba cualquier cantidad de improperios desde su reducto, incomprensibles para nosotros pues la distancia y los ventanales eclipsaban cualquier sonido.

Después de sumergirme unos minutos en mi miseria, volví a la vida ante los gemidos cada vez más estruendosos de mi amada prometida. Ahora estaba sobre la cama, en cuatro patas y con las pompotas hacia el ventanal, metiéndose la verga de plástico por la raja ante su audiencia compuesta por un único visor.

El pelón ya se había sentado en una silla que acercó a la ventana para chascársela más a gusto viendo a mi mujer violarse la pepa como una puta.

Me detuve a observarlo con detenimiento y, aunque la distancia y la parcial opacidad de los vidrios impedían una nítida visión, pude ver sus pantalones grises y los calzones justo arriba de sus tobillos, la camisa completamente abierta y la mano subiendo y bajando sobre una reata que no se alcanzaba a dilucidar. De su rostro, sólo la pelona, unos lentes y grueso bigote se detectaban.

– Métemela por el culo, quiero que él vea -, obviamente se refería a la verga de plástico y no a mi grano que nunca hubiera podido introducirse en ese ano tragón; obedecí y comencé a dilatarla con los dedos, pero mi torpeza la lastimó quejándose: «Ach, déjame, ni para eso sirves».

Una vez más me sentí sobajado pero no dije nada y me quedé como imbécil con aquel pito artificial en las manos, mientras ella se dedeaba el esfínter con un lubricante anal que siempre llevaba en la bolsa, otra señal que nunca alcancé a ver. El pelón gritaba con vehemencia desde su cuarto al ver a mi amada con dos y tres dedos en el culo, hasta que logró abrir esa cueva lo suficiente para que penetrara el látex hecho miembro.

– Mámalo un poco -, me ordenó y replicó al ver mi cara de extrañeza ante semejante exigencia: «Que lo chupes para que no me lastime. Es de plástico, no seas ridículo».

Lo que más me apenó fue que nuestro espectador me viera lamiendo aquel cipote que, aunque de plástico, tenía un aspecto demasiado realista. Acaté la instrucción y me metí aquella verga en la boca, mamándola como lo había visto en las películas.

«Sólo te pedí que la remojaras, no que la hicieras eyacular. Ja ja ja ja», se burló empinada ante su amante virtual y me arrebató de la boca el consolador, metiéndoselo lentamente por el ano hasta el fondo; acompasando los movimientos cada vez más acelerados y levantando aquella verga lo más posible con el objetivo de que el chaquetero notara que era el chiquito quien devoraba aquella reata hasta los huevos y no la pepa encendidamente roja que buscaba evidenciar.

La zorra me preguntó: «¿Se dará cuenta de que me estoy dando por el culo?». No respondí, porque antes de tratar de armonizar una contestación, me espetó: «Méteme los dedos en la vagina con una mano y con la otra clávame el pito por el culo, pero asegúrate de que él vea las dos cosas y por favor trata de no lastimarme».

Me esmeré en hacerlo con cuidado, procurando que aquel anónimo espectador notara que el miembro de plástico se hundía en el ojete de aquella depravada; ya ni siquiera me reconocía a mí mismo: no sólo aceptaba que mi mujer se mostrara como una puerca ante aquel desconocido, sino que le ayudaba a que se diera cuenta de lo superlativamente puta que era.

En no más de una hora, había visto a mi futura esposa encuerarse para alguien que no había visto en su vida, dedearse para él y no para mí, había mamado una verga de hule a la vista de dicho mirón y se la había metido por el hoyo negro a aquella meretriz que ni por asomo sabía que fuera tan cerda.

Cuando el pelón se percató por fin que estaba culeando a mi novia con la verga de plástico y que con la otra mano le dedeaba la concha, comenzó con aquellos espasmos inconfundibles de una venida soberbia luego de una excitación sobrenatural.

Yo seguía enculando artificialmente a Paty cuando el satisfecho espectador dio por terminada la función subiéndose los pantalones, acomodándose los lentes y lanzando un beso hacia nosotros antes de cerrar las cortinas y apagar las luces.

Como si estuvieran coordinados por un mecanismo invisible, la culona también se agitó, entregándose a un largo orgasmo, gritando desaforadamente mientras le seguía clavando aquello por el ano como un torero que encaja la banderilla una y otra vez.

Me sentí como un soberano marica cuando me aseguré que dormía, para terminar aquello que no concluí. Ni siquiera se dio un baño después de la exquisita violación que aquella verga de plástico le consumó por el orto; simplemente, se acomodó en la cama, echó la sábana encima y se quedó profundamente dormida.

No tenía nada de sueño y me quedé analizando el techo, tratando de comprender lo que acababa de pasar; me excité de nuevo y caí en la cuenta de que los únicos dos satisfechos de aquella escena porno habían sido el pelón desconocido y mi futura esposa.

Cerré los ojos y recurrí a los recuerdos de aquel deprave para frotar mi grano; podía tocar las nalgas de Paty mientras lo hacía, pero preferí evitarlo para no despertarla y lo que hice a continuación fue tan desconcertante que mi mente lo bloqueó por mucho tiempo: me paré de la cama, tomé la verga de hule que yacía inofensiva en la alfombra de la suite, me acosté de nuevo junto a aquella puta y mamé ese delicioso pito hasta que un par de gotas salieron de mi micro pene, extasiado pensando que se trataba de la verga erecta de aquel pelón anónimo. Limpié mi grano con un pañuelo y me entregué a mis sueños imitando a mi blanca y pura prometida…

¿Qué había pasado la noche anterior? ¿La novia abnegada que había sabido aceptar mi carencia absoluta de hombría era la misma que aquella descarada exhibicionista quien se mostró encuerada en un baile sucio ante un desconocido? ¿La mujer cándida y comprensiva que había sido hasta el día anterior podía ser la misma que me ordenó fornicarle el ojete ante ese mismo hombre?

Y peor aún: ¿Yo era el mismo? ¿Por qué obedecí sus órdenes como un pendejo para darle placer a un cabrón que se chaqueteaba el pito observando a mi prometida como si fuera una piruja de burlesque? ¿Por qué me metí hasta la garganta ese mismo pene de hule y me vine pensando que era la reata de aquél mirón?

Las dudas existenciales que atacaban mi cerebro eran muchas para digerirlas con sólo un café de habitación de hotel, preparado con agüitas coloreadas que ambiciosamente llamaban «crema».

Con ese espectacular culo al aire, aquella crisálida que se había convertido la noche anterior en una mariposa libertina y desvergonzada todavía dormía en silencio sobre la cama que había sido testigo de su pornográfica metamorfosis.

Por vez primera, ese par de nalgotas no me seducían lúdicamente; estaba tan ensimismado en mis pensamientos, que nada podía distraerme de aquella nueva realidad que me atemorizaba y que, a la vez, me intrigaba voluptuosamente. ¿Cuál sería el comportamiento de ambos luego de aquella tórrida noche? ¿Seguiría el compromiso de matrimonio después de aquello?

Las semanas pasaron rápidamente y la actitud entre ambos se dio de la única forma que no imaginé cuando cavilaba aquella mañana después del terremoto exhibicionista de mi prometida: igual que siempre.

Tanto ella como yo actuamos como si no hubiera pasado nada, ocupados en los preparativos de la boda, misma que se celebraría el 7 de junio en la hacienda del tío Alfonso, aquella que me puso a pensar de más luego de ver la cara del pariente entre las nalgas de la que sería mi esposa.

La verdad, yo no quería que se celebrara ahí, por los malos recuerdos que me traía, a pesar de que todo había sido un malentendido, según mi novia, y por la lejanía con la ciudad donde vivía toda la gente que me importaba.

Sin embargo, la insistencia de Paty y la falta de recursos económicos para alquilar un salón o alguna otra cosa acabó por convencerme. Total, uno no se casa todos los días y, si les importaba a mis familiares y amigos, ahí estarían a pesar del desplazamiento. La ceremonia por la iglesia sería en el Templo de Santo Domingo, muy cerca de la hacienda en el hermoso pueblo de San Juan del Río.

El poco tiempo que nos quedó libre lo dedicamos a todos aquellos preparativos para la boda; uno piensa que no es gran cosa, pero siempre surgen nuevos detalles, gastos y circunstancias que hacen interminable la preparación de una ceremonia como aquella.

Lo único que no nos costó trabajo fue la elección del departamento donde viviríamos a partir de nuestro casorio; pensamos en un inicio en el de Lindavista, donde mi nalgona prometida habitaba, pero quedaba bastante lejos del trabajo y era demasiado pequeño para ambos, así que aceptamos la propuesta de un compañero de trabajo que dejaba su apartamento en Narvarte y que podía cedernos dicho espacio de dos amplias recámaras y piso de hermosa duela una vez que él lo abandonara.

Su contrato se vencía un mes antes de la boda, pero ese tiempo nos serviría para arreglarlo a nuestro gusto, así que aceptamos el ofrecimiento y gustosos firmamos el contrato con la remilgada casera, quien miraba con evidente desaprobación la indumentaria de Paty: un ceñido sin nada abajo, el cual dibujaba perfectamente sus pezones y la raya de sus glúteos, lo que me hizo caer en la cuenta que lo único que había cambiado desde aquella noche de desenfreno era precisamente la vestimenta de mi prometida; si bien siempre había sido un tanto escandalosa, ceñida y escotada, desde aquella velada se había intensificado la intención de «mostrar de más» a aquellos agradecidos fisgones que se la topaban en la calle o en cualquier otro lado.

Mi alegría por la proximidad de nuestra boda ayudaba a hacerme de la vista gorda ante aquellos atuendos que rayaban en el escandaloso exhibicionismo que, combinado con aquellas pronunciadas curvas de su cuerpo, provocaban toda clase de piropos albañileros y miradas cargadas de deseo.

Cuando iba a mi lado, era imposible pasar por alto aquellas miradas en sus nalgas y tetas, pero no decía nada; incluso, prefería no responder a las vulgaridades que todo tipo de machos envalentonados le prodigaban con desparpajo, ignorando mi presencia e, incluso, retándome a encarar aquello que hubiera sido un cuento de nunca acabar.

Lo mejor siempre ha sido pasar de largo, aunque uno quede como cobarde al aceptar un: «¡Qué ricas nalgas, puta!» o un: «Ese culo merece una verga como la mía, no las miserias del que te acompaña», como si aquéllos fueran adivinos prosaicos o tuvieran vista de rayos equis.

Lo que era verdaderamente difícil de aguantar eran las sonrisas cómplices que increíblemente ella empleaba como respuesta ante tales miradas obscenas y, sobre todo, ante los improperios que le dirigían.

¿Qué clase de puta barata sonríe cuando un pelafustán le espeta tales marranadas? La sorpresa era tal, no sólo mía sino también de aquellos valentones, acostumbrados a los insultos como contestación, que se quedaban impávidos ante el cinismo de la callejera que mostraba agrado a sus vulgaridades. Las primeras veces le reclamaba, pero ella se hacía la loca negándolo o arguyendo que sonreía por otra cosa y que ni siquiera había escuchado la obscenidad.

Yo siempre me contentaba con sus explicaciones, aliviado por no tener que enfrentar lo inminente: que la mujer con la que me casaría gustaba de que cualquiera le gritara tales bajezas y precisamente por eso elegía aquellas prendas más adecuadas a una prostituta que a una periodista.

Era viernes por la tarde y el día se me había ido deambulando por la enorme ciudad, entre el alquiler del esmoquin y la increíble informalidad del vendedor de cuadros de la Lagunilla, quien había tardado más de un mes en entregarnos las litografías que adornarían el departamento. Escasos días nos separaban de la unión eterna y el nerviosismo crecía en ambos.

Faltaban algunas cosas para que todo fuera perfecto, por lo que decidimos dividirnos para que no quedaran inconclusas; finalmente, dentro de muy poco nadie nos separaría.

Como no me alcanzó el tiempo para ir a la oficina, decidí que trabajaría el sábado por la mañana y me dirigiría a nuestro nidito de amor para colgar los cuadros; dejé el auto en el ajustado cajón que nos habían designado y subí las escaleras al segundo piso con los siete cuadros en brazos. Lo que vi cuando giré la llave y empujé la puerta marcaría un antes y un después en mi existencia…

El de nuestra sala era lo primero que uno observaba al entrar al departamento; se trataba de un mullido sillón de tres plazas de color ambarino que hacía juego con dos más que se agolpaban alrededor de una mesa de centro.

Como si se tratara de uno de aquellos de los ochentas, que aspiraban a ser películas pornográficas con muy bajo presupuesto, a menos de un metro vi la cara de mi futura esposa con los ojos en blanco, totalmente desnuda y empinada con las nalgas en una posición de mayor altura que su cabeza pues, en lugar de sostenerse como perra con las palmas de las manos, lo hacía con los codos, lo que me regalaba la visión perfecta de Federico, nuestro jefe, también en pelotas, agarrando lascivamente los glúteos de mi prometida y bombeándola hasta el fondo con el inconfundible sonido de sus huevos rebotando en las carnes de aquella infiel.

Era tal el sonido que hacían en la cópula, mezclándose con las nalgadas que generosamente le palmeaba mi superior y que yo había percibido con extrañeza escalones antes de abrir la puerta, que pasaron cinco o diez interminables segundos antes de que ambos se dieran cuenta de mi presencia.

Y no sé si me hubieran notado si yo no hubiera dejado caer aquellos baratos cuadros al piso, lo que motivó que el editor sacara su miembro de la pepa de mi mujer y se cubriera, como si esto fuera a borrar la lujuriosa imagen.

Ella también se cubrió y comenzó a balbucear alguna imposible explicación, pero mi estruendosa reclamación calló cualquier sonido: no la bajé de puta, adúltera e infiel, terminando radicalmente el compromiso que teníamos y que se consumaría sólo unos días después de aquella infamia.

Sin permitir que respondiera nada, salí pateando la puerta y me interné por la ciudad dejando el coche en el estacionamiento, pues mi coraje, mezclado con decepción e incredulidad, no me permitían sincronizar pies y manos para largarme de aquel sitio en el Pointer.

Mi celular repicaba y brillaba como arbolito de Navidad, por lo que decidí apagarlo. No me importaba que se hubiera acabado el mundo en ese momento; para mí, se había terminado al presenciar aquella desconsoladora escena.

Sus tetas balanceándose ente el embate de su fornicador me taladraban el cerebro y el conocido estruendo que produce una palmada bien dada en una generosa cola como la de mi mujer hacía que las lágrimas escurrieran por mi rostro como una catarata involuntaria.

La gente me miraba con esa morbosa expectación que todos tenemos al ver a alguien angustiado hasta el llanto, lo cual me importaba poco y nada; mis preocupaciones se resumían al dolor lacerante que sentía en la boca del estómago, como si un puñal se hubiera clavado ahí, de modo que pudiera seguir caminando, pero que su dolor inundara por completo mis entrañas.

Luego de media hora de caminata sin rumbo, me topé fue una cantina de medio pelo frente al mercado de la colonia Del Valle; entré como zombi y, sin pudor por la angustia que evidenciaban mis ojos rojos y la cara mojada por tantas lágrimas, pedí una botella de tequila. El único camarero de ese lugar escuchó la orden y trajo la botella con otra de sangrita de menor tamaño, sal y una pequeña bandeja con limones.

Como si todos los días entraran en aquella piquera hombres llorosos, el despreocupado empleado rezó como letanía los platillos de la botana, lo cual interrumpí asegurándose que no quería nada, aceptando una bandeja idéntica a la de los limones, pero con un surtido de cacahuates rojos por el picante.

Habré consumido un par de cajetillas de cigarros y hasta la última gota del tequila cuando perdí la noción de mis actos; me despertó quien parecía el encargado del lugar que, con una actitud de lástima, me anunciaba el cierre de la cantina y me ponía delante una cuenta que pagué saliendo de aquel lugar con los primeros atisbos de la mañana.

Pregunté la hora, pues no quería encender el teléfono y no me gusta usar reloj, y me sorprendió que fueran casi las seis de la mañana. La cabeza me explotaba por una tempranera e irremediable resaca y me pregunté si aquellos caldos de gallina a la vuelta del mercado ya habrían abierto y si también se servían en fin de semana.

Ése fue mi único golpe de suerte en veinticuatro horas pues, como si los dueños de la fonda estuvieran acostumbrados a las crudas de viernes, temprano el sábado ya estaban despachando: uno de esos caldos, con mucho chile y limón, hizo desaparecer siquiera mi malestar físico, aunque no ayudó en nada a la cruda moral y al inmenso dolor que seguían ahí más vivos que nunca, aunque al recordarlo me parecía que había pasado mucho tiempo y no sólo doce o trece horas desde que vi a mi jefe culeándose a mi prometida en mis narices.

El fin de semana pasó monótono en mi cama, consumiendo cigarrillos sin parar pero dejando de lado el alcohol, pues quería estar consciente para establecer las decisiones que forzosamente tenía que tomar a partir del lunes.

¿Seguiría trabajando donde me toparía a diario con los dos? ¿Qué le diría a mi familia acerca de la cancelación de la boda? ¿Qué pasaría con aquel departamento contratado a mi nombre y lleno de muebles que compramos más con ilusión que con dinero? ¿Cómo explicaríamos a nuestros mutuos amigos que Paty me hizo cornudo días antes de la boda?

Ese fin de semana me torturó cual verdugo preguntándome lo inevitable: ¿Sería esa la primera vez que me hacía pendejo? Su cortesana vestimenta, las sonrisas que no quise impugnar, aquella noche de nuestro compromiso y mi impotencia viril que iba más allá de la imposible erección de mi grano, indicaban que sus infidelidades habían sido muchas más.

A pesar de todo eso, la extrañaba como un idiota; incluso, las lágrimas volvieron a mis ojos cuando eyaculé en una patética chaqueta dominguera, descalificando mi dignidad al tener la cobardía de masturbarme imaginándola ensartada por aquel editor.

Entrada la noche del domingo no pude más y encendí el teléfono; tenía cualquier cantidad de mensajes y llamadas perdidas, la mayoría de aquella puta infiel que me animaba a contestar. Marqué consciente de que mi dignidad estaba en plena agonía y le dije: «Hola, ¿podemos hablar?», cuando escuché su voz al otro lado de la línea.

«Voy para tu casa», le anuncié evitando que me diera explicaciones por teléfono, deseoso de encarar personalmente la penosa situación en la que ambos nos habíamos sumergido. Grande fue mi sorpresa al ver que ella no se arrepentía de lo que pasó; lamentó que me hubiera dado cuenta de esa manera, pero se sinceró conmigo y cínicamente reconoció que, aunque me quería y no tenía intenciones de dañarme, su relación con Federico había empezado antes de siquiera conocerla.

No entendía nada. El trayecto a su casa lo pasé averiguando si aceptaría sus imploraciones de perdón postrada de rodillas y ahora me encontraba con una zorra de increíble frialdad que se presumía honesta, cuando me había engañado junto con aquel corneador durante todo nuestro noviazgo.

Me arrepentí de inmediato al preguntar el «porqué», pues su respuesta aniquiló la poca templanza que me quedaba: «Como sabes, Federico es casado y Grisel (su esposa) ya tenía muchas dudas de lo nuestro; tú fuiste la perfecta tapadera para que siguiéramos viéndonos sin que sospechara».

No podía creer tal cinismo, pero seguí escuchando, temiendo una respuesta similar cuando le cuestioné por qué aceptar ser mi esposa. Al ver el desconsuelo en mi rostro, me pidió que ya lo dejará así, que no tenía caso echarle limón a la herida, pero yo quería saber; mi dolor necesitaba estar consciente de la fuente del mismo y, aunque me hacía daño al escucharla, le supliqué que continuara…

– ¿Recuerdas que cuando me pediste matrimonio salí corriendo al baño del restaurante? Fue para hablar con Federico y pedirle consejo ante lo que me proponías; él me aseguró que casarme contigo sería la cubierta perfecta para continuar con lo nuestro y con otros, porque tengo que confesarte que no fue el único con quien me acosté en todo este tiempo y él sabe que no puedo conformarme con un solo hombre. Comprende que tu impotencia y tu pene tan chiquito es algo que una mujer como yo no puede aguantar siendo fiel.

¿De verdad creíste que me iba a conformar con masturbarme el resto de mi vida? Hasta pensé que estabas consciente de mis infidelidades, pero que te hacías pendejo para que no fuera tan evidente -, concluyó con un desparpajo que se acentuaba conforme pasaban los minutos. Mi incredulidad iba en aumento al escuchar a aquella ranfla hablar como la promiscua que en realidad era. Por fin tenía ante mí a la perra culera que había sido siempre sin el disfraz de novia comprensiva.

La despampanante piruja quiso concluir la plática reafirmando el cese de nuestras relaciones y ofreciéndose como amiga en el futuro; masculló una falsa disculpa y aseguró que se haría cargo de las vergonzosas explicaciones ante la cancelación de la ceremonia de matrimonio, así como me dejaba el departamento para mí con todo lo que tenía adentro, como una muy insuficiente compensación.

En cuanto al trabajo, me propuso que siguiéramos como cuando éramos amigos, pidiéndome que no lo afectara con reclamos innecesarios y que nada tenían que ver con nuestras carreras profesionales. Además de cornudo, tenía que actuar como un pendejo al proteger la chamba de la puta de mi ex y de su amante, salvaguardar la estabilidad laboral de las dos personas que me provocaban el dolor más intenso que había sentido en mi vida.

Me quedé en silencio meditando su propuesta. A mi dignidad ya le habían dado los Santos Óleos y descansaba para siempre en una tumba de la que sería imposible resucitar. Mis enormes cuernos pesaban tanto como mi inmensa pendejez al seguir ahí, frente a la furcia que acababa de confesarme sus cornadas como si tal cosa.

La amaba con toda el alma e, increíblemente, ese amor y mi definitiva resignación me incitaron a sugerirle que continuáramos con nuestra relación. ¿No era ya un cornudo y un destacado pendejo? ¿Por qué no continuar con esa felicidad que, aunque irreal e indigna, era el único clavo ardiente al que podía aferrarme para no morir de ausencia? Que dijera el mundo lo que quisiera; finalmente, yo era el único imbécil que no se había dado cuenta de la cornamenta de alce que mi amada novia había construido con esmero durante todos esos años.

Además, mi carencia de hombría y mi torpeza amatoria me daban el mejor pretexto para seguir siendo el cornudo pendejo en el que me habían convertido.

– ¿Y si seguimos con los planes de la boda? -, le cuestioné con tanto miedo a un rechazo que parecía que era yo a quien habían descubierto cogiendo con mi amante en el apartamento donde viviríamos luego de casarnos.

«¿Estás loco?», respondió anonadada, lastimándome más al decirme que me quería como un amigo, que se sentía arrepentida por haberme utilizado y que ningún matrimonio florecería entre reclamos y resentimientos.

Valiéndome madre, le aseguré que no me importaba nada, que me daba igual si me quería como hombre o no, que no podía vivir sin ella y que lo que vi, si bien no podría olvidarlo, prometía no mencionarlo jamás, como si nunca hubiese ocurrido. «No lo puedo creer», contestó con una leve sonrisa que hubiera jurado maligna, pero que ya instalado en mi estupidez de justificárselo todo, califiqué como de asombrado nerviosismo.

– A ver, cornudo… -, era la primera vez de miles que me llamaba así y, aunque me dolió, la dejé pasar como si se tratara de mi nombre de pila, además de reconocer que la palabrita me quedaba al centavo, y continuó: «No voy a dejar a Federico por casarme contigo y tienes que saber que me gusta coger con otros aparte de él; hay muchos hombres que me dan placer. ¿Aun así quieres casarte conmigo? No voy a dejar de cornearte por ser tu esposa».

Todo se había ido al carajo: mi dignidad como hombre brillaba por su ausencia, desde el hecho de que ni siquiera era un hombre como tal. El «qué dirán» me importaba cada vez menos; de hecho, ¿cuándo me había preocupado?

Claro que no es lo mismo hacerse de la vista gorda cuando tu novia le sonríe a otros que la chulean delante ti, a aceptar casarte con una ramera consumada que te anuncia que tus cuernos seguirían creciendo, pues no estaba dispuesta a dejar de compartir las nalgas con cuanto macho se le antojaba.

Acepté todo. Estuve de acuerdo en seguir siendo un cornudo pendejo, pero ahora consciente de esos cuernos y de esa estupidez, un pelmazo que no tiene voz ni voto sobre las nalgas de su mujer, el venado poco hombre que no dirá nada cuando su linda esposa se entregue a otras vergas y que con el tiempo hasta agradecerá a sus corneadores por hacer sentir a la cerda lo que ni en un millón de años podría procurarle a su infiel consorte.

En resumen, me ajusté los cuernos y le hice saber que estaba dispuesto a permitir sus infidelidades sin chistar ni reclamar nada. Más humillante fue cuando me aseguró que yo no era nadie para «permitir» nada, que no tenía que pedirme permiso para hacerme pendejo y que ella era quien decidía a quién le daba el culo, sin consultarle a nadie y mucho menos a mí. «No, si desde ahora piensas que me estás ‘permitiendo’ algo, mejor lo dejamos como está y tan amigos como siempre. Por favor, ya vete que estoy cansada y mañana hay que trabajar».

Las lágrimas asomaron otra vez a mis ojos y fue en ese momento que me despojé, si es que todavía quedaba algo, de la precaria hombría que había tenido alguna vez, así como boté en la basura la imperceptible dignidad de la que difícilmente pude jamás hacer alarde; hasta el temor al ridículo me abandonó cuando me hinqué ante ella y le supliqué que no me dejara, le imploré que se casara conmigo como lo habíamos planeado, le pedí perdón por utilizar la palabra «permitir» y le rogué que siguiera viéndome la cara de pendejo con cuantos hombres se le diera la gana, jurándole que jamás me interpondría entre ella y sus vergas, que ni siquiera le preguntaría con quién me corneaba y que nunca cuestionaría su vida sexual ni lo que quisiera hacer con ella, por más que me pesaran los cuernos, soportando las inminentes burlas que conllevarían semejante vida de pendejo.

Una estruendosa carcajada fue su respuesta a mi voluntaria humillación, aseverando que o la amaba profundamente o era el pendejo más pendejo que había conocido en su vida.

«¿No tienes dignidad?», me cuestionó todavía riéndose entre palabras: «No, no tengo dignidad ni orgullo ni nada. Sólo quiero seguir a tu lado consciente de que otros te dan lo que jamás podré darte, amándote como tú quieras, haciendo todo lo que desees». Nunca debí decir lo último, pues su inmediata respuesta me provocó un vacío en el estómago ante lo que se avecinaba: «¿Seguro harías todo lo que te pida?», a lo que sin pensarlo sentencié que sí, que me sometería por completo a sus deseos…

Incomprensiblemente, tomó el teléfono, marcó y esperó a que su interlocutor respondiera. Lo que escuché en la llamada siguió fijando las bases de mi humillación, mi cornamenta y mi pendejez:

– ¿Amor? ¿No interrumpo? Estoy aquí con Eugenio y no vas a creer lo que pasó, luego te cuento. Me pide que sigamos juntos, que nos casemos a pesar de todo -, la grosera carcajada de nuestro jefe fue lo único que pude escuchar, aunque siguieron algunas frases de mi corneador que no alcancé a entender, a las cuales mi prometida asentía riendo.

Cuando colgó yo seguía hincado abrazando sus pantorrillas, como temiendo que un cambio de posición esfumara aquella nube de esperanza para seguir con nuestros planes. «Levántate, no seas ridículo», me ordenó, comunicándome lo que ambos infieles habían acordado en el telefonema:

Si quería que las cosas siguieran como estaban, si deseaba continuar con el matrimonio, además de permitir que aquella meretriz siguiera haciéndome idiota, tendría que pedirle perdón a ella y a Federico por haberlos interrumpido en el coito que presencié con ira y estupefacción. «¿Pero perdón por qué?», cuestioné muy bajito, para que no se sintiera como reclamo: «¿Cómo que por qué? ¿Te parece poco habernos dejado a la mitad de la excitación? Pero si no quieres, no importa. Terminamos y asunto arreglado».

Ante el nubarrón que anunciaba la cancelación de todo, lo espanté asintiendo, aceptando pedirle perdón al primer hombre con el que la vi corneándome, le primero de muchos que ya me hacían pendejo y que lo seguirían haciendo hasta el momento en que escribo esto y por el resto de mi vida. Acepté disculparme ante el macho que se había burlado de mí desde siempre quien, por cierto, estaba en camino y a sólo unas cuadras del departamento de su amante, pues habían quedado de copular, aprovechando la ausencia de la cornuda Grisel, quien había viajado con los niños a no sé dónde.

Las humillaciones se sucedían con asombrosa rapidez, tanto que no me daba tiempo de asimilar una cuando ya tenía la otra en la frente. La zorra con la que me casaría en pocos días, se disculpó conmigo, pues tenía que arreglarse para la visita de Federico, y me ordenó que arreglara un poco para que él no viera todo desordenado.

Con inconfundible sorna, me saludó Federico al llegar, estrechando mi mano y haciendo caso omiso de mi fachosa presencia y mis ojos rojos de tanto llorar. Se sentó en la sala y me pidió un whisky con soda, mismo que le preparé convenciéndome falsamente de que se trataba de un acto de amabilidad de mi parte y no de la primera humillación que me infringía mi flamante corneador. Dio el primer sorbo a su bebida y algo me iba a preguntar cuando el cuerpo de mi novia caminó hacia él, sólo cubierto por uno de esos vaporosos vestidos transparentes que tanto le gustaban y que dejaba ver sin pudor todo lo que pretendía cubrir.

El macho infiel se levantó, dejó el vaso en la mesita de centro e ignorándome la besó en la boca largamente, manoseando aquellas nalgas que hasta hace escasos días yo creía mías, a pesar de no poder usarlas.

No sé cómo explicarlo, pero encendió más mis celos el beso que la torteada, tal vez por el romanticismo o la confidente intimidad que representaba; sin embargo, no reaccioné a ninguna de las dos cosas, esperé como un tarado a que se «saludaran» y puse atención a las palabras de mi prometida:

«¿Qué esperas, cornudo? Pídele perdón a mi novio». ¿Su novio?, pensé que esa distinción me correspondía, pero no argüí nada, para no hacer enojar a la mujer que me humillaba sin compasión.

– Perdóname, Federico -, declaré rápidamente, como si la velocidad de mis palabras restaran en algo la humillación más grande a la que había estado dispuesto en toda mi vida; no obstante, la reacción de mi futura esposa fue preguntarme si eso era una disculpa y me ordenó sobajarme arrodillado, de la misma forma en la que le supliqué minutos antes que me siguiera haciendo pendejo.

Acatando su mandato, me hinqué ante aquel hombre que sería incorrecto decir que abrazaba por la cintura a Paty; más bien amasaba su nalga derecha, sosteniendo su copa con la otra mano.

Ahí estaba yo, con la cara a la altura de la verga de quien me hacía pendejo con mi futura esposa y presenciando cómo ésta, prácticamente encuerada, se reía disfrutando de que su «novio» le sobara el imponente trasero.

«Perdóname, Federico», repetí postrado, pero su única respuesta fue acariciar mi cabeza como si fuera un labrador esperando su galleta después de un truco; besó nuevamente a su amante con un movimiento dactilar que no podía ser otra cosa que el dedeo del ano de mi prometida. Como un pendejo titulado y con doctorado, seguí hincado y con un par de lágrimas en el rostro, mientras me ignoraban sabroseándose.

La mano de la puerca hurgaba en la bragueta de Federico, intentando liberar una verga que su respiración entrecortada clamaba por gozar; mi cara era levemente golpeada por esa mano en su búsqueda, por lo que decidí levantarme, pero ella me lo impidió indicándome que no me moviera.

La misma perra que en unos días aceptaría serme fiel eternamente, en lo próspero y en lo adverso, chaqueteaba esa verga larga y delgada a centímetros de mi cara; con velada intención hacía rozar el glande de aquel erecto miembro con mi nariz, mi boca y el resto de mi cara, sin que yo moviera un músculo para no hacerla enfadar.

Un hilo de lubricante seminal se alargó cual erótico puente entre mi nariz y aquel tolete que palpitaba ante los jaloneos de la puta que ya tenía varios dedos dentro del culo y otros tantos en la panocha, todos del editor que la hacía gritar como nunca lo había visto, ni siquiera aquella noche en la que se ofreció ante el desconocido mirón de la ventana de aquel hotel.

A esa altura, ambos me ignoraban olímpicamente y tuve que hacer un esfuerzo para conservar el equilibrio cuando me empujaron dirigiéndose a la recámara de mi prometida. Federico me ordenó, antes de cerrar la puerta, que los esperara en la sala mientras fornicaban, a lo cual asentí obediente.

Como un estúpido, rango que me había ganado a pulso, me senté viendo al piso, mientras los gritos de ambos se estrellaban en mis cornudos oídos; la mujer que sería mi esposa estaba siendo culeada a unos metros de mí y yo esperaba diligentemente como uno de esos criados ingleses que no pierden la compostura sin importar lo escandaloso que presencian.

Miré el anillo de compromiso que portaba orgulloso desde hace unos meses y quise burlarme de mí mismo, pero no me salió la risa, pues frases como: «¡Qué ricas nalgas, puta!», «¡Te voy a dar por el culo!» o de ella: «¡Culéame, cabrón, hazme tu perra!», me hicieron resignarme ante mi realidad.

Minutos después, el silencio dominó el espacio, sólo interrumpido por leves risitas que provenían del mismo lugar donde mi prometida y mi corneador habían consumado mis cuernos por vez primera a unos metros de mí, si no tomamos en cuenta los escasos segundos que la vi culear con él mismo en nuestro nidito de amor o la boca del tío Alfonso en aquella hacienda donde nos casaríamos, pues ahora sí estaba seguro de que el viejo le mamaba la raya del nalgadar a mi novia, apretándole las pompas y penetrando con una rígida lengua aquel hambriento y emputecido ojete, un ojete muy usado en esos 27 años de vida y que a partir de sólo una semana sería el ojete de la mujer que tomaría por esposa y que, sabía, sería entregado miles de veces más a machos que quisieran penetrarlo con manos, vergas y cuanta cosa le diera placer.

Mis cavilaciones fueron interrumpidas por el llamado de la mujer que amo, quien reposaba encuerada en la cama al lado de mi también desnudo corneador. La culera se exhibía en pelotas boca arriba, abrazándolo, mientras él fumaba un cigarro con una pierna recogida y la otra mano sobre el hombro de Paty; me ordenó acercarme, sólo para descubrir que un espeso líquido blanquecino resbalaba lentamente por entre sus tetas y que había que ser más idiota que yo para no saber que se trataba de los mecos que Federico había vaciado sobre sus rosados pezones. «Un buen cornudo limpia a su mujer después de que goza con su macho.

¿Eres un buen cornudo?», yo no atinaba a entender o quizá me resistía a aceptar que lo que quería aquella ofrecida era que lamiera la leche que con cuidado trataba de estabilizar para que no resbalara por los costados de su cuerpo. Vacilé un poco, hasta que ella levantó la voz con un mandato que no daba lugar a dudas: «¡Qué me limpies el semen de Federico, pendejo!».

El insulto que se volvía cada vez más una descripción de mí fue lo de menos ante la asquerosa tarea que me esperaba. Nunca en mi vida había visto tanto esperma junto pues, como ya es conocido, mis eyaculaciones son muy escasas.

Y el problema no era verlo… ¡Me lo tenía que tragar! Sobra decir que la humillación que conllevaba se elevaba hasta el paroxismo, pero ni siquiera alegué nada en mi favor; me incliné ante esos senos pérfidos y lamí todo aquél viscoso líquido como si se tratara de deliciosa miel.

Yo mismo me sorprendí ante las lengüeteadas que sugerían más un inmenso placer de mi parte, que un asco que ya no sentía, acabándome toda mi leche como buen niño, buscando incluso si no había más por algún otro lado que no hubiera notado, todo con las risas de mis verdugos como espléndido marco de mis cuernos y mi mariconería.

«¿Y la verga de Federico qué? ¿No piensas limpiarla en agradecimiento porque me dio placer?». «Sí, mi amor», respondí con celeridad sin cuestionar siquiera si aquella limpieza debía hacerla con la boca o de alguna otra manera; su pene flácido reposaba con satisfacción de lado, con una visible gota blanca en la cabeza, última parte de aquella copiosa descarga que ya descansaba en mi estómago.

Tomé aquel cipote con mi mano y lo mamé con deleite, valiéndome una chingada que era obvio el exceso de «limpieza», pues sólo se me ordenó limpiar aquella gota y yo me comía aquel chorizo como si fuera una puta a la que le habían pagado bien por una chupada; la burla de ambos y la palabra «puto» en una oración que articuló mi corneador y que no recuerdo ahora, me hicieron caer en la cuenta de que me había extralimitado en mis labores de cornudo, lo cual se demostraba con la parcial erección que aquel palo empezaba a recuperar.

Los días pasaron con una pasmosa calma; Paty y yo volvimos al mismo trato y jornadas que nos unían antes de la boda, pero ahora con una complicidad que daba a todo un tinte de actuación con varios actores involuntarios en aquella puesta teatral, y sólo tres perfectamente conscientes de su histrionismo:

La puta, el corneador y el cornudo pendejo, quienes en aquella puesta en escena representaban a la perfección a los felices y enamorados novios, y al jefe bonachón que se alegraba de esa unión. La boda misma y la luna de miel trajeron consigo nuevas humillaciones para mí y placeres para mi esposa y algunos «invitados», pero ésa es otra historia que contaré en la siguiente entrega de estos Relatos que me haces favor de leer.

Espérala porque… continuará en otra aportación para los relatos eróticos de esposas y maridos.

 

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