Hoy les voy a contar lo que ocurrió durante unas vacaciones en Colombia, cuando mi esposa y yo vivimos una experiencia que nunca imaginé que terminaría de aquella manera.
Todo comenzó cuando decidimos viajar para conocer sus playas y disfrutar de unos días de descanso.
Al llegar, nos quedamos maravillados con el paisaje. El mar, las olas y el ambiente eran preciosos. Antes de salir a recorrer la zona, decidimos ir al hotel para descansar un poco del viaje.
Nos acostamos juntos y mi esposa empezó a besarme cariñosamente. Una cosa llevó a la otra y terminamos haciendo el amor.
Aquella vez la noté especialmente apasionada. Me sorprendió su actitud, así que le pregunté qué le pasaba.
Ella sonrió.
—Amor, no interrumpas. Disfruta.
Seguí su consejo, aunque tenía curiosidad por saber qué había despertado tantas ganas.
Después de un rato, mientras descansábamos abrazados, comenzó a hablarme de lo feliz que estaba de encontrarse en Colombia.
—Qué bonito es estar aquí, conocer personas nuevas y convivir con los colombianos —me dijo.
Entonces me confesó algo que no esperaba.
Desde hacía tiempo sentía una gran atracción por los hombres colombianos de piel morena. Era una fantasía que nunca se había atrevido a contarme.
Me quedé sorprendido.
—¿De verdad te gustaría estar con otro hombre? —le pregunté.
—Sí, amor. Y, para serte sincera, siempre he imaginado estar con más de uno.
No sabía qué responder.
Ella continuó hablando y terminó confesándome que fantaseaba con estar con tres hombres.
—Estamos de vacaciones —me dijo—. Quizás nunca volvamos a tener una oportunidad como esta.
Aquella conversación me dejó pensando. Nunca habíamos hablado tan abiertamente de compartir nuestra intimidad con otras personas.
Al día siguiente, mi esposa se puso uno de sus bikinis favoritos para bajar a la playa.
La verdad es que le quedaba espectacular. Era pequeño, ajustado y resaltaba su figura.
Yo decidí quedarme un rato más en la habitación, así que ella bajó sola.
Aproximadamente media hora después fui a buscarla.
Recorrí la playa durante unos diez minutos hasta que finalmente la encontré.
Estaba conversando y jugando con tres hombres colombianos.
Me acerqué y le pregunté:
—Amor, ¿qué tal lo estás pasando?
—Muy bien, cariño. Estoy conociendo a estos chicos.
Me los presentó y estuvimos conversando un rato.
Noté que ellos la miraban con bastante interés y que a ella le gustaba recibir aquella atención.
Más tarde, mi esposa se acercó a mí y me habló en voz baja.
—Amor, creo que ha llegado el momento.
—¿Qué momento?
—El que te conté anoche.
La miré sorprendido.
—¿Hablas en serio?
—Sí. Quiero invitarlos al hotel.
No supe muy bien qué decir. Ella parecía tenerlo todo decidido y, por lo visto, ya había hablado con ellos.
Regresamos a nuestra habitación.
Mi esposa fue a cambiarse mientras yo intentaba asimilar lo que estaba ocurriendo.
Se puso una falda muy corta y una tanga negra que apenas se disimulaba bajo la ropa.
Después se sentó en el sofá, esperando.
Al poco tiempo llamaron a la puerta.
Eran los tres hombres de la playa.
Mi esposa me pidió que los recibiera y los atendiera bien.
Nos sentamos a conversar y comenzamos a tomar unas copas.
Ella se colocó a mi lado, me abrazaba y sonreía constantemente. Sin embargo, también buscaba las miradas de sus invitados.
Poco a poco la conversación se volvió más atrevida.
Uno de los hombres comenzó a hacerle comentarios sobre lo atractiva que estaba.
Mi esposa se reía y respondía con naturalidad.
Finalmente se acercó a mí.
—Amor, quiero que estés preparado. Hoy quiero cumplir mi fantasía.
Entonces comprendí que realmente había invitado a aquellos tres hombres con esa intención.
La situación me provocaba curiosidad, aunque también tenía muchas dudas.
Después de un rato de conversación, mi esposa comenzó a besar a uno de ellos.
Los demás se acercaron y el ambiente cambió por completo.
Yo permanecí sentado, observando.
Nunca había visto a mi esposa comportarse de aquella manera.
Parecía muy segura de lo que quería y disfrutaba siendo el centro de atención.
En determinado momento me llamó.
—Cariño, quiero que veas cómo disfruto.
Me acerqué un poco, todavía sorprendido por todo lo que estaba pasando.
Ella comenzó a intimar con sus invitados mientras yo observaba desde cierta distancia.
Habíamos hablado de fantasías, pero vivirlo en persona era completamente diferente.
Sentía nervios, celos y una confusión que no sabía explicar.
Mi esposa parecía dispuesta a llevar la experiencia mucho más lejos de lo que yo había imaginado.
Sin embargo, la situación cambió cuando uno de los hombres se acercó directamente a mí.
—¿Te gusta ver a tu esposa con otros? —me preguntó.
—Sí, aunque todavía estoy intentando acostumbrarme —respondí.
Él sonrió de una manera que no me gustó.
Comenzó a llamarme cornudo y a decirme que tenía que aprender a ser sumiso.
Al principio pensé que estaba bromeando.
Pero enseguida comprendí que hablaba en serio.
Me pidió que participara en algo que yo no quería hacer.
—No —le respondí.
Entonces empezó a amenazarme.
Dijo que, si no obedecía, podrían enseñar los vídeos de mi esposa con aquellos hombres.
Me quedé helado.
Una cosa era haber aceptado observar una fantasía de mi mujer y otra completamente diferente que alguien pretendiera obligarme a participar en algo contra mi voluntad.
Volví a negarme.
Para mi sorpresa, mi esposa no salió en mi defensa.
Al contrario.
—Hazles caso, amor —me dijo.
No podía creer lo que estaba escuchando.
Intenté explicarle que yo no quería hacerlo, pero ella insistió.
Aquello dejó de ser un juego.
Me sentí acorralado, humillado y traicionado.
Los hombres aprovecharon las amenazas para someterme a una agresión sexual que yo había rechazado expresamente.
Sentí dolor, miedo y una impotencia terrible.
Lo peor fue mirar a mi esposa y descubrir que no estaba haciendo nada para detenerlos.
Yo le había dicho claramente que no quería participar.
Pero nadie respetó mi decisión.
Durante aquellos momentos solo deseaba que todo terminara.
Mi esposa seguía pendiente de sus invitados, como si no comprendiera la gravedad de lo que me estaban haciendo.
Aquella noche, que había empezado como unas vacaciones románticas y una fantasía compartida, se había convertido en una pesadilla.
Después de un tiempo que me pareció interminable, los tres hombres terminaron marchándose.
Mi esposa quedó recostada en el sofá, agotada.
Yo estaba completamente desconcertado.
No sabía qué pensar ni qué decir.
Me sentía dolido, física y emocionalmente.
Habíamos ido a Colombia para disfrutar de nuestras vacaciones y acabábamos de vivir una experiencia que podía cambiar nuestro matrimonio para siempre.
Ella me miró.
—Amor, ¿te gustó lo que pasó?
Tardé unos segundos en contestar.
—No. La verdad es que no me gustó cómo terminó todo.
Ella me observó en silencio.
Después respondió:
—Pues ahora sabes que eres un cornudo.
Me quedé mirándola sin encontrar las palabras.
—Y así vas a estar siempre que yo lo quiera —añadió.
Aquellas palabras me dolieron todavía más que todo lo ocurrido.
Porque una cosa era compartir una fantasía entre adultos, de manera libre y voluntaria, y otra muy distinta era descubrir que mi esposa estaba dispuesta a ignorar mis límites.
Nunca imaginé que durante aquellas vacaciones conocería una faceta de ella que desconocía por completo.
Y mucho menos que terminaría preguntándome qué lugar ocupaba realmente en nuestro matrimonio.
Lo que comenzó como un viaje para disfrutar juntos de las playas de Colombia acabó convirtiéndose en una noche que jamás podría olvidar.
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