El golpe de la puerta del hotel todavía me resonaba en los huesos cuando ya iba por el pasillo, con las manos cerradas y la vergüenza más dura que la polla.
Habíamos llegado esa misma tarde a un resort de costa, de esos todo incluido donde las parejas pagan para volver a tocarse y acaban discutiendo por cualquier milonga. Isabel y yo llevábamos años en esa guerra fría: cama grande, un polvo corto cuando había suerte, y silencios de mil demonios el resto del tiempo. Esa tarde, el mismo teatro. Yo alcé la voz. Ella me mandó a tomar viento sin gritar. Yo salí.
—Vete a caminar —dijo—. O a lo que te dé la gana. Yo me quedo.
Isabel tenía cuarenta y tres años y el cuerpo de una mujer a la que la vida no le había robado la curva, solo se la había escondido debajo de blusas abotonadas y faldas largas. Cintura marcada. Caderas anchas, de esas que piden manos. Nalgas altas, firmes, de peso bueno. Tetas naturales, llenas, que el sujetador grueso le aplastaba por costumbre, no porque le sobrara nada. Vientre torneado, suave al tacto, sin esa historia triste que a veces uno se inventa cuando oye “madre”. Piernas largas. Cuello. Boca. Una madura voluptuosa que, si se la vestía para ser vista, paraba un pasillo. El problema era que hacía años que no se vestía para eso. Y yo hacía años que había dejado de mirarla como se mira a una mujer que se quiere follar.
Bajé a la playa. Di vueltas. Me arrepentí a la quinta. Volví.
La puerta de la habitación no estaba del todo cerrada. El aire acondicionado metía un zumbido húmedo. En el suelo, abierta, había una maleta que no era la nuestra.
En el check-in, entre el calor y las prisas, habíamos cogido un equipaje ajeno. Otra huésped. Mujer adulta. Maleta negra, clavada a la de Isabel. La nuestra debía de estar en otra habitación del mismo piso.
No era ropa de esposa discreta. Era ropa para que te comieran con los ojos.
Un microbikini blanco con cintas doradas. Un trikini rojo con aberturas a los lados. Un bañador verde neón que apenas cubría lo que tenía que cubrir. Uno fucsia con brillo. Uno negro con transparencias justo donde una mujer nota que la miran.
Desde el marco del baño la vi.
Isabel estaba desnuda frente al espejo. Se había quitado la blusa, la falda, el sujetador de castigo y las bragas de toda la vida. Lo que quedó no era una madre apagada. Era una tía redonda, pulida, de tetas pesadas y pezones ya pinchos, de coño afeitado a medias con los labios gruesos y oscuros, de culo partido en dos mitades que pedían una palmada. El espejo la devolvía entera y ella, por primera vez en mucho tiempo, no apartó la vista.
Se estaba metiendo el negro de las transparencias.
La tela le comió las nalgas y le dibujó el coño por delante, los labios marcados, el hueco del culo enseñado sin vergüenza. Se giró. Se miró de lado. Se pasó las dos manos por la cintura, subió a las tetas, las levantó un segundo como pesándolas, y se le escapó una risa baja, incrédula.
—Mira cómo estoy… —susurró.
No me vio. Yo no entré. Me pegué a la pared con la polla despertando contra el pantalón, duro de verdad, y me quedé.
Se abrió un poco las piernas. El negro ya tenía una mancha oscura en la entrepierna. El olor me llegó hasta el pasillo: coño de ella, caliente, un punto ácido, el olor que en mi cama ya casi no existía. Se apoyó en el lavabo con las dos manos. El culo hacia el espejo. La espalda arqueada. Esa línea de mujer hecha que a los veinte no se tiene.
Al principio no se tocó por dentro. Solo el roce. La tela mojada subiendo y bajando contra el clítoris, un vaivén corto, sucio, de quien no quiere admitir lo que está haciendo y el cuerpo ya va por libre. Los pezones se le pusieron de piedra contra la transparencia. Respiraba por la boca. Se mordió el labio.
—Joder… —dijo, muy quedo.
Entonces sí metió la mano. Se apartó la tira. Dos dedos por fuera, abriendo los labios, y el pulgar buscando ese botón hinchado que se le veía desde mi sitio. El coño le brillaba. Un hilo le bajó por el muslo interno, espeso, y otro. El sonido era una chapoteo mínimo, vergonzoso, riquísimo. Se miraba a los ojos en el cristal mientras se lo hacía. No era una tía tocándose a escondidas. Era una mujer viéndose puta y aguantando la mirada.
Los dedos se le hundieron. El culo le tembló. Aceleró. El muslo derecho le vibraba. Se le abrió la boca. Un gemido le nació en la garganta, grave, de hembra, no de señora de hotel.
Se corrió de pie.
El coño se le cerró a golpes alrededor de los dedos. Un chorro le saltó contra la tela y le resbaló hasta la rodilla. Las nalgas se le pusieron duras. Las tetas le rebotaron. Se le doblaron las rodillas y tuvo que agarrarse al mármol para no caerse, gimiendo con los dientes apretados, los ojos en blanco un segundo, el cuello tenso, toda ella sacudiéndose en oleadas que no le pedían permiso. El olor se espesó. El espejo se le empañó abajo, a la altura de la boca. Todavía le entraban espasmos cuando intentó cerrar las piernas y no pudo: el clítoris le latía tan fuerte que cualquier roce le arrancaba otro gemido, más pequeño, más roto.
Yo tenía la polla tan dura que me dolía. Quise entrar y follármela contra el lavabo hasta que se le olvidara el apellido. Quise gritarle que se tapara. No hice ni lo uno ni lo otro. Me quedé viendo cómo se le deshacía la cara, cómo se le abría esa boca que yo besaba de trámite, cómo se le empapaban las piernas de su propia corrida.
Cuando pudo incorporarse, tenía los ojos vidriosos, las mejillas encendidas y el coño todavía abriéndose y cerrándose solo, como si pidiera algo más grueso que los dedos. Se quitó el negro. Estaba calado. Lo dejó en el suelo como una prueba. Eligió el trikini rojo.
Se lo subió despacio, mirándose. El rojo le partía las tetas y se le perdía entre las nalgas, una tira fina que convertía el culo en un argumento. Los pezones se le marcaban. Al dar dos pasos delante del espejo, las caderas le bailaron con ese peso bonito de mujer que por fin se permite el volumen. No pedía disculpas. Por primera vez en años, se le veía plena. Y peligrosa.
Abrió la puerta de la habitación. Yo me metí en el hueco de la escalera de servicio. Pasó a un metro de mí. El pasillo olía a su corrida.
La seguí.
Jardines. Sol. Piscina. Bar. Cabezas que se giraron. Hombres. Algunas mujeres. Isabel no bajó la cara. Caminaba como si el resort le debiera una disculpa por haberla tenido escondida.
Junto al agua había un grupo de tíos jóvenes. Club de voleibol, se oía. Veintitantos, todos mayores de sobra, bronceados, en bañador de lycra que no perdona. Sin camiseta. Abdomen. Venas. Y las pollas marcadas como un insulto al decoro.
Una pelota salió disparada y cayó a los pies de Isabel. Uno corrió. Se detuvo delante de ella y se le atragantó la frase medio segundo, el tiempo justo de bajar la vista al rojo y volver a subirla.
—¿Te ha dado? —preguntó, con una sonrisa que ya no era solo educación.
—No —dijo ella, y le devolvió la pelota con una boca que yo no le veía desde el noviazgo.
Alguien silbó desde el agua.
—Cuidado con la señora —gritó otro—. Que nos va a dejar a todos tontos.
No era burla. Era hambre con buena educación.
Un tercero, alto, de hombros anchos, se acercó con un vaso y se lo ofreció como quien ofrece un trono.
—Cortesía del equipo. Por la musa. En serio. Llevamos dos horas aquí y nadie había parado el entrenamiento hasta que has aparecido tú.
Isabel se rió. De verdad. Una risa de mujer a la que le acaban de decir una verdad que le da miedo y le gusta.
—¿Vacaciones o concentración? —preguntó, y la voz le salió más baja, más húmeda.
—Concentración. Torneo. Pero tú pareces más lista que nosotros para lo que hay que hacer con el cuerpo.
—¿Yo? Qué va…
—Tú —insistió el más joven, inclinándose un poco, cerca, olor a cloro y a piel caliente—. Esa cintura. Ese culo. Con perdón. Es que se te ve de lejos que estás hecha de otra manera. Las de nuestra edad no andan así.
Otro asintió, sin disimular el recorrido de los ojos: tetas, cintura, el triángulo rojo, las piernas.
—Deberías quedarte. En serio. Estiramientos, hidratación, compañía… una asistente de lujo. O la jefa. Como quieras llamarlo.
Isabel se sentó en la tumbona. El pareo se le abrió. Piernas cruzadas. El rojo comiéndole el coño. Yo me senté dos filas detrás, con gafas, con una toalla sobre la erección, viendo cómo mi mujer se dejaba rodear.
Ahí, en ese corro de pollas marcadas y elogios sucios disfrazados de piropo, le pasó algo que no le había pasado en nuestro matrimonio.
La miraban como se mira una cosa que se quiere usar. Y en vez de ofenderse, se le hinchó el pecho. Se le humedeció la boca. Se le despertó un animal que ella misma había dado por muerto: el gusto de ser deseada sin merecerlo “por ser buena”. El pecado concreto. La putería fina. Esa voz interior de me están viendo el coño a través de la tela y no me levanto.
Los bañadores no escondían nada. Pollas gruesas, pesadas, algunas ya a medio gas de tener a una madura en rojo a medio metro. Al más alto se le iba hacia un lado, haciendo un bulto obsceno. A otro se le subía la lycra, la cabeza marcada, un contorno de vena. Isabel los miraba. No disimulaba. Tragué saliva al mismo tiempo que ella.
Un chorrito se le escapó. Se le vio el brillo en el muslo. Otro. El rojo se le oscureció en el centro. Los pezones se le pusieron como piedras. Uno de los tíos se agachó a la nevera y la cabeza de la polla, dura, le rozó el brazo desnudo. Isabel soltó un suspiro. El cabrón sonrió y no se apartó del todo.
Ella apretó los muslos. Estaba empapada. El coño le latía con una vergüenza caliente, de niña mala en cuerpo de mujer hecha. Pensó —y se le notó en la cara— que si se abría un milímetro más se le iba a ver el desastre. Pensó en levantarse y huir. No se levantó.
—Te ves como un premio —le dijo el más callado, muy bajo, con la cara a la altura de sus tetas—. Y estamos muy motivados.
Isabel no contestó. Sorbió la bebida. Sonrió hacia abajo. Por dentro, sin embargo, ya no había vuelta atrás. Algo se le había roto de forma limpia: la idea de que ella era solo la mujer que espera en la habitación. Ahora sabía que podía ser la mujer que para un entrenamiento. Que un grupo de tíos jóvenes se le mojaran los bañadores de mirarla. Que el coño se le escurría solo, traidor, feliz, en público, mientras su marido —si es que pensaba en mí— no estaba.
Ese fue el antes y el después. No hizo falta que nadie se la follara junto a la piscina. Bastó el elogio, el roce, el bulto, el calor en la cara y ese hilo caliente resbalándole hacia el culo. La puta que llevaba dormida se estiró, se miró al sol y dijo estoy aquí.
Al rato se levantó. Regresó por el mismo pasillo. Yo tardé dos minutos y entré como si viniera de la playa.
Estaba en la habitación, todavía con el trikini, las piernas brillantes, olor a cloro y a coño. Me miró. Yo la miré. Entre nosotros, la maleta abierta, la ropa de otra, y el silencio de lo que los dos ya sabíamos.
No dijimos nada.
Cerré la puerta con el pie. Ella no retrocedió. Yo la agarré por la cintura con las dos manos, notando por fin el volumen que le había escondido la ropa de siempre, y la pepé contra mí. La polla se me clavó en la tela roja, dura, grosera. Isabel abrió la boca en un jadeo y me agarró de la camiseta. Nos besamos como no nos besábamos desde hacía años: con dientes, con lengua, con hambre de verdad. Le supe a cóctel y a peche. Yo le supe a sal y a culpa.
Le bajé las tiras. Las tetas le saltaron pesadas, calientes, los pezones buscándome la palma. Se las comí. Las exprimí. Le dejé marcas. Ella me desabrochó el pantalón con manos que le temblaban y me sacó la polla como quien saca una deuda. Me la apretó. Me la midió con la mirada. Estaba más dura de lo que ella recordaba. O yo estaba más hombre de lo que ella recordaba.
La giré hacia la cama. El rojo se le quedó enredado en un muslo. El coño se le vio de frente, hinchado, reluciente, abierto de tanto haberse corrido sola y de tanto haber pensado en pollas ajenas. Me arrodillé y se lo comí sin pedirle permiso. El sabor era a ella y a piscina y a puta recién despertada. Se le arqueó la espalda. Me agarró del pelo. No dijo “para” ni “más”. Jadeó. Se le escapó un “joder” roto cuando le chupé el clítoris con fuerza y le metí dos dedos de golpe, buscando ese punto que la dejaba tonta.
Se corrió en mi boca. Otro chorro. Las nalgas contra mis manos. Los muslos cerrándoseme en la cabeza. Yo bebí. Tragué. Seguí. Hasta que me tiró hacia arriba con una urgencia de animal.
La puse a cuatro. El culo de Isabel, por fin, a la altura de la cara, partido, el agujero pequeño y el coño pidiendo polla. Me la metí de un empujón. Caliente. Estrecha al principio, luego sucia, fácil, de mujer que lleva horas chorreando. Ella soltó un gemido largo, de fondo de garganta, y empujó hacia atrás para clavársela entera.
Empecé a follármela de verdad.
Sin mimo. Sin el copión de siempre. Con las manos en esas caderas anchas, con las tetas colgándole y rebotando, con el sonido de mi cuerpo chocándole el culo una y otra vez. La polla me desaparecía. El coño le hacía ruidos obscenos. Isabel enterró la cara en la almohada y luego la sacó, buscando aire, los ojos cerrados, la boca abierta. Yo la miraba y se me iba la cabeza: esta es mi mujer, esta es la que acaba de parar un equipo, esta es la que se ha corrido en el baño como una perra, esta es la que mañana puede volver a ponerse el rojo.
Ella, por dentro, no estaba conmigo del todo. Estaba conmigo y con ellos. Cada embestida le devolvía el roce de aquella polla contra el brazo, el “premio”, el bulto del alto, el silbido. El pecado le gustaba. Le gustaba tanto que se le escapaba otro orgasmo, este más hondo, con el coño apretándome a pulsos, con un quejido que no era de esposa. Yo la sentí corrérsele alrededor y se me fue el control. La agarré del pelo. Se la metí hasta el fondo. Me corrí dentro, a sacudidas, llenándola, la leche caliente, mucha, como si el cuerpo quisiera marcar territorio y a la vez firmar que ya era tarde para marcar nada.
Caímos de lado. Todavía dentro. Sin palabras.
El aire acondicionado. El rojo en el suelo. La maleta ajena como un altar pequeño y sucio.
Isabel tenía la cara contra la almohada, la boca húmeda, el coño latiéndome alrededor, mi leche empezando a salirle entre los labios cuando me retiré un poco. Pensaba —se le veía en los ojos cuando al fin me miró de reojo— en el sol de mañana. En si el trikini iba a volver a salir de la habitación. En si aquellos tíos iban a estar otra vez en el agua. En si ella iba a atreverse a sentarse otra vez en esa tumbona con el coño ya avisado de lo que es que te deseen.
Yo pensaba lo mismo. Y pensaba, con la polla todavía gorda y sucia de ella, que si volvía a ponérselo yo la iba a seguir. Que si se reía otra vez con esa risa nueva yo no iba a interrumpir. Que el matrimonio se nos había partido por un sitio por el que, joder, por fin se colaba luz.
La maleta no era nuestra. El cuerpo que se había puesto esa ropa sí. Y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, nos follamos como si el pecado tuviera sabor y los dos hubiéramos tenido hambre de él sin saber cómo se pedía.
Mañana hay sol otra vez.
No te pierdas nada de Esposas y Maridos
Recibe novedades, contenidos destacados y mejoras de la comunidad directamente en tu correo.
Deja un comentario