Hoy me siento tan mal, por que fui infiel a mi esposo

Relato XXX Infidelidades 21 de octubre de 2026 Por 3 min de lectura 3 comentarios

Mi nombre es Cecilia, soy enfermera y estoy casada. Esta noche, durante la guardia nocturna en el hospital, Jorge, mi jefe y médico, no paró de coquetearme. A las dos de la mañana me encontraba preparando un medicamento cuando se acercó por detrás. Me habló con voz cálida, me rodeó la cintura y, de pronto, me besó.

Quedé muda. Mi cara debió reflejar sorpresa y miedo, porque él se apartó un poco y murmuró:

—Perdóname… no pude resistirme más. Quería tenerte esta noche, decirte cuánto me gustas. Abofetéame si quieres. Retírame la palabra, pero la culpa es solo mía.

Me puso la mejilla frente a mí, invitándome a golpearlo. En lugar de eso sonreí, todavía ruborizada.

—Está bien… pierde cuidado. Solo no lo vuelvas a hacer.

Mis mejillas ardían. En el fondo me había gustado; lo sabía porque mi calzón estaba empapado y lo sentía pegado a la piel. Jorge lo percibió al instante. Volvió a acercarse, susurrando:

—Siento que tú también lo deseas tanto como yo.

Nuestras miradas se cruzaron y nos fundimos en un beso más intenso. Sus manos bajaron por mi espalda, apretaron mis nalgas y luego se deslizaron entre mis muslos, rozando mi concha ya empapada. Metió dos dedos y los sacó brillantes.

—Sabía que estabas ardiendo… este olor inconfundible de tu sexo pidiendo que lo penetraran.

Se llevó los dedos a la boca y los chupó con lentitud. Verlo saborear mis jugos me encendió aún más. Desabotoné su mandil, bajé el pantalón y la ropa interior; apareció su polla gruesa, venosa y dura. Me arrodillé y la tomé con la boca, succionando con fuerza mientras él gemía bajito. Cerró la puerta del tópico y le puso seguro.

Luego me agarró del cabello y me folló la boca, metiendo su verga hasta el fondo de mi garganta. Cada embestida me hacía babear. Me levantó, me quitó el calzón, me sentó en la camilla y se arrodilló entre mis piernas. Su lengua atacó mi clítoris sin piedad, lamiendo y sorbiendo los jugos que corrían por mis muslos. Estaba a mil.

Me bajó de la camilla, me dobló sobre ella y me penetró por detrás. Mi vagina estrecha se abrió con dificultad alrededor de su polla gruesa; entré y salí con facilidad porque estaba empapada. Me sacó, escupió en mi ano y empujó su verga dentro.

Me folló como a una perra, fuerte y profundo. Me corrí cuatro veces; en la última sentí cómo él gruñía y descargaba chorros calientes de semen dentro de mi ano. Cuando se retiró, el semen espeso empezó a salir y a resbalar por mis piernas. Era mucha cantidad; llevaba tiempo sin follar.

Me volteó, me miró a los ojos y me besó con ternura.

—Siempre esperé esto… solo contigo.

Nos arreglamos en silencio. Él salió por la puerta trasera del pabellón de cirugía y yo me quedé en el tópico, con el cuerpo todavía temblando.

El turno terminó a las siete de la mañana. Ahora estoy en casa, descansando, reviviendo cada segundo. Soy casada. Mañana tendré que mirar a mi marido a la cara y no sé cómo voy a hacerlo.

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