Esta es la historia de la noche en la que compartí a mi esposa.
Ella se hace llamar Esposa adicta al anal. No es un apodo cualquiera. Es la verdad pura. Desde el día en que nos conocimos, su culo ha sido su debilidad… y la mía también.
Pero esa noche fue diferente.
Esa noche la compartí.
La había vestido exactamente como a cualquier hombre le gustaría ver a una mujer: body de encaje negro de manga larga, medias de red con agujeros en los muslos y nada más.
El culo completamente expuesto.
Cuando aquel desconocido entró en la habitación del hotel, ella ya estaba de rodillas en el sofá, mirándome con esa sonrisa traviesa que solo saca cuando sabe que la voy a regalar.
—Mírala —le dije, señalándola—. Está lista para ti.
El desconocido era grande, moreno, calvo, con barba y gafas. Se quitó la camisa blanca sin prisa y dejó que su verga gruesa y oscura se balanceara libre.
Mi mujer no esperó a que la tocaran.
Se giró de espaldas, se inclinó hacia adelante y, con las dos manos, se abrió las nalgas, mostrando ese agujero rosado e hinchado que ya conocía tan bien.
—Métela… por favor —susurró ella, mirando por encima del hombro.
Yo me senté en la silla de enfrente y saqué el móvil.
Quería mirarlo todo y tomar algunas fotos. Quería tener la prueba de que mi esposa se estaba ofreciendo como una puta a un desconocido… y que lo disfrutaba más que nada en el mundo.
Él se colocó detrás de ella, le agarró una nalga con fuerza y, sin lubricante extra, empujó.
El grueso de su verga negra desapareció centímetro a centímetro dentro del culo de mi mujer.
Ella soltó un gemido largo, casi de alivio, y apoyó la frente en el respaldo del sofá.
—Qué grande… —dijo—. Me está abriendo todo…
Yo grababa de cerca.
Se veía perfectamente cómo el anillo de su culo se estiraba alrededor de esa verga oscura, cómo las paredes internas se aferraban a él cada vez que salía y volvía a entrar.
Ella se tocaba el clítoris con una mano mientras, con la otra, seguía abriéndose las nalgas para que él entrara más profundo.
—Más duro —le pedía—. Úsame el culo… es tuyo esta noche.
El desconocido no se contuvo.
Empezó a culiarla con fuerza, agarrándola de la cintura y empujando hasta que sus huevos golpeaban contra su panocha.
El sonido húmedo de la penetración llenaba la habitación.
Mi esposa gemía sin parar, esa mezcla de dolor y placer que solo sale cuando le estiran el culo de verdad.
En un momento, él se retiró casi por completo y ella, sin que nadie se lo pidiera, se giró un poco más hacia la cámara, se abrió las nalgas con las dos manos y me mostró el agujero abierto, rojo, palpitante, goteando.
—Mira lo que me has hecho, cariño —me dijo, mirándome a los ojos mientras sonreía—. Estoy destrozada… y quiero que siga.
Volvió a empujar hacia atrás y se embutió sola la verga de aquel desconocido hasta el fondo.
Yo seguía grabando, con la verga dura dentro del pantalón, disfrutando cada segundo de ver a mi mujer convertirse en lo que realmente es: una adicta al anal que necesita ser usada por otros.
Cuando él se vino, lo hizo dentro.
Profundo.
Ella se quedó temblando, con el culo abierto y el semen blanco empezando a salir a chorritos mientras el desconocido todavía se movía despacio dentro de ella.
Después, ella se giró hacia mí, con la cara sonrojada y la sonrisa más sucia que le he visto nunca.
—¿Te ha gustado, amor? —preguntó, todavía con la verga de él semidura rozándole el agujero—. Porque yo… yo necesito más.
Esa noche no fue la última.
Y cada vez que ella se pone lencería y se abre las nalgas frente a mí, sé exactamente lo que está pidiendo:
Que le den verga por el culo hasta que no pueda caminar.
Que la conviertan, una vez más, en la Esposa adicta al anal.
Y yo… yo siempre digo que sí.
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Que rica cogida le dieron le dejaron el culo bien abierto y lleno de leche ????
Si bien llenita quedo
Uffff que rica culeada le dieron ????