Relato de mi primera infidelidad: cuando mi vida se dividió en dos

Relato XXX Infidelidades 20 de agosto de 2026 Por 11 min de lectura 0 comentarios

Antes de empezar una historia, creo que es importante presentar a su protagonista, así que allá voy.

Me llamo Juan, soy un hombre de 34 años, mido aproximadamente 1,73 m y tengo una constitución más bien regordeta que atlética. Soy de tez más blanca que morena, con el pelo y los ojos castaño oscuro.

Soy oficinista y tengo pareja estable. En definitiva, un hombre bastante normal, de esos que pasan desapercibidos entre la gente y llevan una vida, en principio, como la de cualquier otro.

Por eso no estoy orgulloso de las historias que voy a contar. Entonces, ¿por qué lo hago? Por la misma razón por la que he buscado todo esto… no lo sé.

Todo comenzó un día normal. Llegar a casa después de trabajar, dar un beso a mi novia, hablar de cómo nos había ido el día, prepararme e irme al gimnasio a hacer algo de ejercicio. Volver, cenar, leer un rato e irnos a la cama a dormir.

En definitiva, un día perfecto.

El problema fue que muchos de los días que siguieron fueron exactamente así. Uno tras otro, la misma rutina, las mismas costumbres, la misma vida… hasta que algo cambió en mí y me hizo tomar una decisión de la que, todavía hoy, no estoy orgulloso.

No me malinterpreteis, amo a mi pareja con locura, nos reímos juntos, vemos películas, tenemos sexo. Es un cambio que se dio en mi. Y así empieza.

Eran las once de la mañana y estábamos almorzando en el trabajo cuando empezamos a hablar de las formas en las que anteriormente habíamos conocido a otras personas, o sea, de ligar.

Como siempre he tenido una apariencia bastante normal y he sido una persona bastante tímida, me limité a escuchar las historias de un compañero que no paraba de conocer ligues a través de una aplicación de citas que no voy a nombrar.

La cuestión es que, cobardemente, me la descargué a espaldas de mi pareja.

Por no perder el tiempo explicando todo el proceso, creé un perfil lo más anónimo posible, sin fotos ni demasiados datos que pudieran relacionarme con mi vida real. Lo borré varias veces, y desinstale la app, volví a repetir el proceso, hasta que al final la utilice de verdad, y así es como sucedió esta primera historia.

Era verano y mi pareja se había ido de vacaciones con sus amigas durante toda la semana. Para entonces llevábamos algo más de una semana y media sin mantener relaciones sexuales, algo que, por supuesto, no justificaba lo que estaba a punto de hacer.

Aunque de vez en cuando me daba mis propios momentos de intimidad en la ducha, llegó un punto en el que sentí que necesitaba algo más.

Una mañana, mientras desayunaba, abrí la aplicación y comencé a mirar perfiles. Sobre todo, me fijaba en las sonrisas y en las descripciones. Me guiaba por sensaciones, por la posibilidad de una futura complicidad, así que me interesé por varios perfiles.

Sin darme cuenta, se hizo la hora y tuve que marcharme a trabajar.

Eran ya las cuatro de la tarde, así que estaba a punto de salir de la oficina cuando, de repente, me vibró el móvil.

Marta: Hola, he visto que ambos nos hemos dado «me gusta» y… ¿por qué no romper el hielo?

En ese momento pensé para mis adentros: Joder, ¿qué hago? Soy tonto, de verdad que no sé qué hago con mi vida.

Juan: Hola, Marta, ¿qué tal todo? La verdad es que es la primera vez que uso este tipo de aplicaciones y no sé muy bien de qué hablar.

Marta: Ja, ja, ja. No pasa nada. Puedes empezar contándome qué haces por aquí. ¿Qué te parece?

Juan: Me parece un buen tema, ja, ja. La verdad es que simplemente estoy en un momento en el que me apetece conocer gente, quedar, tomar algo, hablar… ese tipo de cosas y, siempre, sin ningún compromiso.

Marta: Bueno, pues no parece un mal plan, ¿no?

Y me lancé. Yo, que nunca me había lanzado a nada.

Juan: ¿Te gustaría que quedásemos en algún bar con terraza? Pasamos la tarde, tomamos algo y nos ponemos cara.

Marta: Mmmmmm… Vale, ¿mañana por la tarde? Pero eso sí, el sitio lo elijo yo.

Juan: Sin ningún problema. Encantado de que me sorprendan, si es que puedes, jijiji.

Y así es como un jueves acabé teniendo una cita con Marta en el gastrobar El Tejo.

Llegó el jueves y estuve intranquilo durante todo el día. ¿En serio había quedado para conocer a una mujer a espaldas de mi pareja? Cuanto más se acercaba la hora, más me preguntaba qué estaba haciendo.

A las cinco salí de trabajar y, al llegar a casa, me di una ducha, desodorante, un poco de colonia, pantalón corto y un polo verde. Nada especial, pero sí lo suficiente como para que pareciera que me había arreglado un poco más de lo habitual.

Cogí las llaves, bajé hasta el coche y puse rumbo al restaurante.

Cuando llegué, aparqué y, después de unos segundos mirando el móvil, decidí escribirle.

Juan: Hola, ya estoy por aquí. Soy el chico del pantalón azul oscuro y el polo verde. Estoy en la penúltima mesa de la terraza, hacia la izquierda.

La respuesta no tardó demasiado.

Marta: ¡Perdón! Llegaré cinco minutos tarde, que he tenido un pequeño contratiempo.

Sonreí al leerlo. Al menos no era el único que estaba nervioso.

Pasaron cinco minutos. Luego seis. Finalmente, siete.

Y entonces apareció.

Era una mujer de unos treinta años, de aproximadamente 1,60 m de altura y complexión normal. Tenía el pelo castaño claro y unos ojos marrones que, dependiendo de cómo les diera la luz, dejaban ver pequeños destellos verdes.

Pero, sobre todo, tenía una sonrisa imposible de ignorar, divertida, espontánea, acompañada de unos ojos grandes, brillantes y expresivos.

Por alguna razón, todos los nervios que había acumulado durante el día volvieron de golpe.

Marta me vio, sonrió y se acercó a la mesa.

—¿Juan?

Asentí, intentando aparentar mucha más tranquilidad de la que realmente sentía.

—Sí. Marta, ¿verdad?

—La misma que llega tarde a su primera cita —respondió entre risas.

Y en ese momento supe que, al menos, aquella tarde no iba a ser aburrida.

Empezamos hablando de lo típico, a qué nos dedicábamos, de dónde éramos, nuestros gustos, algún que otro pequeño chiste… En definitiva, una cita en la que conoces a alguien de una forma completamente normal.

Ella era de un pequeño pueblo de Segovia, pero se había mudado a Navarra porque le había salido trabajo como diseñadora gráfica.

Y, al final, llegó la pregunta que yo no sabía cómo responder con sinceridad.

—¿Y tú qué buscas?

No le dije que tenía pareja. Le respondí que quería conocer gente, hacer amistades y quedar de vez en cuando, pero que no buscaba una relación seria.

Ella dijo que, al ser de fuera, buscaba más o menos lo mismo, conocer gente, pasar el rato, hacer amistades… Y, entre una charla informal y algún que otro vino, la cita continuó hasta las diez de la noche.

—De verdad que me lo estoy pasando genial, pero se está haciendo algo tarde y mañana tengo que trabajar —dije.

—¡Es verdad! ¡Cómo ha volado el tiempo! —respondió ella.

Curiosamente, habíamos aparcado bastante cerca el uno del otro, así que salimos juntos del local y fuimos caminando hacia nuestros respectivos coches.

Al llegar a los coches y cuando iba a despedirme, Marta me besó.

No fue un beso de despedida cualquiera. Buscó mis labios con decisión y consiguió que, durante unos instantes, dejara de pensar en todo lo demás. En cuanto surgió una grieta en mi boca, noté su lengua, húmeda y suave, buscando la mía. Mientras continuaba ese beso, contra el que no pude oponer resistencia, una de sus manos se instaló en la zona de mi entrepierna y empezó a acariciarme por encima del pantalón.

Se separó de mis labios y, con una sonrisa, me preguntó:

—¿Seguro que te quieres ir? ¿O te acerco a mi casa?

No podía pensar con claridad. No supe qué decirle y, sobre todo, no fui capaz de decir que no.

Entonces fui yo quien volvió a besarla.

Diez minutos después estaba entrando con ella por la puerta de su casa.

Volvió a acercarse a mi boca y todo fue un torbellino sensorial. Su lengua recorriendo mi boca, su mano buscando cómo desabrocharme el pantalón… Antes de darme cuenta, estaba sentado en su cama. Me quitó la camiseta, los pantalones y, entre risas, empezó a desnudarse hasta quedarse en ropa interior.

Fuimos al baño. Llevaba un sujetador negro de tirantes y un tanga deportivo del mismo color. Le ayudé a quitárselo, dejando al descubierto sus pechos, como dos limones, aunque con unas aureolas bastante grandes en comparación. No pude resistirme y, automáticamente, se los besé.

Se rio y se lanzó a encontrarse con mis labios de nuevo. Recuerdo la sensación de la piel contra la piel, sus pezones duros contra mi pecho.

Se bajó el tanga y yo me quité los calzoncillos, que ya no escondían mi excitación. Nos metimos juntos bajo la ducha y nos aseamos un poco por encima mientras nuestros cuerpos se tocaban.

Después aparecimos tirados en la cama.

No me preguntó nada. Se puso de lado, me agarró la polla con una mano y empezó a chuparme con la misma suavidad y cuidado con la que nos besábamos. No se dejaba ni un solo centímetro por recorrer.

Le dije:

—Déjame a mí también.

Me dijo que no, que le daba vergüenza, así que no insistí. Empecé a acariciar su espalda hasta llegar a su culo. Arqueó ligeramente la espalda y llegué a su coño. Estaba empapado.

Con las yemas de los dedos, en movimientos circulares, empecé a masajear la zona de su clítoris. A medida que crecía la excitación, introduje sin dificultad un dedo con el que empecé a masajear sus paredes internas.

Cogió mi mano y me paró.

—Espera, que me corro —me dijo sonriendo.

Busqué mis pantalones por el suelo, al lado de la cama, y saqué un condón de la cartera, el único que llevaba siempre encima.

Me lo quitó de las manos, lo abrió, se lo colocó en la boca y me lo puso.

Se incorporó y se sentó sobre mi polla. Empezó cabalgándome lentamente, con mucho movimiento, y poco a poco fue acelerando y disfrutando más y más.

La tumbé y puse una almohada debajo de sus caderas para elevarle la cintura. Esta vez fui yo quien folló. Terminó corriéndose, y a mí todavía me quedaba un poco.

Me dijo que me ayudaba a terminar, pero, una vez finalizado el clímax mutuo, me invadió la culpabilidad y le dije que no se preocupara, que también lo había disfrutado mucho.

Nos tumbamos y puso música.

Estuvimos un rato hablando en voz baja, escuchando música, y empezamos a acariciarnos. Entre su olor y el contacto con su piel, se me puso dura.

—¿Otra ronda?

—Ojalá, pero solo tenía un condón.

—Si te apetece podemos hacerlo, pero córrete fuera.

Me vio titubear. Se levantó, se sentó encima de mí y se metió mi polla.

No sé cómo describirlo, pero sentirla mojada, envolviéndome con su calor, hizo que tuviera que hacer un verdadero esfuerzo por no correrme dentro.

Esta vez apoyó los pies en la cama y, flexionando las rodillas, empezó a follarme con todo su peso. Se corrió muy rápido.

Me miró, se puso a cuatro y me dijo:

—Me encanta tu polla.

Yo solo podía pensar en penetrarla, así que fui a hacerlo.

—Espera.

Se pasó la mano por el coño húmedo y se la restregó por el culo. Se metió un dedo y me dijo:

—Fóllame el culo.

—¿Perdona?

Me quedé en blanco. Nunca había practicado sexo anal y no entraba en mis planes. Pero, como hasta entonces, tomó la iniciativa y acercó el culo hasta que estuvo sobre mi punta.

No podía pensar más. Estaba muy cachondo. La penetré por el culo. Entró sin problemas gracias a su lubricación y a que tenía el pene mojado de su coño.

Solo recuerdo que estaba estrecho, caliente y que, durante unos cuarenta segundos, actué por instinto. Me recorrió un placer indescriptible y me corrí dentro de ella.

Me miró sonriendo, me dio un beso y me arrastró a la ducha para, por fin, a las dos de la mañana, poder dormir algo.

He de decir que aquella noche no pude pegar ojo. Fue algo confuso: me sentía muy mal por lo que había hecho, por haberle sido infiel a mi pareja y, encima, sin protección. Y, a la vez, estaba distraído por el calor y el olor de la mujer que dormía a mi lado, que me atraía como un imán al metal.

Esta fue la primera y última noche que pasé con Marta, pero me cambió para siempre.

Y todavía hoy me mantiene en un debate que no he conseguido solucionar: el amor a mi pareja frente al magnetismo del sexo libre, conectar puntualmente con desconocidos, pasar un rato de complicidad sin contexto, simplemente existir y disfrutar de tu cuerpo junto al de otra persona que te comparte el suyo.

Dos tipos de conexiones que muchas veces chocan en su coexistencia.

Esto que has leído es real, con algún matiz literario y alguna licencia que me he permitido. Espero que lo disfrutes y que, si alguna vez te has sentido atrapado/a entre dos mundos, hayas podido conservar ambos sin daños.

Yo, por mi parte, seguiré pensando en cómo contarte todo lo que vino después.

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Juan

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