Me desperté con la polla tan dura que me dolía el bajo vientre. Sin pastilla. Sin café. Sin el truco de siempre. En casa, desde hacía años, me la tenía que trabajar: la mano, un rato, a veces la pastilla azul si Isabel se ponía a tiro un sábado. Aquí no. Aquí se me había parado sola, contra el colchón, como cuando tenía veinte años y no sabía qué hacer con ella.
¿No has leído la primera parte? Puedes leer el primer relato aquí.
Isabel dormía boca abajo, una pierna abierta, y del coño se le veía un brillo en la sábana. No era sudor de aire acondicionado. Era ella. A las ocho de la mañana. En el resort. El segundo día.
La costumbre, en casa, nos despertaba de espaldas. Mismo despertador. Misma ducha. Mismo café. Mismo polvo de diez minutos cuando había suerte, y la suerte cada vez era más pequeña. Aquí el colchón olía a coño y a la corrida mía de anoche, que se le había secado en el muslo. Le toqué la nalga. Ni se inmutó. Le latía el culo. Se lo juro. El pulso le llegaba hasta ahí.
Pensé: no me ama, si me amara no se habría ido ayer a la piscina con esa cara, si me lo cuenta es que todavía hay matrimonio, si no me lo cuenta ya me la está gastando. ¿La dejo bajar otra vez? ¿Se lo digo? ¿La sigo como un perro? ¿Por qué me dan celos si en casa ya estaba harto de ella? ¿Y por qué, si me dan celos, se me para la polla con la idea de verla con esos tíos? El pecho te dice una cosa. La polla te dice que te la jales mirándola. Hasta que te pasa no lo entiendes. Cuando te pasa, ya no hay marcha atrás.
Isabel abrió los ojos. No dijo buenos días. Se pasó dos dedos por entre las piernas, se miró la humedad y se la frotó en el labio como quien comprueba que sigue viva. El coño le olía distinto. Más fuerte. Más de hembra. Se le notaba el latido en la ingle. Ayer se había corrido en el baño y en mi boca y encima de mi polla. Hoy se despertaba como si eso no hubiera bastado.
Quería bajar. Quería quedarse. Quería a Andrés y quería que esos tíos le volvieran a marcar la lycra. En casa la costumbre le había apagado hasta el olor. Aquí el cuerpo le pedía sitio. Si se lo decía todo, tenía miedo de que él cerrara la maleta y el matrimonio. Si no se lo decía, tenía miedo de estarle mintiendo al único hombre que no quería perder.
—Tengo que bajar —dijo.
—¿A desayunar?
—A dar una vuelta.
Mentira. Lo supe porque no me miró. Yo también mentí.
—Pues baja. Yo me ducho.
Discutimos por el móvil. Por si había red. Por si el buffet cerraba. Tonterías. Las tonterías que usa un matrimonio cuando cada uno necesita un pasillo vacío. Ella se encerró en el baño. Yo oí la maleta. La cremallera.
Salió con el bañador negro y se me fue el aire.
Arriba, dos triángulos de tela transparente que no cubrían las tetas: se le veían las areolas, los pezones, el peso. Abajo, una tanga de hilo negro, una tira entre las nalgas, el coño marcado de lado a lado. Indecente. De puta que cobra y de mujer que por fin se ha enterado de que tiene culo. No era el bañador rojo de ayer. Era peor. Era mejor.
—¿Eso es tuyo? —pregunté.
—Lo he encontrado.
Seguía sin decirme la maleta. Yo seguía sin decirle que la había visto corrérsele sola y empaparse delante del equipo. Cada uno con su secreto. Cada uno más caliente por no soltarlo.
Bajó. Esperé cuatro minutos. La seguí.
La piscina a esa hora era un plato de sol. El equipo ya estaba. Lycra. Hielo. Risas. Sergio —el alto de la copa, el de los hombros— levantó la mano cuando la vio. Unai —el callado, el del premio— no saludó. Se le paró. Se le vio el bulto de lejos. El tercero, Álex, silbó bajo.
Isabel no dudó. Se sentó en el borde, las piernas en el agua, las tetas al aire de tan poco trapo. Yo me planté dos tumbonas más atrás, gafas, toalla en la polla. Marido. Ajeno. Las dos cosas.
—La musa —dijo Sergio—. Hoy vienes a trabajar.
—¿A qué? —preguntó ella, y la voz le salió húmeda.
—Estiramientos. Hidratación. Lo de ayer, en serio.
Le pusieron aceite en la espalda. Las manos de Sergio eran grandes. Bajaron lento, como si todavía fingieran el estiramiento, y se le metieron por debajo de la tira del hilo. Le abrieron las nalgas. El dedo le rozó el agujero del culo por fuera, nada más, y Isabel se le fue hacia adelante. Unai, de frente, le apartó el triángulo izquierdo con dos dedos y se le comió la teta como quien tiene hambre de verdad: lengua ancha, dientes en el pezón, saliva que le brillaba en el pecho. Isabel soltó un gemido que se oyó en el bar. Un camarero giró la cabeza y siguió como si no. Álex le hizo lo mismo a la otra. Las dos tetas fuera. Negra la tela, recogida en las clavículas. Blancas debajo. Pezones como piedras. Álex mamaba con ruido. Unai no. Unai chupaba despacio, mirándola a la cara.
Yo me saqué la polla bajo la toalla y me la apreté. Celos. Ganas. Las dos. Quería levantarme y decir “es mi mujer”. Quería que le mordieran más fuerte. Me jaleé. La polla me pesaba. Pensé en la pastilla azul de casa y se me rió la cabeza: aquí no hacía falta. Aquí me la podía correr y se me volvía a parar. Como un chaval. A los cuarenta y cinco. Por culpa de mi mujer y de tres tíos que no me conocían de nada.
Unai le metió la mano por delante, por debajo del hilo. No fue un roce. Fueron dos dedos. Se los clavó en el coño hasta el nudillo. Isabel abrió las rodillas. El agua le llegó a las pantorrillas. El aceite le brillaba en las nalgas. Sergio, detrás, le sujetaba la cintura y le empujaba el culo hacia los dedos de Unai, como si la estuvieran usando entre los dos sin metérsela.
—Estás empapada —dijo Unai, muy bajo—. Desde ayer.
—Cállate —dijo ella. No se apartó.
Los dedos le sonaban. Chapoteo corto, sucio. Unai le buscó el punto por dentro y lo encontró: Isabel se le fue de la voz. Un “joder” roto. Las tetas le rebotaban en las dos bocas. El hilo negro, corrido a un lado, no tapaba nada. Se le veía el coño abierto, los labios oscuros, los dedos de Unai saliendo brillantes y volviendo a entrar.
Isabel se agarró al brocal. Se corrió así. Las nalgas le temblaron. Un chorro le bajó por la tira y se le perdió en el agua. Unai no sacó la mano. Le dobló los dedos. La siguió follando por dentro hasta que le dio el segundo, más chico, más roto, con la frente contra el hombro de Álex.
Yo me corrí en la toalla. Leche caliente. Vergüenza. Alivio. La polla no se me bajó. Me temblaba el muslo. Me limpié con el borde y seguí viendo.
Sergio le bajó la lycra. Se le salió la polla: gruesa, venosa, la cabeza ya brillante, un hilo de líquido en el glande. Isabel la miró como se mira una cosa que se quiere medir. La sopesó. El grosor le llenó la palma. Le cerró los dedos. Empezó a masturbarlo con el ritmo de quien está aprendiendo y no quiere parar: corto, apretado, el pulgar en la ranura. Sergio le soltó un aire por la nariz y le agarró la nuca, sin forzarla hacia abajo. Ella no se la metió en la boca. Se la frotó contra la teta. La cabeza le manchó el pezón.
Unai se sacó la suya. Más larga. Menos gorda. Isabel le cambió la mano sin soltar a Sergio. Dos pollas. Dos grosores. El pulso de los dos contra las palmas. Las venas. El calor. El hambre. Se le mojaba otra vez el hilo. Se le oía la respiración.
Álex se acercó por el lado. Ella le hizo sitio con el codo. Tercera polla. Más corta, más gorda, los huevos prietos. Isabel la apretó contra la mejilla un segundo —calor, olor a tío, piel— y no abrió la boca. Volvió a la mano. Tres. Las tres a la vez no le cabían bien. Iba y venía. Sergio. Unai. Álex. Sergio. El aceite le resbalaba de las tetas a las pollas. Unai le metió otra vez los dedos, dos, y se los dejó puestos mientras ella les jalaba el rabo a los otros.
Ahí el mundo se cortó.
El bar dejó de oírse. El agua se quedó quieta. Una sola gota de aceite le resbalaba a Isabel entre las tetas, parada a medio pecho. Sergio tenía la polla en su mano derecha, Unai en la izquierda, Álex contra la nalga. Los pezones, hinchados, con marcas de dientes. El hilo negro, un hilo, nada. Los dedos de Unai todavía dentro, quietos, como un palo olvidado. Dos tumbonas atrás, yo, con la leche en la palma y la boca abierta. El sol no se movía. El pecho de Isabel subía un milímetro y no bajaba. Olor a cloro y a coño. La cabeza de la polla de Sergio, morada, a un dedo de su teta. Eso. Eso era el cuadro. Luego un vaso chocó en el bar y el tiempo volvió con el gemido de ella.
Siguió jalándoselas. Sergio empujaba la cadera. Unai le mordió otra vez el pecho. Álex le masajeó el culo con la polla por fuera, por la tira, y se la metió un poco entre las nalgas sin buscar el agujero: solo el calor del hilo. Isabel se corrió tercera vez, más fea, más puta, con las manos llenas y los ojos en blanco. No les dejó corrérseles encima. Los apretó en la base, les apretó el glande con el pulgar y los soltó. Sergio maldijo. Unai se rio por lo bajo. Álex se quedó a medio gas, la polla palpitándole en el aire.
Yo me la volví a jalar. Segunda. Más espesa. Me dolieron los huevos. Me daba igual. Quería verla ensartada. Quería que pararan. Quería las dos cosas y me corrí con las dos.
—A mediodía —dijo Sergio, con la voz hecha un hilo—. Comemos. Habitación 412.
Isabel asintió. No con la cabeza. Con el coño. Se le vio en cómo cerró las piernas y cómo no dijo que no.
Se levantó. Se subió los trapos. Las tetas le temblaban. El hilo negro estaba calado. Pasó por mi lado y no me miró. Yo me limpié la mano en la toalla y subí dos minutos después.
Estaba de pie en la habitación, de espaldas a la ventana. Las tetas le tenían marcas de dientes. El hilo, un hilo negro calado. Yo cerré con el pie. No hablamos. La apreté contra mí. La polla se le clavó en el hilo mojado. Ella me bajó el pantalón. Me la midió con la mano como había medido las otras y se le escapó un ruido raro: la mía la conocía, las otras no, y las otras le habían dejado la palma hecha a otro grosor.
Se la llevó al coño, por encima, a frotar. Estaba hecha un desastre. Caliente. Abierta. Los dedos de Unai le habían dejado el camino.
La tumbé. Le aparté la tira. Le comí el coño —cloro, aceite, los dedos de otro— y me la metí de pie, ella al borde de la cama, las piernas a mi cintura. Distinto a anoche. Cara a cara. Para que la boca pudiera hablar. Anoche fue hambre muda. Esto era hambre con preguntas.
Empecé a follármela despacio. Se la sacaba casi entera y se la volvía a clavar. El coño le hacía ruido. Ella me miraba. Yo la miraba. El secreto nos pesaba en la lengua. Yo quería que me lo dijera. Ella quería decirlo y no perderse. Los dos queríamos lo mismo y teníamos miedo del mismo sitio.
—Han pasado cosas —dijo. Se le quebró.
—Dime.
—No sé cómo lo vas a tomar.
—Dime.
Se cortó. Empujó el culo. Me la pidió más hondo. Yo se la di. El coño le chirriaba. Estaba hecha un desastre.
—¿Qué pasaría —dijo— si yo… si me dejara desear por tíos jóvenes?
No dije nada. Apreté el labio contra el diente. La polla se me puso más gorda dentro. Me dolía. Me gustaba.
—¿Crees que yo… que una tía de mi edad… podría despertar eso? Carne joven. Mitad de años. O menos.
—Sigue.
—Pollas —soltó, por fin, y se le escapó un gemido—. Pollas gruesas. Carnosas. Llenas. Yo las he… yo las he tocado.
Lo sabía. Quería oírlo de ella. Si me lo decía, me quería. Si se lo callaba, me la gastaba. Me lo estaba diciendo a medias y se me iban los celos por la misma herida por la que entraba la calentura.
—¿Y si me las… si me las diera? —no terminó.
—Termínalo.
—Si ellos me follaran. Si me tuvieran. Si me abrieran. ¿Te molestaría?
La polla me latía. El pecho también. Las dos cosas.
—Quiero verte de ellos —dije—. Quiero ver cómo te la meten. Quiero que me lo cuentes con la boca sucia. Sí.
No fue un sí de película. Fue un sí con la polla dentro y los celos todavía en la garganta. Un sí de hombre que lleva años acostado de espaldas y acaba de descubrir que la costumbre le había dejado el matrimonio en ayunas. Isabel me miró como si le hubiera quitado un peso y le hubiera puesto otro.
—¿De verdad?
—De verdad. A las tres. Yo cerca. Tú de ellos.
Se corrió con esa frase. El coño se me cerró a pulsos. Los muslos le temblaron. Me arañó la espalda. Yo se la clavé hasta el fondo y me corrí dentro, a sacudidas, la leche caliente, mucha, como si firmáramos. No respirábamos. El resort, abajo, seguía con el buffet. Una nevera de piscina. Un camarero. El mundo. Nosotros no estábamos en el mundo. Estábamos en la frase. En el sí. En lo que la costumbre no nos había dejado decir en quince años.
Cuando pude hablar, ella tenía la boca en mi cuello.
—A las tres —dijo—. La 412. Quiero ir.
—Ve.
—¿A uno? ¿A dos? ¿A todos?
—A los que te la pongan dura. Yo voy a estar cerca.
La maleta seguía abierta. El bañador negro, en el suelo, era una prueba. El sí ya estaba dicho. A mediodía. A la hora de comer. El matrimonio que la costumbre había dejado por muerto se acababa de levantar con una polla ajena en la cabeza y otra mía todavía dentro.
Mañana no. Hoy, a las tres.
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