Hoy me paso algo inesperado….!
Salí de la guardia exhausta, con el cuerpo pesado y la mente revuelta. Apenas entregué el reporte a mi compañera de turno, salí tambaleándome hacia el estacionamiento. Allí estaba Jorge, mi jefe, apoyado contra su auto con esa sonrisa que siempre me desarma.
—Estás agotada, ¿verdad? —me dijo—. Fue una guardia brutal.
Asentí, pero mi voz salió ronca: —Sí… muchos pacientes.
—Te invito a desayunar —insistió—. Podemos hablar de lo que pasó la semana pasada.
Sentí que me sonrojaba hasta las orejas. La semana pasada me había follado en la sala de descanso a las tres de la madrugada, contra la pared, sin piedad. Me negué al principio, pero insistió tanto que terminé subiéndome a su auto. Mientras conducía, la conversación se volvió cada vez más cargada. No me di cuenta de que habíamos entrado al estacionamiento de un hostal privado hasta que detuvo el motor.
—Tenemos algo pendiente —susurró—. Vamos a descansar un rato.
Al entrar a la habitación, se disculpó con galantería. Le acepté las disculpas, pero en cuanto nos sentamos en el sofá, su mirada cambió. Me devoró con los ojos. Sentí cómo mi calzón se empapaba, cómo mis labios se hinchaban y palpitaban.
Él lo notó.
Se acercó, me besó el cuello, bajó hasta mis tetas, lamió mis pezones a través de la tela, luego mi ombligo. Cuando llegó entre mis piernas, abrí las rodillas sin pensarlo. Me lamió el clítoris con lengua ancha y caliente, chupando y succionando hasta que corrí dos veces seguidas, temblando, mojando su cara.
Le bajé la trusa y empecé a chuparle la verga. Era gruesa, venosa, pesada en mi lengua. La chupé con ganas, tragando hasta que se puso completamente dura y palpitante. Entonces me puso de perra, de espaldas, y me penetró por el coño de un solo empujón.
Me folló fuerte, profundo, golpeando mi culo con cada embestida. Luego me volteó, me puso en misionero con las piernas en alto y siguió dándome duro, tan profundo que casi no podía respirar.
Me levantó, me recostó boca abajo en el sofá, me hizo levantar la cola bien alta y apoyó un pie en mi nuca. Sentí la cabeza de su pene contra mi ano y grité cuando me abrió de golpe. Dolía, pero también me excitaba tanto que corrí otra vez. Me sometió por el culo, follándome sin piedad, sujetándome la nuca con el pie mientras me follaba el ano hasta que corrí cinco veces más.
Cuando se corrió, lo hizo dentro de mi culo, llenándome de semen caliente. Ambos quedamos rendidos.
Minutos después me ofreció su verga para que la limpiara con la boca. Chupé su polla sucia de semen y mis jugos, saboreando lo salado y espeso. Luego me duché y salí a tomar el metro de regreso a casa.
Ahora voy sentada, con el ano todavía palpitando y el coño sensible, preguntándome qué voy a decirle a mi marido cuando llegue en una hora.
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