Anoche cumplimos el segundo aniversario de ella con su bull favorito.
El mismo negro bien dotado que la dejó adicta desde el primer día. El mismo que la hace gritar.
No hubo cena romántica ni regalos.
Solo el sofá de siempre, las luces y ella ya desnuda cuando él llegó.
Me miró de reojo, sonrió y se arrodilló en el sofá de espaldas a mí, abriendo las piernas y empujando el culo hacia atrás.
Sin decir nada.
Solo ofreciéndolo.
Él se acercó, se bajó el pantalón y sacó esa verga gruesa, oscura, pesada.
La frotó un rato entre las nalgas de mi esposa, dejándola marcada de saliva y de su olor.
Ella empezó a mover las caderas, impaciente, y le dijo bajito:
—Métela de una vez… quiero sentirla toda.
Él no se hizo de rogar.
La agarró de la cintura, alineó la cabeza gruesa contra su panocha ya mojada y empujó.
Lento al principio, dejando que se abriera. Luego, de un solo golpe, se la clavó hasta el fondo.
El sonido fue húmedo, pesado.
Ella soltó un gemido largo y se le doblaron las rodillas.
Yo me quedé sentado a un metro, mirando todo.
Cómo ese culo redondo y blanco se abría alrededor de esa verga negra. Cómo las nalgas le temblaban cada vez que él le daba. Cómo ella se agarraba del respaldo del sofá y empujaba hacia atrás para tragarla más profundo.
—Más fuerte… por favor… —suplicaba ella, ya sin vergüenza.
Él se la empezó a coger sin piedad.
Golpes secos, profundos, el sonido de piel contra piel llenando la sala.
Cada embestida hacía que la panocha de mi esposa soltara más jugo, que le chorreara por los muslos.
Yo veía cómo se le abría el agujero del culo con cada embestida, cómo se contraía, cómo se iba poniendo más rojo e hinchado.
Después de un rato, él se la sacó, le dio la vuelta y la puso de rodillas otra vez, pero ahora de frente a mí.
Le abrió las nalgas con las dos manos y me la mostró de cerca:
—Mira cómo la dejo.
La panocha estaba abierta, roja, goteando. El culo también, brillando de saliva y de su propia lubricación.
Ella se agarró las nalgas ella misma, las separó todavía más y me miró a los ojos mientras él le metía dos dedos y se los sacaba cubiertos de ella.
—Así me deja mi bull favorito, amor… —me dijo con esa sonrisa de puta que solo le sale con él—. ¿Te gusta?
Yo solo asentí y seguí grabando.
Él se la volvió a meter por detrás, esta vez más rápido, más profundo.
La agarró del pelo y se la empezó a usar como quería.
Cada embestida hacía que le saliera espuma blanca de la verga y del culo.
Ella gemía sin control, pedía que la llenara, que la usara más fuerte.
Cuando él se vino, lo hizo adentro.
Se quedó clavado hasta el fondo, empujando, mientras ella temblaba y se le cerraba la panocha, y con su culo apretaba la verga de él.
Después se la sacó despacio.
Un hilo grueso de semen le empezó a salir de su culo y le bajó por el perineo hasta la panocha.
Ella no se movió.
Se quedó así, de rodillas, las nalgas abiertas con las dos manos, dejándome ver cómo le salía todo.
La panocha abierta, el culo bien abierto, el semen goteando lento sobre el sofá.
—Segundo aniversario… —dijo ella, todavía jadeando—. Y cada año me deja más viciada con estas vergas.
Yo me acerqué, le tomé las fotos que ya subí y le dije que se mantuviera así un rato más.
Porque esto ya no es solo sexo.
Es el ritual.
Ella se entrega completa. Él la marca. Y yo me quedo con las pruebas… para ustedes.
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???
Que buena cogida ?????