Relato xxx de cuando le conseguí su primera verga negra a mi esposa

Relatos Cornudos 22 de octubre de 2026 Por 5 min de lectura 5 comentarios

Pasaron tres semanas desde aquella primera noche.

Tres semanas en las que, cada vez que ella se paraba frente al espejo con el body blanco y el tanga negro, yo ya sabía lo que venía: me la cogía duro mientras me repetía lo mucho que le gustaban las vergas negras y lo mucho que quería que la viera con una dentro.

Hasta que una noche le mostré el celular.

En la pantalla había un mensaje de un negro que había conseguido:

«Voy a las 10. Quiero verte con ese conjunto negro y blanco que te gusta tanto. Y dile a tu esposa que se prepare para disfrutar».

Ella me miró con una sonrisa nerviosa y excitada al mismo tiempo.

—¿Estás lista? —le pregunté.

Ella solo dijo que sí con la cabeza.

A las 10 en punto sonó el timbre.

Abrí la puerta y ahí estaba: alto, musculoso, piel oscura, con una cadena de plata en el cuello y unos guantes negros de cuero.

Me miró, asintió y entró sin decir mucho.

Ella ya lo estaba esperando en el sofá gris, vestida exactamente como él le había pedido: conjunto negro y blanco de lencería transparente, el tanga negro clavado entre las nalgas y el corpiño de encaje que apenas le contenía las tetas.

No hubo presentaciones largas.

Ella se arrodilló frente a él, le bajó el pantalón y sacó una verga negra gruesa, pesada, con las venas marcadas.

La agarró con las dos manos y se la metió en la boca de un solo movimiento, chupándola con hambre mientras él le sujetaba la cabeza.

Yo me senté en el sillón de enfrente, con la verga ya dura dentro del pantalón, y solo miré.

Después de un rato, él la levantó, la tiró de espaldas sobre el sofá y le abrió las piernas.

Ella se agarró detrás de las rodillas y se las levantó hasta casi tocarse los hombros.

Él se puso los guantes negros, le separó los labios de la panocha con los dedos enfundados y se la metió de un solo empujón.

Ella soltó un gemido largo y gutural.

La verga negra le entraba completa, abriéndola, y cada embestida hacía que sus nalgas temblaran contra el sofá.

La cogió así un rato, profundo, sin prisa, mientras yo veía cómo la panocha de mi esposa se adaptaba al grosor oscuro.

Después la volteó.

Ella se puso a cuatro patas, el culo en alto, la cara apoyada en el respaldo del sofá.

Él le agarró las caderas con los guantes negros y se la clavó por detrás.

Las nalgas le rebotaban con cada embestida.

El sonido era húmedo, pesado, obsceno.

Ella gemía con la boca abierta y, cada tanto, volteaba la cara hacia mí para asegurarse de que estuviera mirando.

—Míralo cómo me la mete… —me dijo entre jadeos—. ¿Ves qué gruesa está? ¿Ves cómo me llena la panocha?

Yo solo asentí, sin tocarme todavía.

Él la puso después de lado, levantándole una pierna alta mientras le daba por detrás.

Luego la hizo montarlo.

Ella se sentó sobre la verga negra de espaldas a él, rebotando con fuerza, las nalgas abriéndose y cerrándose alrededor de la base.

Los guantes negros le apretaban la cintura y le daban nalgadas que le dejaban la piel roja.

En un momento se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el sofá, y él le agarró el culo con las dos manos enguantadas mientras la embestía desde abajo.

La última posición fue la más intensa.

Ella se quedó de rodillas en el sofá, el torso apoyado, el culo en el aire.

Él se paró detrás, le separó las nalgas con los guantes y se la metió hasta el fondo.

Cada embestida hacía que el sofá se moviera.

Ella gritaba, pedía más y, de pronto, se vino con fuerza, el cuerpo temblando, la panocha apretando la verga negra en espasmos visibles.

Él no paró.

La siguió cogiendo hasta que también se vino adentro, empujando profundo y gruñendo mientras le llenaba la panocha de leche negra.

Cuando se retiró, un hilo blanco y espeso le corrió por el muslo.

Ella se quedó un segundo así, con el culo en alto, la panocha abierta y goteando.

Después se giró hacia mí, con la cara sonrojada y una sonrisa sucia.

—Ahora te toca a ti —dijo.

El otro se sentó en el sofá a recuperarse, todavía con los guantes puestos.

Yo me levanté, me bajé el pantalón y me acerqué.

Ella estaba exactamente como en las fotos: el culo rojo de nalgadas, el tanga negro todavía enganchado en un muslo, la panocha hinchada y llena de leche ajena.

Me arrodillé detrás de ella, le separé las nalgas y se la metí de un solo golpe.

Estaba caliente, resbaladiza, llena.

Cada vez que entraba, sentía la leche negra del otro mezclarse con la mía.

La cogí duro, agarrándola de las caderas, viendo cómo la leche le salía por los lados con cada embestida.

Ella gemía más fuerte que antes.

—Así… así… métemela…

Me vine adentro de ella, empujando hasta el fondo, llenándola todavía más.

Cuando me retiré, la mezcla de las dos leches le corría por los muslos y le manchaba el sofá.

Ella se giró, se sentó entre los dos y nos miró a ambos con la misma sonrisa.

—Esto… esto es exactamente lo que quería desde la primera noche.

El otro se rio bajito, se quitó un guante y le acarició una nalga.

Esa noche no terminó ahí.

Pero esa fue la primera vez que mi esposa tuvo una verga negra dentro… y yo estuve ahí para verlo todo y para cogerla después con la leche todavía caliente.

Desde entonces, cada vez que se pone un conjunto y se mira frente al espejo, yo ya sé que no va a ser solo conmigo.

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