La primera vez que la vi en Tinder casi me trago la lengua.
No era una de esas fotos perfectas y retocadas. Era ella, parada frente al espejo del living, de perfil, con el body blanco subido hasta debajo de las tetas y el tanga negro clavado entre dos nalgas enormes que parecían a punto de reventar la tela.
Tenía un pie levantado sobre el sofá azul y se estaba tomando la foto con el celular rosa.
Debajo solo decía:
«Si te late, escribe. Si no, sigue pasando».
Le escribí algo tonto:
—Esa nalga izquierda está pidiendo a gritos que la muerda.
Contestó en dos minutos:
—La derecha también. ¿Vienes a comprobarlo o solo vas a fantasear?
Hablamos tres días seguidos. Ella no era de rodeos.
Me mandaba audios de madrugada contándome que se había tocado pensando en una verga negra gruesa abriéndole la panocha, que a veces se ponía el tanga de lado y se metía los dedos mientras veía videos de negros cogiendo a mujeres blancas.
Yo le respondía igual de sucio.
Al cuarto día me mandó la ubicación de su departamento y solo escribió:
«Ven. Ahora».
Llegué a las once de la noche.
Cuando abrió la puerta estaba exactamente igual que en la foto: body blanco, tanga negro, pantuflas rojas.
Me miró de arriba abajo, se mordió el labio y, sin decir nada, se dio la vuelta y caminó hacia el sofá, moviendo el culo de una forma deliberada, lenta, provocadora.
Yo cerré la puerta y la seguí.
Se detuvo frente al espejo, se apoyó con las manos en el marco y empujó el culo hacia atrás.
—Mírame —dijo—. Dime qué ves.
Me acerqué por detrás, le agarré las nalgas con las dos manos y las separé.
El tanga se le había metido tanto que apenas se veía. Le di un lengüetazo por encima de la tela y ella soltó un gemido largo.
—Veo una puta que se hace la dura en Tinder, pero que está goteando —le respondí.
Le bajé el tanga de un jalón. Se le quedó enganchado en los muslos.
Su panocha estaba hinchada, brillante, los labios abiertos y un hilo de lubricante bajándole por la pierna.
Me arrodillé detrás de ella y le comí la panocha como un animal: lengua adentro, chupando, lamiendo el clítoris, mordisqueándole los labios.
Ella se arqueaba contra el espejo, empañándolo con su respiración, y cada vez que le daba un lengüetazo fuerte, sus nalgas temblaban.
Después de un rato se giró, me empujó hacia el sofá y se subió encima.
Se bajó el body hasta dejarle las tetas libres y me las metió en la cara mientras se frotaba contra mi verga, todavía cubierta por la ropa.
—Sácatela —me dijo.
Me la saqué.
Ella la agarró con las dos manos, la miró fijamente y después me miró a los ojos con una sonrisa rara.
—Está rica… pero no es negra.
Antes de que pudiera contestar, se sentó de golpe sobre mi verga.
Entró completa.
Ella soltó un grito ahogado y se quedó quieta un segundo, sintiéndola latir adentro.
Después empezó a cabalgarme despacio, subiendo y bajando, haciendo que sus nalgas pegaran contra mis muslos con un sonido húmedo y pesado.
Yo le agarraba las caderas y la ayudaba a bajar más fuerte.
—Dime la verdad —le dije entre embestidas—. ¿Qué te pasa con las vergas negras?
Ella se inclinó hacia adelante, me agarró la cara con las dos manos y me miró fijamente mientras seguía moviéndose.
—Me vuelven loca. Desde hace años. Me imagino una gruesa, oscura, con las venas marcadas, abriéndome la panocha hasta el fondo… o metiéndoseme en el culo mientras me dicen puta. A veces me toco pensando en eso y me vengo sola en menos de un minuto. ¿Te gusta?
Le di una nalgada fuerte.
—No. Ahora mismo me tiene la verga más dura. Sigue hablando.
La volteé, la puse de rodillas en el sofá y se la metí por detrás.
Le agarré el pelo y le hablé al oído mientras la cogía:
—Dime cómo te la imaginas.
Ella gemía y hablaba al mismo tiempo:
—Negra… gruesa… que me llene la boca… que me deje la panocha destrozada… que me llene de leche negra por los muslos…
La cogí de todos los ángulos posibles esa noche.
De rodillas, de lado, con las piernas abiertas en el borde del sofá, montándome de frente mientras yo le chupaba las tetas.
Cada vez que se acercaba a venirse, le pedía que me repitiera su fantasía, y ella lo hacía de forma cada vez más sucia, más explícita, hasta que por fin se vino gritando, apretándome la verga con la panocha en espasmos violentos.
Yo me vine adentro de ella segundos después, llenándola hasta que se salió por los lados.
Nos quedamos tendidos en el suelo, sudados, respirando agitadamente.
Ella tenía la cabeza apoyada en mi pecho y yo le acariciaba el culo, todavía marcado de nalgadas.
De pronto se incorporó un poco, me miró a los ojos y dijo algo que no esperaba:
—No te lo dije para que me juzgaras. Te lo dije porque… quiero que seas el primero en cumplírmela.
Me quedé callado.
Ella sonrió, se bajó hasta mi entrepierna y me lamió la verga todavía sensible, limpiándola.
—La próxima vez que venga un amigo tuyo negro… o alguien que conozcas… quiero que me lo presentes. Quiero que me mires mientras se la chupo. Quiero que me veas sentarme sobre una verga negra y que me digas qué tan puta me veo. ¿Lo harías?
Le agarré el pelo y la obligué a mirarme.
Y le dije:
—Lo haría. Pero con una condición: esa noche me toca a mí cogerte después.
Ella se rio bajito, se subió otra vez encima de mí y se restregó despacio.
—Trato hecho.
Y fue cuando preguntó:
—¿Qué vamos a ser nosotros?
Esa fue la primera noche.
Y desde entonces, yo ya no solo pienso en cogérmela… pienso en la noche en que finalmente vamos a cumplirle esa fantasía.
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